DEL CRISTIANISMO A LA CRISTIANDAD.

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EL CAMBIO DE PARADIGMA.

Daniel de Pablo Maroto. Carmelita Descalzo. “La Santa” - Ávila              

En un tiempo en el que se habla y escribe sobre la “muerte de Dios”, el “ocaso del cristianismo” en la sociedad actual, el abandono de la raíces cristianas de Europa, etc., vale la pena trazar la praxis y la ideología cristiana desde sus mismos orígenes para entender los cambios sufridos en su historia hasta las propuestas actuales.            

La Iglesia cristiana nació como una simiente diminuta, un “pequeño rebaño” de apóstoles y discípulos de Jesús de Nazaret en Palestina y se fue extendiendo en los dominios del imperio romano. Durante los tres primeros siglos de nuestra era vivió entre la tolerancia y la persecución de las leyes imperiales, en las catacumbas y al aire libre como Iglesia confesante y mártir, considerada por los historiadores romanos como una “secta” del judaísmo tardío. Ha sobrevivido milagrosamente a las persecuciones, a los cismas y a las herejías durante siglos y se consolidó como una simiente regada por la sangre de los mártires difundiéndose por el Oriente y el Occidente civilizados.            

Un cambio radical en su expansión geográfica se operó con el “Edicto de tolerancia” firmado por Constantino y sus socios de gobierno, Galerio y Licinio el año 311 poniendo fin a las persecuciones, libres para defender sus dogmas y ejercer su culto y su moral con el mismo derecho que los paganos. Fue completado con un “Rescripto” imperial promulgado por Constantino y Licinio el año 313 que declaraba el libre ejercicio de la religión cristiana con los mismos derechos de la religión oficial del imperio. En realidad, la ley favorecía a los cristianos porque obligaba a los actuales posesores a la devolución de los bienes confiscados.            

El hecho tuvo unas consecuencias trascendentales para la Iglesia porque, a partir de entonces, los sucesores de Constantino favorecieron más al cristianismo hasta prácticamente ser declarado como religión “oficial” del estado. Esa misma política religiosa fue seguida por Constante en Occidente y Constancio, en Oriente; Teodosio I (379-395), en la zona occidental del imperio, declaró el cristianismo religión de estado; en oriente, Teodosio II (408-450) promulgó el Codex theodosianus, favorable al cristianismo; y, finalmente, Justiniano (527-565) obligó, en oriente, a convertirse al cristianismo a todos los súbditos del imperio bajo pena de confiscación de los bienes y privación de los derechos civiles.            

Volviendo a las primeras comunidades supervivientes de las persecuciones de los tres primeros siglos, se les puede aplicar el apelativo de cristianismo primitivo. El pequeño rebaño del tiempo de Jesús fue aumentando con la cristianización de los pueblos “bárbaros” que se iban integrando en las sociedades europeas sin la necesaria formación religiosa de los candidatos al cristianismo. En plena edad media, el régimen religioso inaugurado por Constantino se completará en tiempo de Carlomagno, coronado como emperador en la basílica de San Pedro en Roma por el papa León III el 24 de diciembre del año 800            

Esas comunidades, residuales de las persecuciones y enriquecidas por los pueblos bárbaros convertidos al cristianismo, formarán la llamada “cristiandad” o “Iglesia constantiniana” en la que Constantino intervino en asuntos puramente de régimen eclesiástico, como es bien sabido. Y eso mismo sucedió en tiempos del emperador Carlomagno y con verdad podemos también hablar de una “Iglesia carlomagniana” cuyas estructuras jurídicas, creencias y ritos se mantuvieron al menos hasta concluir la alta edad media en el siglo XIII.            

