¡Que descienda la paz sobre esta casa!

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Hoy entro a esta casa que es Colombia diciéndoles, ¡La paz con ustedes!

Quise venir hasta aquí como peregrino de paz y de esperanza, y deseo vivir estos momentos de encuentro con alegría, dando gracias a Dios por todo el bien que ha hecho en esta Nación, en cada una de sus vidas.

Vengo también para aprender de ustedes, de su fe, de su fortaleza ante la adversidad…

Han vivido momentos difíciles y oscuros, pero el Señor está cerca de ustedes, en el corazón de cada hijo e hija de este País. Él no es selectivo, no excluye a nadie sino que abraza a todos; y todos, escuchen esto, todos somos importantes y necesarios para Él Durante estos días quisiera compartir con ustedes la verdad más importante: que Dios los ama con amor de Padre y los anima a seguir buscando y deseando la paz, aquella paz que es auténtica y duradera. Dios nos ama con amor de Padre. .. 

Para mí siempre es motivo de gozo encontrarme con los jóvenes. En este día les digo: mantengan viva la alegría, es signo del corazón joven, del corazón que ha encontrado al Señor. Nadie se la podrá quitar (cf. Jn 16,22), ¡Nadie! Les aconsejo: No se la dejen robar, cuiden esa alegría que todo lo unifica en el saberse amados por el Señor. Porque… ¿cómo habíamos dicho al principio? Todos: ¡Dios nos ama con amor de Padre!

El fuego del amor de Jesucristo hace desbordante ese gozo, y es suficiente para incendiar el mundo entero. ¡Cómo no van a poder cambiar esta sociedad y lo que se propongan! ¡No le teman al futuro! ¡Atrévanse a soñar a lo grande! A ese sueño grande los quiero invitar hoy. Por favor, no se metan en el chiquitaje (…) ¡Vuelen alto y sueñen grande! 

Ustedes, los jóvenes, tienen una sensibilidad especial para reconocer el sufrimiento de otros; los voluntariados del mundo entero se nutren de miles de ustedes que son capaces de resignar tiempos propios, comodidades, proyectos centrados en ustedes mismos, para dejarse conmover por las necesidades de los más frágiles y dedicarse a ellos.

Pero también puede suceder que hayan nacido en ambientes donde la muerte, el dolor, la división han calado tan hondo que los hayan dejado medio mareados, como anestesiados por el dolor.

Por eso yo quiero decirles: Dejen que el sufrimiento de sus hermanos colombianos los abofetee y los movilice. Ayúdennos a nosotros, los mayores, a no acostumbrarnos al dolor y al abandono, los necesitamos. Ayúdennos a esto, a no acostumbrarnos al dolor y al abandono. 

También ustedes, chicos y chicas, que viven en ambientes complejos, con realidades distintas y situaciones familiares de lo más diversas, se han habituado a ver que no todo es blanco ni todo es negro; que la vida cotidiana se resuelve en una amplia gama de tonalidades grises, es verdad, y esto los puede exponer al riesgo, cuidado, al riesgo de caer en una atmósfera de relativismo, dejando de lado esa potencialidad que tienen los jóvenes, la de entender el dolor de los que han sufrido.

Ustedes tienen la capacidad no sólo de juzgar, señalar desaciertos, sino también esa otra capacidad hermosa y constructiva: la de comprender. Comprender que incluso detrás de un error –porque hablemos claro, el error es error, y no hay que maquillarlo, ¿eh– y ustedes son capaces de comprender que detrás de un error hay un sinfín de razones, de atenuantes.

¡Cuánto los necesita Colombia para ponerse en los zapatos de aquellos que muchas generaciones anteriores no han podido o no han sabido hacerlo, o no atinaron con el modo adecuado para lograr comprender!

A ustedes, jóvenes  les es tan fácil encontrarse. Y les hago una pregunta, aquí se encontraron todos, ¿desde qué hora están acá? ¿Ven que son valientes? (…) Les basta un rico café, un refajo o lo que sea, como excusa para suscitar el encuentro. Los jóvenes coinciden en la música, en el arte… ¡si hasta una final entre el Atlético Nacional y el América de Cali es ocasión para estar juntos!

