Primera semana de Adviento

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EVANGELIO ORADO

Domingo, 3 de diciembre 

  • Comienza el tiempo de Adviento con esperanza y una tarea misionera entre las manos. La Palabra de Dios te invita a ensanchar el horizonte, a dejarte sorprender por la vida que se presenta cada día con su novedad. La Palabra está llena del amor que Dios te tiene. Descúbrelo.  
  • El Señor está presente, aquí y ahora, en tu vida, en todo lo que te rodea, en todo lo que acontece; está llamando a tu puerta. Descubre su presencia. Entra con alegría en esta aventura apasionante del Evangelio. Haz silencio, no te inquietes por nada, ponte ante Dios, escucha lo que el Espíritu susurra en tu interior.  
  • En el Evangelio de hoy Jesús te invita a velar, a estar a la espera del que viene. Velar significa mirar con atención la vida, ayudar a vivir a los demás, confiar en el Dios de la vida. La vida tiene sentido, el que le ha dado Jesús.  

“Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (Papa Francisco, EG 1).  

Evangelio de Marcos 13,33-37  

«Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa… encargando al portero que velara. Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa. ¡Velad!».

Velar es cuidar la casa y nada la cuida mejor que la oración interior, la atención amorosa a quien vive en nosotros. Su presencia en nosotros es el mayor don.  

Nuestra morada interior está habitada por Dios. Para Él hemos nacido. Hoy queremos vivir conscientes de este don. Hoy queremos caminar alertas en la fe y alegres en la esperanza.

Dios nos espera siempre. Tiene tiempo y promesas para nosotros. Su amor es más fuerte que nuestros agobios y preocupaciones. Su presencia se mantiene fiel a pesar de nuestras ausencias y olvidos.  

Saber que Dios nos espera nos llena de alegría. Saber que Dios vive en nosotros reaviva el deseo de encuentro con Él. El Espíritu nos enseña a vivir en esperanza de Dios.  

«Sea bendito por siempre, que tanto me esperó» (Vida, pról. 2). «Importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar» (Santa Teresa, Camino 21,2).  

Abro mi corazón a ti, Dios sorprendente. Tu presencia me invita a ponerme cerca de mis hermanos para servir.   

Lunes, 4 de diciembre 

  • Jesús es tu camino, tu verdad y tu vida. Comienza el día con esperanza y mucho ánimo. «Aunque el camino es llano y suave para los hombres de buena voluntad: el que camina caminará poco y con trabajo si no tiene buenos pies y ánimo y porfía animosa en eso mismo», nos dice Juan de la Cruz.  
  • Camina con la Iglesia. Siéntete formando parte de la Iglesia. Júntate con amigos verdaderos que te despierten a amar. Recuerda que «gran mal es un alma sola» (Santa Teresa).   «La propia experiencia de dejarnos acompañar y curar, capaces de expresar con total sinceridad nuestra vida ante quien nos acompaña, nos enseña a ser pacientes y compasivos con los demás» (Papa Francisco, EG 172).  

Evangelio de Mateo 8,5-11  

«Al entrar Jesús en Cafarnaúm, un centurión se le acercó rogándole: “Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho”. Jesús le contestó: “Voy yo a curarlo”. Pero el centurión le replicó: “Señor, no soy quién para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano…”».  

La salvación que ofrece Jesús es universal, no reconoce fronteras entre personas o pueblos. Es admirable la fe, tan atrevida y confiada, de un hombre pagano y los gestos humildes en que se concreta.  

Jesús se admira al oír la fe de este hombre, que se pone en camino de salvación con una gran confianza.   Si miramos con atención, descubriremos a nuestro alrededor a personas que provocan en nosotros el deseo de crecer en el amor. Y estas personas pueden ser de otra raza, cultura o religión.  

«Quienes de veras aman a Dios, todo lo bueno aman, todo lo bueno quieren, todo lo bueno favorecen, todo lo bueno loan, con los buenos se juntan siempre y los favorecen y defienden; no aman sino verdades y cosa que sea digna de amar» (Santa Teresa, Camino 40,3).  

¡Ven a mi casa, Señor, ven y sáname con tu amor! Dime una palabra tuya y mi soledad sentirá tu compañía, vencerás mis miedos, levantarás mi esperanza. ¡Gracias!  

