Daniel de Pablo Maroto
Carmelita Descalzo. “La Santa”                 

La presencia de los carmelitas descalzos en la ciudad de Ávila fue tardía, no obstante que la fundadora de la orden, Teresa de Jesús, era abulense, nacida en las casas de sus padres intramuros de la Ciudad. El primer convento de la Reforma teresiana entre los varones se fundó en Duruelo, en la provincia de Ávila, en 1568, y el segundo en Mancera (1570), en la misma provincia. El traslado a la ciudad se realizó en 1600, junto a la ermita de San Segundo.

La fundación no estuvo exenta de problemas, sobre todo porque mantenía el culto una hermandad y cofradía que cedió no con gusto, sino al saber que el obispo de la diócesis, Don Lorenzo de Otaduy y Avendaño, favorecía la presencia de una comunidad de religiosos en aquella zona, moralmente deprimida en la Ciudad, y porque también lo deseaban las autoridades civiles. Poco duró el contento de los frailes porque el cronista de turno lo resumió diciendo que la zona era insalubre por los vientos, las humedades, y donde pasaban “cosas muy indecentes”, “por concurrir allí a diferentes ministerios personas de pocas obligaciones”, sobre todo juergas nocturnas, como afirma el cronista del siglo XVII en una crónica que sigue manuscrita en el convento de “La Santa”. En esa zona estaba la torre de la mancebía o prostíbulo de la ciudad.

El lector puede suponer el disgusto de la comunidad religiosa. Al fin, resolvieron abandonar el lugar, no obstante, el compromiso asumido de permanecer “por siempre jamás”, una fórmula que se puede juzgar como mero trámite protocolario de la prosa administrativa del momento. Aunque en ella el historiador actual encuentra sucesos “jocosos” y “curiosidades” que contar, prefiero el relato de lo sucedido en la segunda fundación en el barrio de Las Vacas adonde emigró la comunidad de carmelitas descalzos el año 1610.

Suprimida la fundación y manteniendo el deseo de permaneces en la Ciudad, “pusieron los ojos -dice el cronista- en [un lugar] que está fuera de la ciudad entre oriente y mediodía, en el barrio que llaman de Las Vacas, no muy distante del convento de Santo Tomás, de la orden de santo Domingo. Compraron algunas casas para este fin de las cuales tomaron posesión en nombre del convento siete religiosos el año de 1610 a 23 de octubre”. Si junto al el río Adaja los frailes encontraron problemas, la cercanía del famoso convento dominicano de Santo Tomás constituyó para ellos un verdadero Calvario.

Conviene recordar que en el convento de los dominicos funcionaba una universidad y “algunas personas” -escribe nuestro cronista- fueron con el cuento a los frailes diciéndoles que la presencia de los carmelitas descalzos recién llegados “era en grande detrimento suyo y de aquella universidad”. Y la cosa no quedó en meros lamentos y quivatazos, sino que terminó siendo una batalla campal contra los pacíficos moradores que no entendemos los lectores modernos: tanta guerra por tan poca causa. Aunque parezca mentira, refleja unos hechos ciertamente sucedidos. Cito el texto como lo encuentro en la crónica de 1667.

“Fue esto entre siete y ocho de la mañana, cuando estaban los estudiantes seglares en la lección de Prima; y, a la voz de que era en detrimento de la universidad, sin más averiguación, salieron de mano armada a echar a los religiosos del sitio. Para resolución, llegaron a las casas y, hallando las puertas cerradas, comenzaron unos a derribarlas, otros a abrir portillos por las paredes, y los más subieron por los tejados a entrar por una ventana que salía a ellos. Finalmente, echaron las puertas en el suelo, derribaron tabiques y entrando dentro por todas partes, echaron a los religiosos fuera poniéndolos en la calle, con la violencia que la gente moza suele en semejantes ocasiones”.

Esa fue la reacción violenta de los estudiantes, sin que conste que entre los revoltosos participasen algunos de los frailes jóvenes estudiantes, algo que no podemos excluir. Pero la guerra no acabó con lo descrito, porque también intervinieron las autoridades civiles que se juntaron “en consultorio”, fundados en otras razones: no estaban de acuerdo en que los frailes hubiesen abandonado su primera fundación en San Segundo no obstante los compromisos adquiridos. Y para remediar la traición a los compromisos adquiridos -sigue diciendo el cronista- “escribieron cartas muy sangrientas al rey, al nuncio y al presidente de Castila”. Y el pueblo llano se sumó a la protesta repitiendo el “alboroto” que organizaron cuando la madre Teresa fundó el convento de San José en agosto de 1562.

Llegaron las quejas a Madrid, pusieron pleito ante el nuncio del Papa mandando a los frailes “que no innovasen en cosa de la traslación”; aunque después, arrepentido, “proveyó auto en que les mandó restituir la posesión de las casas”. Así pudieron ocuparlas el año de 1611, sábado 27 de diciembre poniendo “el Santísimo Sacramento en un oratorio muy bien aderezado, aunque con secreto porque no lo supiese la ciudad”. Pero la mala suerte perseguía a los pacíficos descalzos. Muerto el Sr. Obispo en diciembre, y ocupando el oficio de corregidor uno nuevo “menos afecto, quedaron los religiosos sin arrimo alguno”.

No acabó la cosa ahí. “La ciudad -sigue la crónica- hizo junta de letrados y, sin haber ninguno de nuestra parte, dijeron que nos pusiesen guardas para que no se pusiese el Santísimo. Acabada la junta, fue el corregidor con mucha gente a registrar las casas y quiso Nuestro Señor que no toparon con el aposento donde estaba el Santísimo Sacramento que, sin duda, lo hubieran quitado”.

Mientras tanto los pobres descalzos, encerrados en casa, se ocupaban en preparar para convento las maltrechas casas después del vandalismo estudiantil, “teniendo siempre las puertas cerradas”; pero seguía la guerra implacable contra los indefensos frailes, sin que se pueda hablar de “guerra entre hermanos”, por los descalzos eran gente pacífica que aguantaba las agresiones de la chusma enfurecida, como consigna nuestro cronista como corresponsal de guerra más de 50 años después, instalado ya en el nuevo convento de “La Santa”. “Todo lo que hacían de día se lo derribaban de noche aprovechándose de la poca o ninguna resistencia que hallaban para molestarlos de todas maneras”.

Para completar el drama, las autoridades eclesiásticas también se pusieron en contra de los frailes. Intervino el deán, “provisor en aquella sede vacante”, y “el más opuesto a la traslación”, y preguntó con qué permiso habían puesto en una casa particular el Sanísimo Sacramento, aunque se sosegó algo viendo que había intervenido en el asunto el mismísimo nuncio en Madrid.

Para completar la compleja situación de los frailes, cito la carta que el padre provincial de los descalzos envió al procurador general de la orden, atribuyendo los ataques a “cuatro o cinco personas que son las que mueven a la ciudad” y, si pudiesen, echarían del mundo a los frailes.  Menos mal que una familia de letrados, los Pinel, de quienes hace el cronista un bello panegírico, defendía su causa. Y así concluyó el martirio de aquellos sufridos frailes que, al final, tuvieron que abandonar el barrio de Las Vacas para iniciar la penúltima aventura en la ciudad de Ávila en la Calle Empedrada, la tercera fundación en la ciudad.

(El relato completo de esta fundación puede leerse en el Libro de la Fundación 1568-1658 y Libro de difuntos 1607-1836. Archivo conventual de “La Santa”, armario I, B – 3, folios 3-r-v – 5-r).