«YO TE DARÉ LIBRO VIVO»

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Vida 26, 5  

Una de las primeras «palabras interiores» consignadas por Santa Teresa en el Libro de la Vida es esa: «Me dijo el Señor: “No tengas pena, que yo te daré libro vivo”». Y el «libro vivo» prometido a la Santa era Cristo.      

El breve pasaje documenta una de las numerosas convergencias cristológicas entre Teresa de Jesús y San Pablo. Este la formulará hacia la tarde de su vida como una experiencia final, exponente de toda su vida de convertido: «He decidido no saber nada sino a Jesucristo, y a Jesucristo crucificado» (I Cor. 2, 2). Para Pablo, se cancelaba así, de un plumazo, su largo aprendizaje rabínico. No en la escuela de Gamaliel, sino en la de Cristo está la fuente de la sabiduría paulina.      

Algo parecido le ocurre a Teresa en el umbral mismo de su vida mística, inmediatamente antes del «hecho decisivo» de su encuentro profundo con el Resucitado.    

Recordemos los hechos        

Teresa había sido toda su vida gran lectora de libros. (No existía en su tiempo la tentación de las revistas y los periódicos). De adolescente, «si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento» (Vida 2, 1). De monja, «diome la vida haber quedado ya amiga de buenos libros» (Vida 3, 7). Al enfermar poco después, los «buenos libros» siguen siendo su solaz y refugio, «que no quise más usar de otros, porque ya entendía el daño que me habían hecho» (Vida 4, 7). Y así en lo sucesivo, «pasó como veintidós años... leyendo en buenos libros» (Rel. 4, 2).      

Ahora, a la altura de sus cuarenta y cuatro de edad, le ocurre el percance de la Inquisición. Tras publicarse en Valladolid el Indice de libros prohibidos por iniciativa del Inquisidor Valdés (1559), Teresa pierde en la hoguera gran parte de sus preferidos. «Yo sentí mucho, porque algunos me daba recreación leerlos, y yo no podía ya por dejarlos en latín» (Vida 26, 5). Entre los que pasaron de su mesa de lectura a la hoguera del patio se hallaban, sin duda, los «buenos libros» del Maestro S. Juan de Ávila, del Padre Granada, de San Francisco de Borja, de Bernabé de Palma...      

Pues bien, en ese momento de despojo surge la voz interior: «me dijo el Señor: —no tengas pena, que yo te daré libro vivo—» (Vida 26, 5).    

Promesa cumplida        

Como en otros pasajes de Vida, el autógrafo destaca gráficamente esas palabras del Señor, colocándolas entre grandes trazos transversales. Dos grandes trazos paralelos e inclinados antes de citarlas. Y otros similares para cerrar la citación.      

Cuando escribe esa página, hacia finales de 1565 (segunda redacción de Vida), han pasado ya seis años desde la «promesa». Y ¡qué bien se la ha cumplido su Señor!      

La estremecedora historia de ese cumplimiento de palabra comienza inmediatamente, casi a renglón seguido. De hecho, con «la promesa» concluye el relato del capitulo 26. El capítulo 27 se abre con «el hecho decisivo»: primera visión intelectual de la Humanidad de Cristo. Entre uno y otro hecho, a modo de eslabón y de síntesis de cuanto sobrevendrá en el relato, Teresa lo condensa todo en breves pinceladas, tanto el sentido de esa palabra interior, como la experiencia cristológica de los seis años que han mediado entre la promesa y el presente relato. Lo condensa así:

«Yo no podía entender por qué se me había dicho esto, porque aún no tenía visiones. Después, desde a bien pocos días, lo entendí muy bien, porque he tenido tanto en qué pensar y recogerme en lo que veía presente, y ha tenido tanto amor el Señor conmigo para enseñarme de muchas maneras, que muy poca o casi ninguna necesidad he tenido de libros;

Su Majestad ha sido el libro verdadero adonde he visto las verdades. ¡Bendito sea tal libro, que deja imprimido lo que se ha de leer y hacer, de manera que no se puede olvidar!

¿Quién ve al Señor cubierto de llagas y afligido con persecuciones que no las abrace y las ame y las desee? ¿Quién ve algo de la gloria que da a los que le sirven que no conozca es todo nonada cuanto se puede hacer y padecer?...» (26, 5).        

No es necesario subrayar lo que tan patente está en el relato teresiano. Que la palabra-promesa ha marcado un neto cambio de rumbo en la historia de la apasionada lectora que era Teresa. En adelante, los libros pierden escalafón: «muy poca o ninguna necesidad he tenido de ellos». Han sido suplantados por el amor y el Maestro. Esto sí que lo subraya ella con su certera maestría de pluma: «ha tenido tanto amor el Señor conmigo, para enseñarme de muchas maneras...».       Escribirá ella, entre estremecimiento y sonrojo: «Su Majestad fue siempre mi maestro.../ ¡Harta confusión es poder decir esto con verdad!» (Vida 12, 6).    

