El don de curar

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HABÍA RECIBIDO DE DIOS EL PODER DE CURAR PENAS, SIN ELLA SABERLO

Iba descalzo por el camino a la ciudad, pisando espinas y el terciopelo de la hierba verde, sin evitar el dolor ni la alegría, el amargo sabor de la despedida y el dulce encuentro del amigo.  

Aquel día de andar descalzo, era mediodía, mis pies pisaron una pena dejada en el camino por algún caminante ahora aliviado; cuando quise darme cuenta, la pena me había subido al corazón y mis pasos se hicieron lentos y encorvados.              

Fue entonces cuando apareció a lo lejos la figura de ella, cruzando aprisa y de forma destartalada, la carretera. Su aspecto era el de su alma, llena de grietas y cosidos. El pelo, cortado a cazuela, dejaba claramente ver unas orejas grandes y despega­das; los dientes superiores se adelantaban a los inferiores; su cuerpo menudo y asustado se movía ágil como un cervatillo dentro de un vestido mal ajustado de una pieza; pero era su mirada la que revelaba el milagro; su mirada de niña ingenua y desconfiada, poderosamente viva.              

Había recibido de Dios el poder de curar penas, sin ella saberlo. Pasó a mi lado y vació mi alma con la brisa de su presencia. Me quedé silenciosamente agradecido a aquella figurilla huidiza, y la seguí con la mirada. La encontré cerca del psiquiátrico de San Luis, donde iba a recogerse para comer, después de un paseo sin rumbo.              

Intuí al perderla de vista los malos tratos y desamores de niña, y aquella herida mortal para el alma de cuando adolescente, que le quebró el alma y la mente para siempre, y la volvió a la infancia, en un afán desesperado por no crecer.              

Entonces Dios mismo, ante la crueldad humana, había llorado con ella y, si los hombres habían maltratado su dignidad, El le hizo un regalo milagroso: no le devolvió la belleza, no le dio encanto en su apariencia, no recompuso su mente, no le regaló unos padres, no borró el pasado, no castigó a los culpables... sólo infundió un calor de vida en aquel maltrecho corazón y le regaló un poco de su poder para curar las vidas apenadas. Dios, al inclinarse sobre ella la dejó impregnada de su poder.              

Por ahí anda, asustada; no detengáis sus pasos, Dios camina con ella, basta que la miréis, y el milagro tendrá lugar.              

Era mediodía cuando la encontré, y cuando la brisa de su presencia me rozó, se hizo mediodía en mi corazón. 

Miguel Márquez, 

“Atardece en el valle...”  
(Relatos a la lumbre de Dios)