Domingo tercero de Adviento

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LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO: Juan 1,6-8.19-28

“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús… Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría (Papa Francisco).

Juan venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.

¿De qué, o de quién, habla nuestra vida? ¿Quién nos da el sentido? A Juan la llamada le viene de Dios, no viene por cuenta propia, por eso puede colocarse como un testigo de la luz en medio de las gentes. Dios es la fuente de toda santidad; gracias a su proyecto de compartir con nosotros lo que es, nosotros podemos ser cauce de gracia, humilde reflejo de su luz. ¡Qué dignidad tan grande la de ser testigos de Dios! ¡Vivir el silencio como signo de su Palabra! ¡Vivir la comunión como signo de su amor! ¡Vivir la solidaridad como signo de su entrega total y gratuita! Para que todos lleguen a la fe y conozcan la grandeza de Dios. La escucha atenta de la palabra, que solo entiende quien ama, nos hace testigos de Dios. “Una palabra habló el Padre, que fue su hijo, y esta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma” (San Juan de la Cruz).

¿Tú quién eres? Él confesó y no negó; confesó: ‘Yo no soy el Mesías’.

¿Quiénes somos de verdad? ¿Lo que dicen los demás? ¿Lo que pensamos nosotros? El propio conocimiento es la base de la oración. Juan habla el lenguaje de la verdad. Tenía fama suficiente para decir lo que no era, pero no lo hace. El Espíritu Santo nos acerca a la verdad de nosotros mismos, se asoma en los gestos sencillos y en las palabras de verdad. Las pretensiones de grandeza son mentira, la injusticia es mentira, la indiferencia es mentira, quitar el pan nuestro de la mesa para hacerlo mío es mentira, decir yo escondiendo el tú de los demás es mentira. La alegría nace de la verdad. ”En este estado de vida tan perfecta siempre anda el alma interior y exteriormente como de fiesta, y trae en el paladar de su espíritu un júbilo de Dios grande, como un cantar nuevo, siempre nuevo, envuelto en alegría y amor” (San Juan de la Cruz).

Yo soy la voz que grita en el desierto: ‘Allanad el camino del Señor’.

Ser una voz de la Palabra, diciendo solo lo que Ella dice. Levantar la voz por los que no tienen voz. Ser voz de profecía que abra caminos de esperanza en los desiertos. Ser voz del corazón enamorado. Ser voz que denuncie los caminos torcidos que dejan sin sitio a los más pobres. Ser voz común y, en esa voz, que se asome la alegría del Señor que viene. Barruntar una presencia, la de Jesús, que llena de alegría el corazón. ¿Hay vocación más bella para el ser humano? “Que bien sé yo la fonte que mana y corre aunque es de noche” (San Juan de la Cruz).

En medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí.

Somos soledad, pero soledad acompañada. Somos interioridad, pero interioridad habitada. Somos una pequeñez, pero una pequeñez besada por el Dios de la ternura. Somos tarea, pero una tarea que nace del don. No somos el centro, en medio de nosotros está el Señor. ¿Creemos esto? Cuando confesamos su presencia en medio de nosotros, nos convertimos en precursores de su alegría. ”Porque Cristo es mío y todo para mí” (San Juan de la Cruz).

¡FELIZ ADVIENTO! CIPE – Diciembre 2017

Documentación: Domingo tercero de Adviento Lectura orante del Evangelio: Juan 1,6-8.19-28