Volviendo al título de estas reflexiones, desde hace años se habla y escribe de un nuevo paradigma como un modelo de Iglesia impuesto por dos fuerzas antagónicas y muy desiguales. Por una parte, la más poderosa, la mentalidad de los tiempos modernos que impone de una praxis y mentalidad antirreligiosa y anticristiana y que ha provocado la apostasía bastante generalizada en las naciones de la órbita de la cultura occidental. Se trata, a veces, de un laicismo militante que se manifiesta en la persecución violenta de los cristianos por los gobiernos de ideología totalitaria y atea como el comunismo, o los estados donde predominan otras religiones como el islam, el budismo, etc. Hoy estamos asistiendo a una guerra sorda de esas ideologías que está causando muchos mártires en algunas partes del mundo.              

Pero las raíces de la disidencia religiosa en Occidente están en los comienzos del siglo XIV, en la llamada “edad nueva” y se manifestó, entre otros síntomas, en la desacralización de la figura del emperador cuya legitimidad para gobernar no la concede ya el papa, sino la voluntad de los electores. La teocracia o hierocracia papal, típica de la edad media, con el apoyode juristas y filósofos, se convirtió en el cesaropapismo de los gobernantes. La confrontación entre el papa Juan XXII y el elegido como emperador de Alemania, Luis de Baviera, puede ser un símbolo eminente de la “nueva” mentalidad. Los acontecimientos posteriores, como la Ilustración, la revolución francesa y sus secuelas, el liberalismo, el comunismo, la mentalidad líquida actual, alimentan el comportamiento ateo o la indiferencia religiosa.            

Por otra parte, ¿cómo puede responder a la agresión racionalista y atea la Iglesia católica, sus dirigentes, sus pensadores  y los simples creyentes? Propongo algunos caminos.            

- Por ejemplo, el retorno a la Iglesia primitiva, la llamada en la edad media, Iglesia apostólica, los pequeños grupos de cristianos, comunidades activas que viven la experiencia del Cristo resucitado, fervientes, dinámicas e ilusionadas por dar testimonio de su fe. Soñar con un cristianismo de masas en un mundo paganizado y hostil a la fe resulta bastante inviable. Santa Teresa propuso esa solución al comienzo del Camino de perfección que puede ser recuperado en nuestro tiempo. Para vencer a los herejes y cismáticos “luteranos” -renegando de las “guerras de religión”- pensó en formar grupos de “buenos cristianos”, de “gente escogida” con los que “ganar la victoria” (cap. 3, 1-2). La religión cristiana es muy complicada en su dogmática y moralmente muy exigente y lo que convence a los enemigos es la vida santa y coherente de sus seguidores.      

- Siendo una Iglesia militante. Quiere decir, que los pequeños grupos de creyentes sean miembros activos, conscientes de pertenecer a una familia religiosa, una parroquia, una diócesis, etc., superando la pasividad y la rutina del culto y comprometidos en la edificación del mundo mejor.            

- Siendo una Iglesia bien formada culturalmente superando la ignorancia de los dogmas y la moral que siguen teniendo algunos residuales “practicantes” de nuestro catolicismo.            

- Siendo una Iglesia que ejerce la caridad. Así lo fue desde sus orígenes y durante toda su historia, como lo demuestra su pasado glorioso cultural y espiritual. Y sigue de manera activa en nuestro tiempo mediante los servicios de Cáritas que bien conocen los pobres e indigentes de nuestras ciudades.

- Siendo una Iglesia verdaderamente laical y no tan clerical. Tenemos que cambiar  la idea popular de que la Iglesia es cosa de curas, de frailes y de monjas en la que a los laicos les basta con obedecer al papa, a los obispos y a los curas. Vuelvo a lo de la Iglesia militante.            

Reconozco que no es una construcción completa de una Iglesia ideal, pero, a pesar de sus lagunas, ofrezco este manojo de ideas como una reflexión meditada al comienzo de este santo tiempo de Adviento. El lector sabrá completarlas.                           

Documentación: DEL CRISTIANISMO A LA CRISTIANDAD. EL CAMBIO DE PARADIGMA. DANIEL DE PABLO MAROTO. CARMELITA DESCALZO. “LA SANTA” - ÁVILA