Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna

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Los cristianos somos testigos de la resurrección, mensajeros de gozo

La fe en Cristo resucitado, en mi propia resurrección y en la vida eterna es parte esencial del credo; de lo contrario, la vida carece de sentido y “es vana nuestra fe”: «El Credo cristiano, profesión de fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en su acción creadora, salvadora y santificadora, culmina en la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna» (CIC 988).

Me propongo dar respuesta a las preguntas: “¿cómo lo entiendo?, ¿cómo lo oro? y ¿cómo lo vivo?”, teniendo de fondo tales interrogantes, pero respondiendo tal como me sugiera el Espíritu Santo, a quien encomiendo mi reflexión. Si se quiere vivir coherentemente –y yo lo quiero– mi respuesta existencial mezcla los diversos niveles de comprensión: lo que entiendo o no, lo que llevo a la oración y lo que trato de hacer vida de mi vida.

CREO EN LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE  

Lo entiendo sin entender enteramente cómo; de forma parecida al hombre de la parábola que, una vez sembrado su campo, descansa; y, sin saber cómo, la semilla germina y crece. Lo entiendo sin entender, apoyándome en la Palabra de Dios, tal como la entiende, la cree y la enseña la Iglesia. «Yo soy la resurrección y la vida –afirma Jesús de sí mismo–. El que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Jn 11, 25).

Cuando Jesús muere y resucita y asciende al cielo, una vez cumplida la voluntad de Dios, deja abierto para todos el camino de la esperanza hasta la meta final: «Esta es la voluntad del que me envió: que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día» (Jn 6, 39-40). «Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús» (1Ts 4, 14). «Nos resucitará también a nosotros mediante su poder» (1Co 6, 14).

Mi vida de oración consiste en “conocer” progresivamente a Jesús –conocer en el sentido de relación íntima, esponsal, con él–, degustando ya la vida eterna (cf Jn 17, 1), y conocer así «el poder de su resurrección por la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte y su resurrección» (Flp 3, 10-11). Creo en la resurrección de la carne –la "carne" designa al hombre en su condición de debilidad y de muerte (cf. Gn 6, 3)–. La "resurrección de la carne" significa que, tras la muerte, no solo vivirá el alma inmortal, sino también nuestros "cuerpos mortales" (Rm 8, 11) que volverán a tener vida (cf CIC 990).

La resurrección ha sido tema de controversia desde el principio, pero defendido por los cristianos como parte fundamental de su fe: «¿Cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que durmieron» (1 Co 15, 12-14. 20).  

CREO EN LA VIDA ETERNA  

Mi vida de cristiano unida a Jesús –así lo entiendo, lo oro y trato de vivirlo– me hace ver la vida terrena como un regalo espléndido de Dios y, al final, la muerte en Cristo como una partida hacia él, puerta obligada para entrar en la vida eterna. Creer en la vida eterna conlleva la certeza de realidades póstumas y para siempre: tras la muerte viene el juicio particular y, como consecuencia, el infierno o la gloria.  

Muerte y juicio particular  

La vida terrena es dada por Dios como un tiempo favorable para acoger su amistad. El uso de nuestra libertad la puede convertir en tiempo de aceptación o rechazo de la gracia divina. Después, la muerte pone fin a la vida. Y tras la muerte viene el juicio, en el que se juzga nuestra vida vivida con referencia a Cristo, amado o rechazado en sus hermanos (cf Mt 25).

«A la tarde te examinarán en el amor» ─nos dice san Juan de la Cruz─ (Avisos y sentencias 57). El juicio, en el Nuevo Testamento, aparece en la doble perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida, o de manera inmediata, después de la muerte de cada uno, en el que el alma inmortal recibe su retribución eterna según su buenas o malas obras (cf CIC 1021-1022).  

El cielo  

Los que mueren en gracia y amistad con Dios y perfectamente purificados, viven con Cristo y son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven "tal cual es" (1 Jn 3, 2). A la comunión de vida con la Santísima Trinidad, la Virgen María, los ángeles y santos la Iglesia le llama "el cielo". El cielo es la culminación de las promesas de Dios y la aspiración más profunda del hombre. San Juan de la Cruz lo presenta como la posesión plena y feliz del Esposo: “Los de arriba poseían al Esposo en alegría; los de abajo, en esperanza de fe” (Romance 4). Si vivir con Cristo es estar “en el cielo”, (cf Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4, 17), mientras vivimos en la tierra adelantamos el futuro: poseemos el cielo “en esperanza de fe”.

