ORACIÓN EN LA II JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES

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“Este pobre gritó y el Señor lo escuchó” (Sal 34, 7)

Capilla de San Juan de Dios – Burgos – 13 de noviembre de 2018

Nos convoca en este lugar la fuerza del Espíritu; en esta tarde en que queremos unir nuestras voces al grito de los pobres, para juntos elevar nuestra oración al Dios, Padre de todos. Mas hoy, no solo queremos orar por los pobres, queremos por un momento asociarnos a ellos, sentirnos pobres también, pues lo somos, y presentar a una sola voz la súplica de unos hijos que confían en el amor inquebrantable del Dios de Jesucristo, que se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza. Somos pobres, y de muy diversa manera la pobreza afecta al ser humano, incluidos nosotros.  

a) Nos unimos al grito de quienes se ven inmersos en la pobreza económica, la más popular y visible; el grito de quienes se ven privados de los bienes y recursos materiales para subsistir, como el pan, el agua, la vivienda, dineros, trabajo, formación, etc.

- Pero también confesamos las injusticias de quienes acumulan riquezas, de quienes negocian con la escasez, de quienes solo piensan en sí mismos, de quienes pasan de largo, o miran para otro lado.

b) Nos asociamos al grito de quienes padecen la pobreza social; el grito de quienes están marginados, perseguidos en su tierra, que son excluidos, se les niegan derechos, o carecen de voz; los condenados a la soledad, a vivir a la intemperie, como parias.

- Pero también reconocemos la insolidaridad, la insensibilidad de cuantos tienen miedo al contacto; de los que, dominados por prejuicios, optan por alejarse y crear distancia y muros frente a estos hermanos nuestros; de los acomodados, que les preocupan más las mascotas que los necesitados.

c) Nos unimos al grito de quienes soportan en sus carnes la pobreza física, inherente a la condición humana; el grito de quienes sufren la falta de salud, las limitaciones físicas, las dolencias; de quienes no les llegan las medicinas; ese grito a veces silencioso de los ancianos, los minusválidos, los desahuciados, los enfermos terminales, etc.

- Pero también denunciamos los excesos a la hora de proteger nuestro estado de bienestar, la atención excesiva al cuerpo, la dedicación a cuidados estéticos, las quejas cuando no somos atendidos a nuestro gusto, etc.

d) Y también nos adherimos al grito de quienes acusan la pobreza moral; el grito de quienes son víctimas de sus pasiones, de quienes sucumben a las diferentes dependencias; la del poder, la del dinero, de la fama, del sexo, de las drogas, de la violencia, que consumen fuerzas y ánimos.

- Pero también evidenciamos nuestras fáciles condenas a dichas personas, nuestro orgullo de creernos mejores y seguros de no caer; nuestra hipocresía al airear las debilidades de los otros, ocultando las propias; la doble moral a la que jugamos según nos convenga.

Todos estos gritos los unimos a quien, siendo rico, se hizo pobre, y que también se vio en la tesitura de recurrir a ese gesto desgarrador, a esa oración que transciende todo lenguaje y expresión, porque surge de lo más hondo del ser humano, de un corazón invadido por el dolor y la angustia, pero con aliento suficiente para atreverse a dirigir su última efusión de voz a quien podía escucharle y salvarle.

En el grito de Cristo en la cruz resuenan los gritos de todos los pobres del mundo. No en balde así concibe una contemplativa, Teresa del Niño Jesús, la oración: “Para mí, la oración es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de agradecimiento y de amor, tanto en medio de la tribulación como en medio de la alegría”.   

Oración del pobre (Cántico)    

Nos dice el Papa Francisco: El salmo 34(33) permite también a nosotros hoy comprender quiénes son los verdaderos pobres a los que estamos llamados a volver nuestra mirada para escuchar su grito y reconocer sus necesidades.

Se nos dice, ante todo, que el Señor escucha los pobres que claman a Él, y que es bueno con aquellos que buscan refugio en Él con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la exclusión. Escucha a cuantos son atropellados en su dignidad y, a pesar de ello, tienen la fuerza de alzar su mirada hacia lo alto para recibir luz y consuelo.

Yahvé escucha a aquellos que son perseguidos en nombre de una falsa justicia, oprimidos por políticas indignas de este nombre y atemorizados por la violencia; y aun así saben que en Dios tienen a su Salvador. Lo que surge de esta oración es ante todo el sentimiento de abandono y confianza en un Padre que escucha y acoge.

Podemos preguntarnos: ¿cómo es que este grito, que sube hasta la presencia de Dios, no alcanza a llegar a nuestros oídos, dejándonos indiferentes e impasibles?    

