V DOMINGO DE CUARESMA

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ESCUELA DE ORACIÓN - LECTIO DIVINA

MOTIVACIÓN

“Que la Palabra de Cristo habite en nosotros con toda su riqueza”. “Perder la conciencia del pecado comporta siempre también una cierta superficialidad en la forma de comprender el amor mismo de Dios” (Benedicto XVI). “¿No basta, Señor, que nos tiene el mundo acorraladas? Que sois un justo y no como los jueces del mundo, que –como son hijos de Adán y, en fin, todos varones- no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa” (Santa Teresa). 

INVOCAMOS AL ESPÍRITU

Que tu Espíritu nos asista para que seamos testigos de tu verdad.

1. A LA ESPERA DE LA PALABRA. CON LA LÁMPARA ENCENDIDA  

Contexto. Bellísimo pasaje, una joya, con sabor al evangelio de Lucas, que no pierde de vista la experiencia de la misericordia. Texto intruso en el evangelio de Juan, que no fue aceptado hasta el s. V. ¿Tenían dificultades las comunidades para aceptarlo?

2. PROCLAMACIÓN DE LA PALABRA: Juan 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:    «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:   «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

3. FECUNDIDAD DE LA PALABRA

“Le traen una mujer sorprendida en adulterio”.

Jesús ha pasado la noche orando en el Monte de los Olivos. De mañana va al templo. Sentado, enseña. La gente se agolpa para escucharlo. Jesús resulta incómodo a las autoridades por lo que dice y hace: su cercanía a los pecadores. Se sirven de todos los medios para acusarlo y quitarlo de en medio. Utilizan a una mujer, que nada les importa, para condenar a Jesús. Los débiles siempre son culpables. ¿Pasa  hoy lo mismo? ¿Se utiliza a las víctimas con fines mezquinos?

«Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».

Una mujer: entre Jesús y la gente. Una mujer sin nombre, sin identidad, como un objeto, como una cosa, sin derecho a hablar. Y unas palabras desde la Ley de Moisés que desafían a Jesús. No aceptan las enseñanzas de Jesús, pero con ironía lo llaman maestro. Claramente es una encerrona peligrosa. Si dice que la apedreen en qué queda tanto hablar del perdón y de acoger a los pecadores. Si dice que no la apedreen va contra la ley: “Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, será muerto tanto el adúltero como la adúltera” (Lv 20,10).

«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».

¿Será la lapidación la última palabra de Dios sobre esa mujer? La tensión se masca. Los nervios afloran. Jesús escribe en el suelo. ¿Qué sentido tiene? “Los que se apartan de ti, en la tierra serán escritos” (Jr 17,13). El tirar la primera piedra era obligación o “privilegio” del testigo. Jesús guarda silencio, como camino hacia la gracia, con la que únicamente se pueden mirar los errores de los demás. La gracia no rechaza, no apedrea.  Al pecador se le mira con los ojos y el corazón de Dios (Relato de los jueces y viuda, de José Luis Martín Descalzo).   

Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Jesús hace aparecer lo que está escondido en las personas. También ellos necesitan misericordia para poder mirar como Dios mira. Ninguno de los presentes arrojó la primera piedra. “Miremos nuestras faltas y dejemos las ajenas, que es mucho de personas tan concertadas espantarse de todo” (Santa Teresa, 3 Moradas 2,13).  

«Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor».

La mujer, considerada culpable y merecedora de la pena de muerte, está de pie ante de Jesús, absuelta, redimida y dignificada. La mujer, rota, ante Jesús, misericordia que levanta. Por primera vez la mujer asume un papel activo.La mujer reconoce a Jesús como Señor. Jesús no la juzga, la mira con misericordia, habla con ella cuando están solos. Rehace una vida perdida a base de ternura.

«Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Jesús no trivializa el pecado, basta mirar la cruz para entenderlo, pero todo pecado pide misericordia. La persona, para Dios, está antes que la norma. Frente a una religión que condena, Jesús es perdón sin reservas. La mujer se queda con Jesús, necesita ser liberada. Jesús no la condena, le da la vida, la ama con un amor que borra multitud de pecados, ve en ella la belleza con que el Padre la creó. El amor que Jesús ha recibido del Padre está en conexión con la fuente de la vida; lo viejo es matar a alguien. Jesús abre a la mujer un horizonte de futuro, la empuja hacia lo nuevo: en adelante podrá hacer las cosas mejor de lo que las ha hecho.

4. RESPUESTA A LA PALABRA. MEDITACIÓN.

¿Qué pasos daremos para acoger a los excluidos?  ¿Me considero una persona sin pecado? ¿Cómo me comporto ante las faltas y debilidades de los otros? ¿Qué actitudes me pide Jesús que tenga? ¿De qué manera concreta busco y recibo el perdón de mi Señor? ¿Valoro el sacramento de la confesión? ¿He experimentado alguna vez cómo el perdón y la paciencia de alguien que me ama, me han levantado de la caída, del error, y ha sanado mis heridas interiores? ¿Creo que Dios puede salvarme hoy? ¿Creo en “el Dios de los imposibles”? ¿Creo que Dios es capaz de recrear a los pecadores, liberándolos de las esclavitudes?

5. ORAR LA PALABRA

Repite como una jaculatoria estas palabras de Jesús: Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más”. Confía: “El abismo de tu miseria atrae el abismo de su misericordia” (Santa Isabel de la Trinidad). Ora: “Ayúdame Señor, a que mis ojos sean misericordiosos para que jamás sospeche o juzgue según las apariencias, sino que busque lo bello en el alma de mi prójimo y acuda a ayudarle” (Sor Faustina Kowalska).

6. CONTAR AL MUNDO LA NUEVA MANERA DE VIVIR

Testigos. “¿No ha de tener el sufrimiento de la mujer un eco más vivo y concreto en nuestras celebraciones? ¿No hemos de estar más cerca de toda mujer oprimida para denunciar abusos, proporcionar defensa inteligente y protección eficaz?” (Pagola). Un deseo: Que no se nos pierda la novedad del Evangelio.

Pedro Tomás Navajas

Documentación: V DOMINGO DE CUARESMA: Juan 8,1-11