Nos gozamos realmente con Cristo Esposo, pero, –como dice la teología– “ya pero todavía no”. Ya en la tierra se nos regala empezar a vivir como en el cielo haciendo su voluntad, siendo –como la santa carmelita Isabel de la Trinidad– alabanza de su gloria. Y aún más; como el amor de Dios nunca está ocioso, en el cielo seguiremos haciendo el bien. Los santos en la gloria –afirma el Catecismo– continúan cumpliendo la voluntad de Dios a favor de los hombres. Qué bien encaja aquí la intuición de  santa Teresa del Niño Jesús manifestando el deseo de “pasar su cielo haciendo bien a la tierra”. El (Cf CIC 1023-1029).  

El purgatorio (la purificación final)  

La Biblia afirma que “sin santidad no se puede ver a Dios”. Muriendo en gracia y amistad con Dios, pero imperfectamente purificados –aunque seguros de la salvación eterna–, es imprescindible sufrir después de la muerte la purificación –que la Iglesia llama “purgatorio”–, y obtener así la santidad necesaria para entrar en el cielo (1Co 3, 15; 1 P 1, 7). San Gregorio Magno (Dialogi 4, 41, 3) dice, a propósito de una cita evangélica (Mt 12, 31), que “algunas faltas son perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro”. Esta enseñanza se apoya en la praxis de la oración por los difuntos, ya practicada en la Escritura:(2M 12, 46); lo mismo que en la Iglesia desde siempre; la cual ora y recomienda limosnas, indulgencias y obras de penitencia en favor de los fieles difuntos (Cf CIC 1030-1032).  

El infierno  

En la plegaria eucarística rezamos así: «Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda…, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos» (Misal Romano). La Iglesia –apoyándose en la Escritura– enseña y afirma la existencia del infierno y su eternidad. Jesús habla de él mediante el símbolo de la "gehenna" y el "fuego que nunca se apaga" (cf. Mt 5, 22.29; 13, 42.50; Mc 9, 43-48), donde van los que rehúsan hasta el fin creer y convertirse; los "autores de iniquidad” (Mt 13, 41-42); los que no le asistieron en los pobres y humildes de la tierra (Mt 25). Es decir: «los que no aman –ni a Dios, ni al prójimo, ni se aman a sí mismos– y permanecen en la muerte –esto es el infierno–. Pues todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y ningún asesino tiene en sí vida eterna» (1Jn 3, 14-15). Sin embargo, Dios no se complace en la muerte del pecador ni cierra a nadie sus entrañas de misericordia, ni predestina a nadie para que se condene. Es el hombre, en su libertad, quien se autoexcluye de la gracia divina y persiste en una aversión voluntaria a Dios y a los bienaventurados para siempre. Esta terrible opción se designa con la palabra "infierno", cuya pena principal es la separación eterna de Dios.  

Juicio final y restauración universal  

Cristo vendrá en gloria y majestad para llevar a plenitud la salvación. Vendrá "en su gloria acompañado de sus ángeles… y, ante él se reunirán todas las naciones" (Mt 25, 31. 32. 46). Los muertos, "justos y pecadores" resucitarán (Hch 24, 15), “oirán su voz; los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida; los que hayan hecho el mal, para la condenación" (Jn 5, 28-29). Juzgadas las naciones, participaremos en la victoria de Cristo con toda la Iglesia que, «solo llegará a su perfección en la gloria del cielo, cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre, alcance su meta a través del hombre, perfectamente renovado en Cristo» (cf LG 48; cf 1038-1050).   

Termino evocando  la palabra  que la Iglesia me dirige en el sacramento del último viaje, una vez ungido, fortalecido con el aceite del Espíritu y nutrido con Cristo eucaristía como viático para el último tramo del camino: «Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios Padre, que te creó, del Hijo que murió por ti y del Espíritu Santo, que descendió sobre ti. Entra en el lugar de la paz.

Que tu morada esté junto a Dios en la ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios, san José, los ángeles y todos los santos de Dios. Que contemples cara a cara a tu Redentor» (Rito de la Unción de Enfermos 146-147).  

 Rafael María León, OCD

Publicado en Revista ORAR 277