Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario

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Lectura orante del Evangelio: Lucas 18,9-14

 “Déjate amar” (Santa Isabel de la Trinidad)  

Algunos, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos, y despreciaban a los demás. 

No se puede decir más con menos. No hay prisa por cruzar este paisaje. Necesitamos un tiempo largo para masticar cada palabra de Jesús y encontrarle otros cimientos a la vida. ¿Por quién nos tenemos? ¿Nos sentimos tan seguros? ¿Despreciamos a los demás? Es tiempo de dejar que las palabras de Jesús toquen nuestras raíces y las sanen. Sin aprecio a los demás no hay verdad; sin verdad no hay oración; sin oración no hay encuentro con Dios; sin encuentro con Dios no hay fiesta. “¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme totalmente de mí, para instalarme en Ti” (Santa Isabel de la Trinidad).

‘Dos hombres subieron al templo a orar’. 

Antes de subir al templo a orar hay que bajar al propio corazón para ver nuestro rostro y el de los demás, para descubrir lo que pensamos de Dios y de nosotros. ¿Qué buscamos en la oración? ¿A quién buscamos? Si no cambiamos de imagen de Dios no entenderemos nada, si no dejamos que el viento sacuda el árbol seguirá con las hojas secas. Lo que más limpia la vida es apreciar a los demás, eso es lo que más nos acerca a Dios. “Quiero vivir con los ojos clavados en Ti, sin apartarme nunca de tu inmensa luz” (Isabel de la T.).   

‘El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás’. 

Esta oración nos delata, no hay nadie en ella: ni Dios, ni nosotros, ni los demás. Es puro vacío. Solo hay apariencia e hipocresía fina. Esta oración, que deja fuera a Dios y excomulga a los compañeros, ¿qué puede ser? Hay palabras, pero no hay corazón; no hay corazón, porque no hay hermanos, ni compasión, ni gratuidad, ni fiesta compartida. “¡Oh mi Cristo amado!… Reconozco mi impotencia. Por eso te pido que me revistas de ti mismo” (Isabel de la Trinidad). 

El publicano, solo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador’. 

La vida rota llega al corazón de Dios, o mejor, la gracia cura las heridas. La oración es camino de humildad y de gracia, es encuentro de dos amigos, mendigos los dos de amor, uno del otro. Para orar no hay que hacer nada, casi no hay que decir nada, solo ser lo que somos ante Dios, ponernos en verdad ante Él: Dejarnos amar. Con eso basta. Los orantes somos pecadores hacia los que Dios vuelve sus ojos. “Y Tú, ¡oh Padre!, inclínate sobre esta pobre criaturita tuya” (Isabel de la T.).    

‘Todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido’. 

¡Qué revolucionarias son las palabras de Jesús! Jesús siempre nos espera, nos ofrece un tiempo para reaccionar, para “andar en verdad delante de la misma Verdad” Teresa de Jesús). Jesús proclama quién ha hallado gracia a los ojos de Dios, quién lleva la frescura y fragancia del Evangelio, quién es un icono de su amor en el mundo. Jesús da visibilidad al que estaba humillado y esconde la autosuficiencia y la vana gloria. “¡Espíritu de Amor! Ven a mí, para que Él pueda renovar todo su misterio” (Isabel).

¡Feliz Domingo! Unidos a todos los pueblos de la Amazonía - CIPE – octubre 2019  

Documentación: Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario. Lectura orante del Evangelio: Lucas 18,9-14