«La mano del Señor estaba con él»

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Se acercan ya los días de nuestra salvación, en donde oiremos un nombre que es capaz de rehacer nuestras vidas, de dar plenitud a nuestras búsquedas y esperanzas. Es el «Enmanuel», el «Dios-con-nosotros», quien no ceja de estar presente en medio de nuestro mundo convulso, de la humanidad que grita en silencio y aún sangra por el desamor.

Hoy la Palabra está repleta de signos y señales. Abrámonos para reconocer el paso de Dios en el hoy de la historia y en nuestras propias vidas.  

«La mano del Señor estaba con él» (Lucas 1, 66)  

A pesar del tumulto y de la agitación de estos días, hoy la Palabra de Dios nos invita a ponderar lo que ha sido nuestra existencia, a reconocer los signos y señales, y a afirmar en verdad que «la mano de Dios no ha dejado de estar» sobre mí.  

A lo largo de mi vida, Dios ha ido pronunciado en mi interior un nombre único, una palabra de verdad que ha estado bañando de misericordia los episodios de mi historia. Quizás muchos de mi entorno desconocen las constantes bendiciones que he recibido del Padre, de cuántos peligros y caminos errados me ha librado, en cuantas noches me ha guiado tan solo la luz de su amor.  

«La mano del Señor estaba con él». Como en Juan Bautista, también yo puedo afirmar en verdad que la presencia del Señor no ha dejado de llenar de sentido mi existencia. Es por eso que hoy reboso de gozo: Cristo está en mi presente, y no dejará de ser fiel a sus promesas.  

Señor Jesús,
tu mano firme y amorosa no deja de conducir mi vida,
y me abre con sorpresa caminos de bendición y bienaventuranza.  
 
Concédenos en estos días una alegría en verdad honda:
aquella que conoce que tu providencia guía nuestro camino
y nos hace -en verdad- hermanos unos de otros.  
 
Que nuestros labios salgan de su mudez
y proclamen por siempre tu salvación.
A ti, Señor, la gloria y la alabanza
por los siglos de los siglos. Amén.

ANA MARÍA DÍAZ, CM