Dios que, alegre y humilde, me esperas...

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Eres para darte. Tu nombre es Don

“…y como él sea la virtud de la suma humildad, con suma bondad y con suma estimación te ama, e igualándote consigo, mostrándosete en estas vías de sus noticias alegremente, con este su rostro lleno de gracias y diciéndote en esta unión suya, no sin gran júbilo tuyo: ‘Yo soy tuyo y para ti, y gusto de ser tal cual soy por ser tuyo y para darme a ti’.”

San Juan de la Cruz, Llama de amor viva 3,6.    

Señor Dios, amado mío: Dios-con-nosotros y Dios humilde que existes-por-nosotros y para-nosotros. Tu profunda humildad y ternura se manifestó en tu simpatía con nosotros y en tu incurable filantropía.

“Porque aún llega a tanto la ternura y verdad de amor con que el inmenso Padre regala y engrandece a esta humilde y amorosa alma, ¡oh cosa maravillosa y digna de todo pavor y admiración!, que se sujeta a ella verdaderamente para la engrandecer, como si él fuese su siervo y ella fuese su señor. Y está tan solícito en la regalar, como si él fuese su esclavo y ella fuese su Dios: ¡tan profunda es la humildad y dulzura de Dios!”

(San Juan de la Cruz. Cántico espiritual B 27, 1).    

“Este su rostro lleno de gracias” lo hemos contemplado en Cristo Jesús. No lo hemos conocido de oídas o aprendido en la teodicea. Cristo, amor de Dios encarnado y humillado, es el correctivo de nuestros prejuicios religiosos, es palabra última, nueva y diferente sobre lo divino. En él supimos que no solo es divino dar, es también divino recibir, no solo es divino el Padre que ofrece vida y existencia, sino que es divino el Hijo que recibe y acoge en su pobre humanidad. No sería posible el amor sin alguien que lo acogiese y respondiese. En Jesús el ‘hombre para los demás’, el ‘pro-existente’, en teresiano: ‘el que nunca tornó por sí’, hemos conocido al Dios humilde, al poderoso necesitado, que gusta de ser tal cual es para darse y para entregarse a nosotros; ¡hemos visto al que “necesita” de nosotros para existir como amor entregado y humillado!    

Te hemos oído decir que gustas de vivir con los hijos de los hombres –‘gusanillos de mal olor’–, otra vez Teresa, y ahora te oímos que gustas de vivir para los hijos de los hombres, y que te alegras de existir para amarnos, en definitiva que gustas de ser la suma humildad, la suma bondad, el sumo amor.    

Reconocemos en ti una necesidad gratuita y una gratuidad necesaria. La filosofía había hablado de Dios como necesario y absoluto, y de nosotros como contingentes y dependientes. La mirada del místico ha visto en Cristo el ‘rostro lleno de gracias’ del Padre que se alegra de ser tal cual es para ser nuestro, para ser mío y para mí… como si yo fuese la causa de su ser y el condicionante de su condición personal. Como si yo fuese el fin y la razón de su existencia.    

–¿Tú para mí, Señor?– No digas eso; y si me lo dices, permíteme que yo sea para ti.    

No puedo definir tu imagen y tu esencia en abstracto, sino a la vista de tu humildad, de tu suma humildad y de tu histórica humillación en Cristo Jesús: allí donde te me muestras y revelas, donde te igualas conmigo y me igualas contigo. ¿De qué me serviría conocerte, si no supiese que me amas y que te puedo amar? No eres conocido de oídas, ni deducido de principios, eres humildad, estimación, alegría, plenitud de gracia a mi alcance en Jesús. No te dejas encerrar en experiencias ni en sentimientos, no te presentas como consabido ni te ausentas como alejado: eres suma humildad. Eres amor, y en eso comprendo, abrumado, que existas para mí y que te alegres conmigo y que gustes de ser tal cual eres…      

Existes para ser mío. Eres para darte. Tu nombre es Don. En el Espíritu Santo existes ahora amando y dándote, sales de ti y te regalas; en ese movimiento te realizas, esa es tu alegría y tu libertad; en la donación de ti mismo consiste tu plenitud, exhausto de ti mismo te consumas. ¿Cómo recibiré tu Espíritu Santo? –Romperé protocolos y seguridades para aceptar que existes para mí; me gozaré de que te alegras, y no porque yo sea como soy, sino porque tú eres como eres. Esa experiencia, esa certeza romperá mis prejuicios y preconceptos, desintegrará mis compactas seguridades, abrirá mi libertad a la fe. A esa alegría desbordante y exuberante, a ese exceso, quiero atenerme y acogerme, en esa locura pensarme, en esa alegría bañarme y en esa gracia gozarme con gran júbilo mío.

Gabriel Castro, ocd, Revista ORAR, 272