En el alma de María

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Para la Fiesta de la Asunción de la Virgen María

La tienda era y aún es la habitación normal de los nómadas, de la gente que por necesidad del clima, tenía que andar con sus ganados de un lado para otro a fin de proveer para su sustento. Cuando los judíos salieron de Egipto, la tienda se convirtió en su casa habitual. Esta tienda podía ser de dos formas: redonda con un apoyo en el centro, o también cuadradas.

Pero hubo también una tienda muy especial: la Tienda del Encuentro, que, según el libro del Éxodo, Dios le ordenó construir a Moisés. Esta tienda era para el pueblo el lugar donde residía la Shekinah de Dios, es decir, la gloria de Dios, el poder del Altísimo. Estaba dividida en tres partes principalmente: un atrio o espacio al aire libre, el Santo y el Santo de los Santos, (o Santísimo) que es donde estaba guardada el Arca de la Alianza y al cual sólo podía entrar Moisés y Aarón. En este sitio Dios hablaba, manifestaba su voluntad, se hacía presente, se mostraba a su pueblo en forma de señales o signos sensibles y le hacía patentes sus designios. Era el máximo lugar de culto, de respeto, de veneración, de adoración para el pueblo.

El lugar más sacrosanto en el AT era la tienda del encuentro o tabernáculo, que contenía el arca de la alianza. A su gran amigo y ministro, Moisés, dijo Dios: “Aquí vendré yo a encontrarme contigo, y te comunicaré todo lo que te ordene respecto a los israelitas” (Ex 25,22).

En la nueva y definitiva alianza Cristo Jesús es la verdadera tienda del encuentro de todo hombre con Dios, “porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad” (Col 2,9). Solo él puede decir: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí... El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,6.9). Y en Cristo Dios nos comunica su proyecto de salvación.

Como Cristo Jesús vino por María, y María está tan identificada con Jesús y su misión, la Virgen María es también tienda del encuentro. Escribe acertadamente la beata Isabel de la Trinidad: “Se amaban tanto Jesús y María, que el corazón de uno pasaba íntegro al otro” (Carta 164). Como madre y mujer, en cierto modo, María puede resultar una tienda de encuentro más cercana, accesible y acogedora para muchos mortales.

¡Dichoso el que acude a esa preciosa tienda de encuentro con Jesús y con el Dios Trino! ¡Más dichoso el que habita dentro de ella, el que vive día noche en el alma de María! Esto es vivir en el alma de María: acogerse a su amparo, entrar en su casa, recibirla en nuestra casa. El que vive en su tienda, vive  en su alma: Desde ella y con ella va penetrando el misterio de Dios: Padre, Hijo, Espíritu Santo, el Dios de salvación; en ella y con ella adora al Dios oculto, pero muy presente; con ella va viviendo en pura fe y con toda sencillez los misterios de la vida cuotidiana, de su vida y de la tuya, tanto los misterios gozosos, como los misterios de luz y los dolorosos, mientras espera los gloriosos.

¡Qué bien se vive en el alma de María, tienda del encuentro, la llena de gracia! Allí se aprende a ser libre, verdaderamente libre, aceptando por amor la única esclavitud que libera. Haceos esclavos unos de otros por amor. He aquí la esclava del Señor. ¡Bendita esclavitud que nos hace libres, hijos, herederos del reino!

En el alma de María se aprender a ser pobre, pequeño, insignificante..., sabiendo que Dios elige a los pobres y pequeños: a ellos los enriquece sobre manera; en ellos hace grandes cosas. También se aprende el en alma de María a hablar de los ricos y poderosos del mundo sin rencor, pero poniéndolos en su sitio: en el vacío.  A los ricos despide vacíos...

¡Que bien se vive en el alma de María! Allí te encuentras con el fruto bendito de sus entrañas benditas, el divino Salvador. Allí le cantas con los ángeles; le adoras y danzas ante él, con los pastorcitos de Belén. Allí escuchas su mensaje de salvación, lo compartes y ponderas con la Madre, y de ella aprendes a meditarlo en el corazón y a llevarlo a la vida.