Ustedes que tienen esa facilidad de encontrarse, ustedes pueden enseñarnos que la cultura del encuentro no es pensar, vivir, ni reaccionar todos del mismo modo; es saber que más allá de nuestras diferencias somos todos parte de algo grande que nos une y nos trasciende, somos parte de este maravilloso País.

¡Ayúdennos a entrar a los grandes a entrar en esta cultura del encuentro que ustedes practican tan bien!

También vuestra juventud los hace capaces de algo muy difícil en la vida: perdonar. Perdonar a quienes nos han herido; es notable ver cómo no se dejan enredar por historias viejas, cómo miran con extrañeza cuando los adultos repetimos acontecimientos de división simplemente por estar atados a rencores.

Ustedes nos ayudan en este intento de dejar atrás lo que nos ofendió, de mirar adelante sin el lastre del odio, porque nos hacen ver todo el mundo que hay por delante, toda la Colombia que quiere crecer y seguir desarrollándose; esa Colombia que nos necesita a todos y que los mayores le debemos a ustedes.

 Y precisamente por esto enfrentan el enorme desafío de ayudarnos a sanar nuestro corazón, ¿lo decimos todos juntos? ¡Ayudarnos a sanar nuestro corazón! Es una ayuda que les pido: a contagiarnos la esperanza joven que siempre está dispuesta a darle a los otros una segunda oportunidad. Los ambientes de desazón e incredulidad enferman el alma, ambientes que no encuentran salida a los problemas y boicotean a los que lo intentan, dañan la esperanza que necesita toda comunidad para avanzar. Que sus ilusiones y proyectos oxigenen Colombia y la llenen de utopías saludables. 

Jóvenes, ¡sueñen! ¡muévanse! ¡arriésguense! miren la vida con una sonrisa nueva. Sólo así se animarán a descubrir el País que se esconde detrás de las montañas; el que trasciende titulares de diarios y no aparece en la preocupación cotidiana por estar tan lejos. Ese País que no se ve y que es parte de este cuerpo social que nos necesita: descubrir la Colombia profunda.

Los corazones jóvenes se estimulan ante los desafíos grandes: ¡Cuánta belleza natural para ser contemplada sin necesidad de explotarla! ¡Cuántos jóvenes como ustedes precisan de su mano tendida, de su hombro para vislumbrar un futuro mejor! Hoy he querido estar estos momentos con ustedes; estoy seguro de que ustedes tienen el potencial necesario para construir la nación que siempre hemos soñado. Los jóvenes son la esperanza de Colombia y de la Iglesia;  en su caminar y en sus pasos adivinamos los de Jesús, el Mensajero de la Paz, de Aquél que nos trae noticias buenas.

Queridos hermanos y hermanas de este amado País. Me dirijo ahora a todos, niños, jóvenes, adultos y ancianos, que quieren ser portador de esperanza: que las dificultades no los opriman, que la violencia no los derrumbe, que el mal no los venza.

Creemos que Jesús, con su amor y misericordia que permanecen para siempre, ha vencido el mal, el pecado y la muerte. Jesús ha vencido el mal, el pecado y la muerte. ¿Lo repetimos? Todos: ¡Jesús ha vencido el mal, el pecado y la muerte! Sólo basta salir a su encuentro.

¡Salgan al encuentro de Jesús! Los invito al compromiso, no al cumplimiento, al compromiso. (…)

Salgan hacia ese compromiso para que la renovación de la sociedad sea justa, estable, fecunda.

Desde este lugar, los animo a afianzarse en el Señor, es el único que nos sostiene y alienta para poder contribuir a la reconciliación y a la paz. Los abrazo a todos y a cada uno, a los enfermos, a los pobres, a los marginados, a los necesitados, a los ancianos, a los que están en sus casas… a todos; todos están en mi corazón. Y ruego a Dios que los bendiga.

Y, por favor, les pide a ustedes que no se olviden de rezar por mí. ¡Muchas gracias!

Antes de irme, si ustedes quieren, les doy la bendición, rezamos todos juntos a la Virgen

. Los bendiga Dios todopoderoso, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. ¡Adiós!»  

Fuente: ZENIT - 7 Sept. 2017)

Francisco a los jóvenes: “Que sus ilusiones y proyectos oxigenen Colombia”

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