SOBRE LA EUTRAPELIA.

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REFLEXIONES PARA TIEMPOS DE CARNAVAL Y OTRAS EVASIONES

Es posible que la mayoría de los lectores se pregunten: ¿qué eso de eutrapelia y de dónde ha sacado el palabro el autor? Pues nada más y nada menos que del gran filósofo griego Aristóteles que lo trata en su libro cuarto de la Ética a Nicómaco y sus enseñanzas las aprovechó santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica (II-II, q. 168, aa. 2-4). Ofrezco su pensamiento para poner racionalidad en los desórdenes de ciertas juergas diurnas y nocturnas de viejo arraigo o en las novedades sobrevenidas a nuestras sociedades del bienestar. El Santo teólogo traduce y enriquece al gran filósofo griego con la ayuda de otros pensadores paganos y cristianos.            

De camino, recuerdo que el Diccionario de autoridades la define como “la virtud que modera el exceso y desenvoltura en las chanzas y juegos festivos y hace que sean gustosos, entretenidos y no perjudiciales”. Se puede decir que sitúa a la persona en una actitud moralmente correcta ante las diversiones, en un medio prudente entre los excesos de la relajación y la excesiva seriedad ante la vida. Si nos atenemos al uso de la palabra, más bien parece una virtud olvidada.            

Comienza su discurso santo Tomás reconociendo la necesidad que tiene el hombre trabajador del descanso del cuerpo y del espíritu; o sea, que necesita “divertirse”, alejarse del trabajo cotidiano, de la rutina diaria porque el arco no puede estar siempre en tensión: acabaría rompiéndose. De ahí deduce la moralidad del juego como sinónimo de ocio o diversión, acompañado del buen humor, del sano entretenimiento dentro de un orden racional.            

En relación con este principio lleno de sensatez, recordemos que en nuestras sociedades cristianizadas se impuso el descanso (no trabajar), lo mismo que asistir a misa, los domingos y las “fiestas de guardar”, bajo pecado mortal. Esto, que puede parecer ahora una extraña imposición de la iglesia católica, además de ser un ejercicio mínimo de la religiosidad, beneficiaba a los trabajadores, siervos de la gleba, labriegos por cuenta propia, y después trabajadores en la industria y el comercio o en cualquier trabajo liberal.            

Volviendo a la eutrapelia de los griegos, santo Tomás la traduce como iucunditas, actitud festiva ante una realidad jocosa, ingeniosa y lúdica, evitando palabras obscenas y molestas a los demás; como virtud adjunta a la templanza, ordena racionalmente también el deseo inmoderado de placeres y gozos carnales y favorece los actos que causan una sana alegría, y que ayudan a la convivencia.            

Para que la reflexión no quede en pura teoría de filósofos y teólogos moralistas, descendamos a las realidades que acontecen en nuestros días y apliquemos a ellas los principios de la racionalidad que encontramos en la sabiduría de los antiguos.            

En primer lugar, recordemos los carnavales, que dentro de poco inundarán nuestras calles y plazas con sus máscaras, desfiles y chirigotas. No deja de ser curioso -y me resulta extraño y fuera de lugar- que los carnavales, fiestas populares toleradas por la Iglesia católica como un desahogo lúdico previo a la austera cuaresma, se hayan convertido en exhibiciones callejeras y juergas populares en un momento en que lo “cuaresmal” clásico casi ha desaparecido de nuestra cultura descristianizada. Importa poco que los carnavales tengan una inspiración lejana en fiestas paganas de Egipto, Sumeria o Roma. La fiesta que durante siglos ha sobrevivido en la cultura europea y su expansión en el mundo, tienen un referente católico.            

Conocida la deriva a la que ha conducido la celebración de los carnavales modernos, ¿habrá que apelar a la virtud de la eutrapelia para moderar los desmanes que se producen con ese motivo, también en las regiones en las que predominó la cultura cristiana? ¿O nos bastará con aplicar el uso racional de nuestra libertad? Ante los hechos conocidos en los últimos lustros, la respuesta queda en el aire para ser debatida.            

De más moderna existencia es lo que se puede llamar la cultura del botellón, juerga nocturna que congrega especialmente a los jóvenes, también a los adolescentes y gente madura. Espacios interiores especializados o lugares públicos como calles y plazas de nuestras ciudades inundados por -¿millones?- de jóvenes que se “divierten” a su manera durante las horas de la noche -¿desde cuándo hasta cuándo?- bebiendo alcohol, fumando o consumiendo drogas, etc. Y los padres y los vecinos, ¿qué? Que se aguanten, que los jóvenes tienen que “divertirse”.            

Creo que en mala hora nació la costumbre que, por desgracia, se ha convertido en una de esas necesidades innecesarias que de vez en cuando aparecen en las civilizaciones llamadas progresistas y liberales. El futuro dirá la última palabra. De momento, mientras llega la de otras instancias superiores, la podría decir la eutrapelia, virtud fundada en lo racional, en el sentido común, tanto del filósofo Aristóteles como del teólogo cristiano, santo Tomás de Aquino.            

Puestos a recordar otras acciones humanas controlables por la eutrapelia, podíamos recordar los juegos de azar, que pueden ser de puro entretenimiento o causa de ruina moral y económica para personas que se hacen adictas como a las drogas de las que no se puede prescindir. O también, juegos-deportes para la diversión de las masas, honestos en sí, pero que enriquecen a unos pocos con contratos multimillonarios permitidos y promocionados por un capitalismo liberal.            

Y, la última novedad que sigue en crecimiento: el uso de los modernos medios de comunicación social, admirable creación de los genios de nuestro tiempo, que ofrecen tantos servicios a los seres humanos, pero que pueden convertirse en “redes” que atrapan las voluntades de los usuarios. El mundo entero cabe en la palma de la mano: informaciones valiosas, juegos de evasión, posibilidad de comunicación; preciosas herramientas de trabajo, pero peligrosas porque pueden crear adicciones como las drogas químicas y causar estragos en la niñez, la juventud y a muchos incautos maduros y ancianos. De nuevo, invoco el ejercicio de la eutrapelia para poner sensatez y racionalidad en el uso para que no derive en abuso.            

¡Quién iba a decir que esta extraña palabra, caída en desuso, podía ofrecer a los incautos humanos tantos servicios! Que sirva para algo esta breve reflexión.    

Daniel de Pablo Maroto

   Carmelita descalzo. “La Santa”