¿Qué tales habemos de ser?

Procuremos ir comenzando siempre de bien en mejor” (F 29,32)

Esta es la consigna que nos ha dejado nuestra madre Teresa de Jesús, tan obvia  y simple, como olvidada, o “sepultada” bajo el tupido velo de la “observancia regular” o de cristiano practicante. Creo que estamos en el siglo de oro del Teresianismo, aun cuando, no obstante los “ruidosos” centenarios celebrados últimamente, no nos hayan adentrado en el denso, creador camino de vida, antes que de pensamiento que señalan estas cortas, densas palabras de nuestra madre espiritual. La caminante infatigable, antes y más por los caminos del Espíritu, que por los polvorientos o embarrados caminos del nuncio de su Santidad, con aquello “de mujer inquieta y andariega”. ¿No es “Camino de Perfección” su obra educadora por excelencia, justamente por querernos “en salida”, interior, sobre todo, en camino “de bien en mejor”? ¿No pensaría también en nosotros cuando, según Ana de san Bartolomé, se dirigió a Jesús, su Esposo, con estas palabras: “Hora es ya de caminar”? 

Sencillamente, lo que de unos años a este momento, llamamos “carisma”, gracia identificadora de la vocación humana, cristiana, teresiana, es todo menos inmóvil, fijo, estático. El “carisma”, personal, colectivo, no se puede fosilizar en una definición, sencillamente porque por esencia es dinámico, abierto, en camino de desarrollo existencial que conlleva por necesidad “cambios posibles de estructuras”, por sí mismo y por exigencias del tiempo en el que y para el que se vive.

Así nos lo dijo en su libro de formación de personas y comunidades: casó bien la inspiración íntima de fundar un nuevo Carmelo, con el contexto histórico que dibuja con tres gruesos brochazos: “Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo…, quieren poner la Iglesia por el suelo” (C 1,5), entonces,

“¿Qué tales habemos de ser?, ¿qué tipo de personas y comunidades creyentes tenemos que ser para humanizar, cristianizar nuestro escenario existencial?

Y nos propone con seguridad el cultivo radical de tres actitudes o virtudes identificadoras de la “nueva persona”, que ella ya sabe que somos por la recreación llevada a cabo por Jesús de Nazaret. Y no tiene miedo de sellar la tesis con esta extensión lingüística:

“No es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia” (C 1,5).

A esta única cosa importante, esencial, se suma Juan de la Cruz en una conclusión precipitada apenas ha empezado a hablar de lo que degrada, bestializa la existencia humana cuando la persona se conduce a golpe de pulsiones pasionales e instintivas. Dice el doctor místico, “Por lo dicho se verá cuánto más hace Dios en limpiar y purgar un alma de estas contrariedades, que en crearla de la nada, porque ésta no resiste”. La persona sí ofrece resistencia al don recreador de Dios.

Por eso, ni una ni otro, se pierden ni siquiera en aconsejar nada de prácticas religiosas, ni hablan de tiempo dedicado a la oración, al tú a tú con Dios, simplemente porque cada persona es una misma, pero diferente historia, en las etapas sucesivas de desarrollo. Dios, donador y don, trata a cada persona personalmente, “acomodándose” a cada una, camino de la misma meta: la unión de igualdad de amor con Dios.

El carisma no se puede “encerrar” en una definición y menos en muchas estructuras jurídicas, aunque tenemos que confesar que las necesitamos, pero siempre creadas por la vida de las personas y en servicio de las mismas y tratando que “testifiquen”, revelen la vida que se vive. Las estructuras, necesarias, por definición, tienen que tener tiempo de caducidad; no pueden eternizarse, ni exportarse a todas las culturas. Teresa nos recomienda bien pronto: “abrazaos con la cruz de vuestro Esposo… Lo demás como cosa accesoria” (2M 1,7).

“Lo que más os despertare a amar,  eso haced” (4M 1,7),

y en el campo de la pobreza, de uso de las cosas, también en la práctica espiritual, aconseja: “siempre mirad con lo más pobre que pudiereis pasar” (MC 2,10). ¿Qué  podríamos hoy presentar como esencial y qué de accesorio?

Respondo, creo que con  fidelidad a nuestros Padres: “cuanto positivamente no nos estimula más a una relación interpersonal entre nosotros y con el Dios que nos convoca a vivir lo esencial cristiano en  el carisma teresiano-sanjuanista. El posconcilio lo hemos inclinado mucho más a la “adaptación” que a la “renovación”. Sin una renovación de vida, como mínimo, es gravemente engañosa, por ejemplo. una mejor traducción teológica y hasta las aplicaciones prácticas sin tener en cuenta la pluralidad cultural.

No es el signo, aun el más genuino y transmisor del carisma, lo que da valor y relevancia a nuestra vida de oración, fraternidad, misión sino la calidad del amor, la calidad de vida fraterna, contemplativa, de vida apostólica que nos comprometa más a vivir. Nuestros santos no nos transmitieron doctrina sino la manera de vivir que genera una visión de Dios y de la persona “creada a su imagen y semejanza”.

Comprometámonos, personal, y comunitariamente, a ser fieles hijos de nuestros padres, traduciendo, existencialmente más y mejor, la herencia de vida recibida y que sepamos traducirla debidamente en los distintos espacios culturales en los que vivimos. Y para eso tendríamos que aspirar a caracterizar bien la identidad de cada comunidad, y de cada servicio apostólico, para que cada miembro trate de encajar con y en el perfil de la comunidad a la que es destinado. 

 Maximiliano Herráiz, OCD

Revista ORAR, 273

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