SANTA TERESA FUNDADORA. LA FUNDACIÓN DE MADRID, PROYECTO FRUSTRADO

Daniel de Pablo Maroto, ocd.
Convento de “La Santa” – Ávila

            Santa Teresa fundó personalmente 15 monasterios de monjas y organizó uno en el que no estuvo presente; planificó también los dos primeros conventos de los frailes descalzos en Duruelo y Pastrana. Le ofrecieron otras fundaciones que no pudo realizar, entre ellas, las de Valencia, Pamplona, Lisboa, Zamora, etc. Y hubo una en la que soñó durante años y murió sin haberla podido realizar. Me refiero a la de Madrid, sede de la corte del rey Felipe II. Ella intuyó que cerca del poder central podía defender mejor la causa de su Reforma contra los ataques de los carmelitas calzados. Fue uno de los proyectos frustrados de la madre Teresa, con poco relieve en los estudios teresianos y que ofrezco a los lectores para que sigan a la Fundadora en su dolor que se llevó al sepulcro.

            Al menos desde comienzos del año 1575 expresó el deseo de la fundación en carta a su amigo Don Teutonio de Braganza, en Portugal, después obispo de Évora: “Conviene a estas casas [las ya fundadas] tener una ahí” [en Madrid]. Dos años después, tuvo la gran oportunidad de realizarla porque supo por su amiga Doña Luisa de la Cerda, en Toledo, que Don Gaspar de Quiroga, inquisidor general, había leído el manuscrito de la Vida y le dijo “que no había allí cosa que ellos tuviesen que hacer en ella, que antes había bien que mal”; y le preguntó “que por qué no había hecho monasterio en Madrid”. Al parecer, la puerta quedaba abierta para la realización del proyecto, pero pronto se frustró: pasaron los años y la esperada “licencia” del cardenal de Toledo no llegaba.

            Entretanto, se presentó una candidata con prestigio social, Doña Isabel Osorio, con posibles para ayudar a la fundación, y la madre Teresa y el padre Doria le dijeron que, si le urge, puede entrar en otro Carmelo, pero será mejor que ingrese en la fundación de Madrid, “que esperamos en el Señor será presto” porque podrá ser de “ayuda”, suponemos que económica. Acaba el año 1579 y la Madre sigue entreteniendo a la candidata Isabel prometiéndole la fundación, pero el tiempo se alarga y no llega la licencia.

            Seguimos a mediados del año 1580 sin obtener la esperada licencia de Don Garpar, cada vez afectivamente más distante de ella, que ni la recibe en audiencia privada y Teresa sospecha que algo enturbia las relaciones de amistad porque percibe que hay “tantos desvíos [dificultades] para hablar con el “ángel” (el cardenal inquisidor). “Hoy he escrito -dice- una manera de petición que les ha parecido lo haga, y veremos en qué concluye”. En Ávila sigue en espera desesperanzada “hasta que nuestro Señor sea servido de que el Ilustrísimo Cardenal nos mande la licencia para Madrid”.

            La madre Fundadora ignoraba en esos momentos que Don Gaspar de Quiroga, siempre amigo entrañable, tenía serios motivos para alargar la concesión de la licencia de la fundación. El primero es que exigía como condición que el convento no lo fundase en régimen de “pobreza” para vivir de las limosnas de los amigos y del trabajo de las monjas; sino de “renta”, o sea, de los réditos del capital acumulado con las dotes de las monjas o de las ofertas de los fundadores. Se enteró del asunto por Doña Luisa de la Cerda, amiga suya y del Cardenal. A esas alturas de la historia, la Fundadora había olvidado la utopía de los orígenes de San José (1562) de vivir en pobreza absoluta y fundado algún convento con “renta”; pero seguía prefiriendo vivir como pobre imitando a Cristo pobre. Y así quedaron fijadas las dos opciones en las Constituciones de las monjas de 1581. De haber sabido antes la objeción del Cardenal, habría objetado que tenía candidatas que podían ofrecer suficiente capital para vivir la comunidad y, además, algunos “valedores” para casos de emergencia. Por lo tanto, caso cerrado positivamente.

            Pero quedaba un segundo motivo más espinoso que retrasaba la concesión de la “licencia”. Don Gaspar de Quiroga pensaba que la madre Teresa estaba presionando a su sobrina Elena de Quiroga, hija de su hermana María, para que entrase en alguno de sus conventos con preferencia en el de Madrid, la fundación soñada. A ello se oponía el tío porque era viuda con hijos menores en casa y una hija carmelita en el convento de Medina. Era un mal pensamiento del Señor Cardenal, mal informado. La Fundadora escribió cartas al confesor del prelado, Dionisio Ruiz de la Peña, para que le informase de la falsedad de la noticia. La verdad era que ella se lo había impedido; que había pedido al provincial, el P. Gracián, que no le diese el permiso para entrar; lo mismo que al P. Baltasar Álvarez, jesuita y amigo de Teresa y director espiritual de la aspirante. Este carteo de la madre Teresa es interesante por razones que no hay espacio para exponer, a la espera de presentar un estudio más completo de todo el relato.

            No sabemos cuándo el Señor Cardenal cambió de opinión, pero el hecho es seguro. Ese fue un momento feliz para todos: para el mismo Cardenal que dio el permiso a Doña Elena; para la madre Teresa, que esperaba poder realizar el sueño; y para la candidata, que pudo profesar en Medina del Campo en 1581, y estar junto a su hija que la había precedido y terminaron con el tiempo en la comunidad de Toledo. Teresa, camino de la fundación de Burgos, seguía soñando con la fundación de Madrid como lo comunicó en algunas de sus cartas. En la parada en Medina a comienzos de 1582, encontró a la hermana Elena, ya carmelita, “buena”, con “tan grande contento que me ha hecho alabar a Nuestro Señor”; tan acomodada a la vida conventual “como si lo hubiera hecho muchos años” monja.

            En la última correspondencia conservada de la madre Teresa consta una noticia histórica comunicada a su querida hija Leonor de la Misericordia: “Me ha escrito el cardenal y me libra la licencia para cuando venga el Rey, y ya dicen que viene, más por presto que sea, será septiembre o más”. Le cuenta que su salud está resentida y que no está “ni para acá ni para allá ni para otro cabo no estaba para caminar”. Pero la noticia, aunque gozosa, era la culminación de un deseo frustrado, de un fracaso. El rey Don Felipe II abandonó Lisboa camino de Madrid el día 11de febrero de 1583. El proyecto de la fundación quedó en mero deseo, en un sueño frustrado que Teresa realizaría en la eternidad feliz. Murió el día 4 de octubre de 1582 en Alba de Tormes. Pero queda el colofón de esta gozosa y luctuosa historia: la fundación de Madrid se realizó en 1586 por medio de su querida hija en el Carmelo, Ana de Jesús. Pero ese es otro capítulo de esta historia.

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