Martes, 5 de diciembre  

  • Acoge tu pequeñez. Dios te quiere tal como eres. Ponte confiadamente en sus manos. Alábale desde el amanecer. La alabanza te ensancha el corazón.  
  • No te extrañes si no sabes caminar por tu mundo interior. Ten paciencia contigo. Entra dentro de ti; la puerta para entrar es la oración.  
  • Dios no deja de revelarse a los sencillos; Dios no deja de llamarte. Te quiere tanto que aprovechará cualquier ocasión para entablar amistad contigo. Presta atención.  

«La Buena Noticia es la alegría de un Padre que no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos» (Papa Francisco, EG 7).  

Evangelio de Lucas 10,21-24  

«Lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla… Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar…”».  

La alegría del Espíritu inunda el corazón de Jesús: El Padre quiere revelarse a los sencillos y estos entienden la ternura entrañable del Padre.  

Quien tiene experiencia de este amor del Padre lo expresa en gestos de ternura y servicio a los demás. Las cosas del Padre no son para uno solo, son para todos.

Estas personas siempre dispuestas para servir son un tesoro para la Iglesia y para el mundo.  

«Jesús quería hacer resplandecer en mí su misericordia. Porque yo era débil y pequeña, se abajaba hasta mí y me instruía en secreto en las cosas de su amor» (Santa Teresita, Historia de un alma).  

Hoy quiero caminar despacio, conscientemente, prestando atención a las personas, dejándome sorprender por las maravillas que el Espíritu realiza cada día en ellas. Me alegro y te alabo por cada una de esas personas, Padre.

Miércoles, 6 de diciembre  

  • Adviento es una historia de compasión y de ternura.
  • Abre tus ojos y mira los dolores de la humanidad.
  • Recuerda las historias humanas que te han impresionado estos días.
  • Acércate a Dios con el corazón lleno de nombres, de rostros. Dios es Padre nuestro, Padre de todos. Jesús te invita a poner en él las heridas de los que te rodean.  

«Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo sanador de projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana» (Papa Francisco, EG 169).  

Evangelio de Mateo 15,29-37  

«Acudió a Jesús mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies, y él los curaba. La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y dieron gloria al Dios de Israel… Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: “Me da lástima de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer… ¿Cuántos panes tenéis?”».

Jesús sana las heridas, ayer, hoy y siempre. Ponemos en sus manos el dolor de la humanidad.   La amistad con Jesús nos compromete en la práctica de un amor activo y concreto a cada ser humano.

¿Qué pasaría si muchos nos atreviéramos a regalar la ternura de Dios a cuantos tenemos cerca? ¿Qué pasaría si nos decidiéramos a vivir este día haciendo el bien?  

Hoy, aquí y ahora, es la hora de amar, de hacernos cercanos y solidarios con quien sufre, de que cada gesto exprese ese amor fraterno tan querido por Dios.  

«Me creo autorizado para orar y curar con la oración las dolencias de la Iglesia… Dios que no abandona a su Iglesia tiene su brazo extendido y acreditará si conviene la verdad del evangelio que predicamos… Dios está con nosotros y nadie nos tocará un cabello de la cabeza» (Francisco Palau, Carta 148).  

Jesús: manantial que sacia nuestra sed, roca donde se asienta nuestra vida, ternura y compasión que cura nuestras heridas. ¡Bendito y alabado seas!  

Jueves, 7 de diciembre  

  • Dedica un momento a Dios en la mañana. Deja la agitación y párate un instante.
  • Abre en tu vida un espacio para Dios, para que pueda ser Dios en ti. Su amor te espera, no lo olvides. Dile a Dios: «Hágase tu voluntad».
  • Díselo muchas veces, hasta que lo vaya diciendo tu corazón sin necesidad de palabras. Y quédate así, a la espera. Como lo hizo María.  

«La Iglesia no evangeliza si no se deja continuamente evangelizar. Es indispensable que la Palabra de Dios “sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial”» (Papa Francisco, EG 174).  

Evangelio de Mateo 7, 21.24-27  

«Dijo Jesús a sus discípulos: “No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo. El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca…».  

Esta palabra de Jesús nos ayuda a ponernos en verdad. Hoy puede ser un buen día para hablar con alguna persona, que tenga la luz del Espíritu, para que nos ayude a discernir nuestro modo de vivir.

Nuestra vida siempre necesita beber en fuentes de aguas más limpias.  