«Bendito sea tal libro»        

Los lectores de Vida conocemos bien esa irrupción de doxologías en el alma de la autora.   Como Jesús ante el «Padre, Señor del cielo y de la tierra» (Mt. 11, 25), o como la mujer que alza la voz en medio de la turba (Lc. 11 ,21), o como Zacarías que prorrumpe en el «Bendito sea el Señor Dios de Israel!» (Lc. 1, 68), también a Teresa se le hace imparable la voz interior: «Señor mío, qué bueno sois, bendito seáis para siempre!» (Vida 18, 3). «¡Bendito seáis Vos, Señor, que tanto me habéis sufrido!» (Vida 2, 9). «¡Bendito seáis por siempre, Señor!». «¡Alaben os todas las cosas por siempre!» (Vida 16, 4). «¡Seáis bendito, Dios mío por siempre! Y ¡cómo se ha parecido que me queríais Vos mucho más a mí, que yo me quiero!» (Vida 32, 5).        

No, ya no se trata de letra muerta estampada sobre pobres páginas de papel, leídas más o menos penosamente a la luz de la propia candileja, y luego arrojadas al fuego por orden del Inquisidor. El «libro vivo» contiene otro tipo de sabiduría. Introduce en la doxología de Jesús y de los bienaventurados. Introduce a Teresa, ya desde la tierra, en la imparable doxología de «para siempre».      

Ese «libro vivo», no impreso en letra de molde, tiene otra forma de lectura. Es un libro que «deja imprimido lo que se ha de leer y hacer, de manera que no se puede olvidar».      

Rara vez se habrá expresado mejor la eficacia obradora de esa «palabra», interior Verbo de Dios. Han bastado sólo tres rasgos:        

  • —Es palabra que deja honda huella, surco profundo en el alma lectora: «deja imprimido» lo que dice.      
  • —Surca y siembra la vida: «deja imprimido lo que se ha de leer y hacer». No sólo lo que hay que pensar y saber.      
  • —Sin problemas para la memoria: lo graba, «de manera que no se puede olvidar».

Más allá de toda frágil memoria humana, más allá de las tablas de piedra, indelebles sólo en apariencia. Para Teresa, se trata de escritura imborrable.        

En adelante, llevará escrita el alma, con palabras del «libro vivo» que es «Cristo vivo» (Vida 27, 4). No será otra la fuente de su saber.    

«Su Majestad, libro verdadero»        

Recordemos de nuevo sus palabras: «Su Majestad ha sido el libro verdadero adonde he visto las verdades».      

No parece que en esa contraposición del «libro verdadero» a los otros libros, haya una velada alusión a la pobreza o a la falacia de los libros y los autores humanos. Lo que a ella le ocurre es que ahora se siente «subida a esta atalaya adonde se ven verdades»: y la nueva atalaya es Cristo (Vida 21, 5).      

Desde ella, Teresa «se espanta de ver tantas verdades y tan claras» (R. 1, 19).      

Ya, «no hay teólogo con quien no se atreviese a disputar la verdad de estas grandezas» (Vida 27, 9).      

Le «acaece muy muchas veces quedarse así, ciega del todo (=como Pablo?), absorta, espantada, desvanecida de tantas grandezas como ve... El hace que tenga abiertos los ojos para entender verdades» (Vida 20, 29).      

«Bienaventurada alma que la trae el Señor a entender verdades. ¡Oh, qué estado éste para reyes...!» (Vida 22, 1).      

A lo largo de su magisterio escrito, Teresa no se cansará ya de repetir la invitación a «poner los ojos en el Crucificado». Aunque sus lectores no hayan tenido la suerte que a ella le ha cabido de «ver al Señor» (Vida 37, 4), está convencida de que «mirarle» (Camino, 26) o «tener los ojos puestos en el Esposo» (Camino 2, 1), o «ponerlos en el Señor crucificado» (Moradas VI 4, 8), es llegarse a la fuente de la sabiduría.      

Entre «los buenos libros» que Teresa tenía en su pequeño anaquel y que, de momento, no le fueron arrebatados por el decreto inquisitorial, había uno, «La imitación de Cristo», que ella conocía por el nombre de «Contemptus mundi» y que le había inculcado esa misma lección. En él leería complacida la confirmación de su experiencia. Decía así el librito en el capítulo tercero de la primera parte:  

«Dichoso aquel a quien la Verdad por sí misma enseña, no por medio de figuras y palabras pasajeras, sino como es en sí...

Aquel a quien enseña el Verbo eterno, de muchas opiniones se ve libre... Nadie entiende ni juzga con rectitud sin El...

¡Oh Dios que sois la Verdad, unidme a Vos en amor perpetuo!, porque ya me hastía leer y oír muchas cosas, cuando en Vos existe todo lo que yo creo y deseo. Callen ya todos los doctores, enmudezcan las criaturas en vuestra presencia. Habladme Vos solo».        

Teresa, de seguro, asentiría con toda su alma, al leer esas palabras del precioso librito medieval

Tomás Álvarez, ocd