En el alma de María aprendes a guardar silencio, a quedarte en la sombra, a caminar por la vida sin ruido, como de puntillas... por no atraer la atención de los hombres, y distraerla de Jesús.

Nunca verás a Jesús tan atractivo, tan cautivador, tan maravilloso, tan divino... como cuando le contemplas desde el alma de María. Nunca conocerás un amor tan verdadero, tan grande, tan sacrificado y tan rico en frutos, como cuando le acompañas con María al pie de la cruz.

¡Cuantas sorpresas te esperan si vives en el alma de María! Más de una vez verás el agua convertida en vino, como en  Caná, y ¡qué vino! Tu tristeza convertida en alegría de Dios; tu oscuridad convertida en luz divina; tu flaqueza convertida en fuerza de lo alto; tu indigencia convertida en riquezas del cielo...

De María aprenderás a recoger la sangre divina, y a derramarla sobre las almas. De ella aprenderás a besar sus heridas todavía abiertas y, en atención a ellas, podrás obtener la curación de tantas heridas en tantos seres humanos...

Es posible que a veces sientas una espada atravesándote el alma. Pero es la misma que atravesó el alma de María y que atraviesa el corazón de Dios. Por eso, nada como el dolor fusionará tu alma con la de María y te unirá a Dios.

En la tienda del encuentro que es María contemplarás a Jesús resucitado y glorioso, y lo proclamarás Señor y dueño de todo corazón humano, Señor incluso de los que se empeñan en rechazarle o en vivir de espaldas a él. Alaba y adora al Señor de su parte, convencido de que, al fin, su amor triunfará sobre todo obstáculo.

En el alma de María, mejor incluso que en el cenáculo, podrás vivir tu Pentecostés. Verás cómo el Espíritu desciende y te enciende como encendió a María y a los primeros discípulos. Con María podrás alabar a Dios, regocijarte en él, saborear el silencio, sabiendo que, cuando tengas que hablar, será el Espíritu de Dios quien hable en y por ti.

Fuego divino, ven, te llamo desde el alma limpia y santa de María Virgen: reduce a cenizas al hombre viejo en mí, y revísteme de Jesús, realiza en mi pobre ser como una nueva encarnación del Hijo de Dios.

Espíritu Santo, ven, te invoco desde el alma encendida de María santísima: ven y enciende mi alma como la suya, enséñame a amar a Dios y al prójimo, como ama mi Madre; ven y enséñame a adorar a Dios en espíritu y verdad, enséñame a orar como ora María; ayúdame a interceder con María...

¡Qué bien se vive en el alma de María! ¡No hay mejor tienda de campaña para pasar por este  desierto y acampar junto a Dios! Allí, mejor que en ningún otro lugar, se escucha aquella Palabra, plenitud de sabiduría, que Dios habla en eterno silencio, y en silencio es acogida. Allí uno entiende sin entender; siente sin sentir; ve sin abrir los ojos;  habla sin palabras; escucha sin sonidos; sobre todo, uno ama sin cortapisas, porque se siente infinitamente amado o amada. Algo o mucho de esa bendita mujer se nos va pegando, como la suavidad de su alma impregnada en Dios, la sencillez de su alma absorta en Dios, la libertad de su alma enamorada de Dios, la seguridad de su alma abandonada en Dios y poseída de Dios....

El alma de María es un excelente lugar para vivir la comunión de los santos. Allí nunca estas solo, ensancha el espacio de tu tienda, allí te encuentras con tantas personas queridas, todas quieren a María, ella es lugar de encuentro con los amigos y hermanos de ideales, allí saludas a cada una, oras y cantas con todas, repartes y recibes abrazos de amistad y besos de fraternidad...

Maravilloso cuando el alma de María proclama las grandezas del Señor, y su espíritu se alegra en Dios nuestro Salvador, hasta el punto de convertirse el alma de María en sala de fiesta, para gloria y alegría del corazón de Dios y de sus hijos.

Virgen María, madre de mi alma, haz de mi vida una historia de amor, como la tuya; y haz de mi amar amor divino, como el tuyo. Llévame dentro, muy dentro de tu alma, y méteme dentro, muy dentro de Dios.