Nos acercamos a los demás como una bendición, como una humilde presencia, como testigos del Dios de la ternura. Nuestra luz, puesta en alto, puede iluminar el camino a otros.  

«La actitud observada por la Virgen durante los meses que transcurrieron entre la Anunciación y la Navidad debe ser el ideal de las almas interiores, de esos seres que Dios ha elegido para vivir dentro de sí, en el fondo del abismo sin fondo. ¡Con qué paz, con qué recogimiento se sometía y se entregaba María a todas las cosas! Hasta las más vulgares quedaban divinizadas en Ella pues la Virgen permanecía siendo la adoradora del don de Dios en todos sus acto»” (Santa Isabel de la Trinidad).  

¿Cómo cumpliré hoy, Padre mío, tu voluntad? Me pondré en tus manos. Acogeré las sorpresas que me regale el día. Intentaré hacer realidad lo que has soñado para mí. Te diré confiadamente: Amén, hágase.  

Viernes, 8 de diciembre LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA  

  • Dios te regala la presencia de María, la mujer humilde que se dejó acompañar por el Espíritu Santo hacia la plenitud. Recíbela en tu casa. Vive con Ella. Invócala con cariño.
  • Alégrate, haz fiesta en tu corazón en este día.«Bendita tú María hija de los pobres, que has llegado a ser madre del Señor de los reyes. En tu seno habitó aquel de cuya alabanza están llenos los cielos»(Efrén el Sirio).  
  • Contempla a María Inmaculada: la mujer visitada por Dios, la obra más bella de Dios, la amiga cercana y entrañable, el cántico nuevo de Dios en el mundo.  

«María, durante muchos años, permaneció en intimidad con el misterio de su Hijo, y avanzaba en su itinerario de fe» (Papa Francisco, EG 287).  

Evangelio de Lucas 1,26-38  

«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo… No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. El Espíritu Santo vendrá sobre ti… el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios… Para Dios nada hay imposible… Aquí está la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra».   Todo lo de la Madre es para sus hijos. Contemplamos en nuestro interior estas palabras que Ella escuchó y guardó en su corazón: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo…».  

«La Palabra de Dios irrumpe con fuerza en la tierra de María, para regarla con su gracia y revestirla de posibilidades: El Ángel del Señor le dice: “Alégrate; no temas; para Dios nada hay imposible”. Esa voz de Dios fecunda nuestra angustia, nuestros miedos, nuestros anhelos y nuestras oscuridades.  

  • Frente a la angustia, la Voz del Señor dice: Alégrate.
  • Frente a los miedos de la vida: Estoy contigo, no temas.
  • Frente a los anhelos y sueños: Para Dios nada hay imposible.  
  • Y, sin pedir una luz que adelante los acontecimientos, sin pedir claridad, confiando en Aquel que se fio de ella y de su pequeñez, María responde, en medio del no saber: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”» (Miguel Márquez, carmelita descalzo).  

María, que mi vida sea casa abierta para el Señor, música alegre y gratuita para los demás, transparencia donde los demás descubran a Dios.  

Sábado, 9 de diciembre  

  • El Espíritu Santo te ama. Sigue gozando hoy con la fiesta de la Inmaculada.
  • Agradece los dones que has recibido. «Si no conocemos que recibimos, no despertamos a amar», dice santa Teresa.  
  • Acércate al Evangelio: música alegre que despierta la alabanza. ¡Cuánto nos hace disfrutar su mensaje liberador!  

«La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar… Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo» (Papa Francisco, EG 273).  

Evangelio de Mateo 9,35-10,1.6-8  

«Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias. Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor... Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia… “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”».  

Los seguidores de Jesús somos discípulos misioneros: en camino, entre la gente, con la compasión a flor de piel, anunciando la buena nueva del Evangelio. Esta es nuestra misión para hoy.  

Somos Iglesia. Y la Iglesia, que es misterio de comunión y acogida, se entiende cuando da sitio y palabra a los pobres y marginados, cuando hace fiesta con los excluidos para gloria de Dios Padre.  

«Recorrer la tierra… Anunciar el Evangelio en las cinco partes del mundo y hasta en las islas más remotas. Quisiera ser misionera no solo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y seguirlo siendo hasta la consumación de los siglos» (Santa Teresita).  

Señor, Jesús, sigue despertando en mí la compasión y la ternura hacia todo ser humano. Junto con hermanos y hermanas quiero construir una casa común, acogedora, con panes para compartir.