Décimo cuarto domingo del tiempo ordinario

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Lectura orante del Evangelio: Lucas 10,1-12.17-20

“Me ha gustado mucho la fiesta. La fiesta es cuando la gente vive su fe con alegría. Hemos sido una iglesia viva, alegre. Hemos vivido con una alegría que nadie nos puede quitar” (Monseñor Gonzalo López Marañón).

Designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos adonde pensaba ir él. 

Donde está Jesús hay movimiento, hay vida. La mística misionera la produce el encuentro con Él. El Espíritu nos pone de cara al mundo y nos envía para que hablemos de Jesús y de su Evangelio. No es posible vivir la fe en Jesús de forma acomodada, con los brazos cruzados, sin horizonte misionero. Jesús nos empuja a salir a las periferias, adonde piensa ir Él. Nos quiere itinerantes para extender el Reino, nómadas del Evangelio, discípulos y  misioneros. Todos tienen derecho a saber que Dios les ama. Aquí estamos, Señor.

Rogad al dueño de la mies que mande obreros a su mies.

Jesús cuenta con nosotros, y desea que contemos con  Él, para llevar al mundo la alegría de Dios. Nos propone que oremos con determinación al dueño de la mies. María, la llena de gracia, nos precede en esta oración misionera. La oración es un manantial de agua pura y permanente, hace de nosotros una tierra bendecida, mantiene vivo el diálogo de amor con Jesús, que es quien nos envía. Manda obreros a tu mies, Señor.

Cuando entréis en una casa, decid primero: ‘Paz a esta casa’. 

El encuentro con Jesús nos hace discípulos y misioneros. Sus palabras nos ilusionan. El Espíritu nos empuja a salir, orientados hacia el Reino, para estar cerca de la gente, entrar en sus casas, saludar, una y otra vez, con la paz. Los miedos quedan atrás, también la tristeza, el desaliento. Hay mucho que hacer o mucha gente a la que amar con el amor de Dios. Nos pide que vayamos al encuentro de este mundo, de este no de otro, con valentía y gratuidad, ligeros de equipaje, con humor para sabernos reír de las dificultades y contratiempos. Sin más fuerzas que la amistad de Jesús y la frescura de su palabra. Con el gozo de los amigos de orar encontrados. Guíanos, Señor, por sendas de paz.  

Decid: ‘Está cerca de vosotros el Reino de Dios’. 

Para anunciar el Evangelio, no hacen falta grandes discursos que la gente no entiende. No son necesarias palabras de condena ni soflamas que aturden. Las gentes esperan pocas palabras, pero respaldadas con una vida de cercanía y de ternura. Lo único que un ser humano necesita saber es que Dios está cerca y que le ama. Lo que tienen que saber los pobres, los enfermos, los necesitados de liberación, es que Dios está cerca y está desbordante de compasión y ternura para todos. Basta con esto. El Evangelio, proclamado con sencillez y con valentía, tiene dentro de sí fuerza de salvación. Tú, Señor, estás cerca, amas. Gracias.   

‘Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo’. 

Volvemos de la misión con la alegría de haber anunciado el amor del Padre a todos. El Espíritu ha estado grande. Ha habido riesgos, pero ha habido más alegría. Nuestros nombres están en el corazón de Jesús, en el regazo de la Virgen del Carmen. ¡Gracias, Jesús!    

¡Feliz Domingo! ¡Feliz novena a la Virgen del Carmen! Desde el CIPE–julio 2019   

Documentación: Décimo cuarto domingo del tiempo ordinario. Lectura orante del Evangelio: Lucas 10,1-12.17-20