Salmo 34– EL Señor, es salvación de los que lo invocan  

“Si hay entre los tuyos un pobre, un hermano tuyo, en una ciudad tuya, en esa tierra que va a darte el Señor, tu Dios, no endurezcas el corazón ni cierres la mano a tu hermano pobre. Ábrele la mano y préstale a la medida de su necesidad”. (Dt 15, 7-8).

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren.
 
Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias.
 
Contempladlo y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha
y lo salva de sus angustias.
 
El ángel del Señor acampa
en torno a sus fieles y los protege.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él.
 
Todos sus santos, temed al Señor,
porque nada les falta a los que lo temen;
los ricos empobrecen y pasan hambre,
los que buscan al Señor no carecen de nada.
 
Venid, hijos, escuchadme:
os instruiré en el temor del Señor;
¿hay alguien que ame la vida
y desee días de prosperidad?
 
Guarda tu lengua del mal,
tus labios de la falsedad;
apártate del mal, obra el bien,
busca la paz y corre tras ella.
 
Los ojos del Señor miran a los justos,
sus oídos escuchan sus gritos;
pero el Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
 
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias;
el Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
 
Aunque el justo sufra muchos males,
de todos lo libra el Señor;
él cuida de todos sus huesos,
y ni uno solo se quebrará.
 
La maldad da muerte al malvado,
y los que odian al justo serán castigados.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él.
 
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.  

El profeta es el hombre de Dios puesto en medio del pueblo de Israel, con la ardua misión de denunciar injusticias, de llamar a la conversión, a la alianza, y de alentar al pueblo a la confianza en Yahvé. También hoy cobran actualidad sus palabras dirigidas a la comunidad eclesial, necesitada de revulsivos que afiancen la fe, mantengan la esperanza y alienten la caridad de los creyente del silo XXI.  

Del libro del profeta Isaías, 58, 1-10  

Así dice el Señor: Clama a voz en grito, no te moderes; levanta tu voz como cuerno y denuncia a mi pueblo su rebeldía y a la casa de Jacob sus pecados. A mí me buscan día a día y les agrada conocer mis caminos, como si fueran gente que practica la virtud y no hubiesen abandonado el rito de su Dios. Me preguntan por leyes justas, la vecindad de su Dios les agrada.

¿Por qué ayunamos, si tú no lo ves? ¿Para qué nos humillamos, si tú no lo sabes?

Es que el día en que ayunabais, buscabais vuestro negocio y explotabais a todos vuestros trabajadores. Es que ayunáis entre litigios y pleitos, y para dar puñetazos a malvados. O ayunéis como hoy, para hacer oír en las alturas vuestra voz.

¿Acaso es éste el ayuno que yo quiero el día en que se humilla al hombre? ¿Había que doblegar como junco la cabeza, estar echado en sayal y ceniza? ¿A esto llamáis ayuno y día grato al Señor?

¿No será más bien este otro el ayuno que yo quiero: desatar los lazos de maldad, deshacer las coyundas del yugo, dar la libertad a los oprimidos, y arrancar todo yugo? ¿No será partir tu pan al hambriento, y recibir en casa a los pobres sin hogar? ¿Qué cuando veas a un desnudo lo cubras, y no te apartes de tu semejante?

Entonces brillará tu luz como la aurora, y tu herida se curará rápidamente. Te precederá la justicia, la gloria del Señor te seguirá. Entonces clamarás, y el Señor te responderá; pedirás socorro, y dirá: ‘Aquí estoy’.    

Salmo 85 – Oración confiada del pobre  

“Conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza”. (2Co 8, 9)  

Inclina tu oído, Señor; escúchame,
que soy un pobre desamparado;
protege mi vida, que soy un fiel tuyo;
salva a tu siervo, que confía en ti.
 
Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor,
que a ti te estoy llamando todo el día;
alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia ti;
 
porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica.
 
En el día del peligro te llamo,
y tú me escuchas.
No tienes igual entre los dioses, Señor,
ni hay obras como las tuyas.
 
Todos los pueblos vendrán
a postrarse en tu presencia, Señor;
bendecirán tu nombre:
«Grande eres tú, y haces maravillas;
tú eres el único Dios.»
 
Enséñame, Señor, tu camino,
para que siga tu verdad;
mantén mi corazón entero
en el temor de tu nombre.
 
Te alabaré de todo corazón,
Dios mío; daré gloria a tu nombre por siempre,
por tu grande piedad para conmigo,
porque me salvaste del abismo profundo.
 
Dios mío, unos soberbios
se levantan contra mí,
una banda de insolentes
atenta contra mi vida,
sin tenerte en cuenta a ti.
 
Pero tú, Señor,
Dios clemente y misericordioso,
lento a la cólera, rico en piedad y leal,
mírame, ten compasión de mí.
 
Da fuerza a tu siervo,
salva al hijo de tu esclava;
dame una señal propicia,
que la vean mis adversarios
y se avergüencen,
porque tú, Señor, me ayudas y consuelas.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén    
 
Del Camino de perfección de santa Teresa de Jesús (2, 4-9)  

En ninguna manera se ocupe en esto el pensamiento, os pido, por amor de Dios, en limosna; y la más chiquita, cuando esto entendiese alguna vez en esta casa, clame a su Majestad y acuérdelo a la mayor; con humildad le diga que va errada; y valo tanto, que poco a poco se va perdiendo la verdadera pobreza. Yo espero en el Señor no será así ni dejará a sus siervas; y para esto, aunque no sea para más, aproveche esto que me habéis mandado escribir por despertador.

Y crean, mis hijas, que para vuestro bien me ha dado el Señor un poquito a entender los bienes que hay en la santa pobreza, y las que lo probaren lo entenderán, quizá no tanto como yo; porque no sólo no había sido pobre de espíritu, aunque lo tenía profesado, sino loca de espíritu. Ello es un bien que todos los bienes del mundo encierra en sí; es un señorío grande; digo que es señorear todos los bienes de él otra vez a quien no se le da nada de ellos. ¿Qué se me da a mí de los reyes y señores, si no quiero sus rentas ni de tenerlos contentos, si un tantito se atraviesa haber de descontentar en algo por ellos a Dios? ¿Ni qué se me da de sus honras si tengo entendido en lo que está ser muy honrado un pobre, que es en ser verdaderamente pobre?

Tengo para mí que honras y dineros casi siempre andan juntos, y que quien quiere honra no aborrece dineros, y que quien los aborrece que se le da poco de honra. Entiéndase bien esto, que me parece que esto de honras siempre trae consigo algún interés de rentas o dineros; porque por maravilla hay honrado en el mundo si es pobre, antes, aunque lo sea en sí, le tienen en poco. La verdadera pobreza trae una honraza consigo que no hay quien la sufra; la pobreza que es tomada por sólo Dios, digo, no ha menester contentar a nadie sino a él; y es cosa muy cierta, en no habiendo menester a nadie, tener muchos amigos; yo lo tengo bien visto por experiencia

Estas armas han de tener nuestras banderas, que de todas maneras lo queramos guardar: en casa, en vestidos, en palabras, y mucho más en el pensamiento. Y mientras esto hicieren, no hayan miedo caiga la religión de esta casa, con el favor de Dios; que -como decía santa Clara- grandes muros son los de la pobreza. De éstos -decía ella- y de humildad quería cercar sus monasterios; y a buen seguro, si se guarda de verdad, que esté la honestidad y todo lo demás fortalecido mucho mejor que con muy suntuosos edificios; de esto se guarden, por amor de Dios, y por su sangre se lo pido yo; y, si con conciencia puedo decir, que el día que tal hicieren se torne a caer.

Muy mal parece, hijas mías, de la hacienda de los pobrecitos se hagan grandes casas. No lo permita Dios, sino pobre en todo y chica. Parezcámonos en algo a nuestro Rey, que no tuvo casa, sino en el portal de Belén adonde nació y la cruz adonde murió.    

- Oración pobre de un alma pobre que ofrece a Dios su pobreza:

LO QUE AGRADA A DIOS EN MI PEQUEÑA ALMA, ES QUE AME MI PEQUEÑEZ Y MI POBREZA (BIS) ES LA ESPERANZA CIEGA QUE TENGO EN SU MISERICORDIA.  Sta. Teresa del Niño Jesús.    

Oración de los hijos pobres y confiados: Padre nuestro…    

ORACIÓN

Oh Dios, que has dado a todos los pueblos la misma procedencia, y quisiste, con ellos, reunir en ti una sola familia, llena los corazones de todos con el fuego de tu amor y enciéndelos con el deseo del progreso justo de sus hermanos, para que, con los bienes que generosamente repartes entre todos, cada uno alcance la plenitud humana como persona, y, suprimida toda discriminación, se afirmen en el mundo la igualdad y la justicia. Por nuestro Señor Jesucristo.  

Ezequiel García Rojo, carmelita

Documentación: 18 de noviembre, II Jornada Mundial de los pobres