Descubrir dónde está Dios, cual es su voluntad, se logra a base de mucho amor y humildad, limpiando cada mañana los ojos de la fe de todo egoísmo.

La Biblia nos habla de la voluntad de Dios cuando relata la creación del mundo y la creación del hombre. La voluntad de Dios es que todo pertenece a su designio de salvación (1. Tim, 2,4). El Padre quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad; Él ha enviado a su Hijo para avivar y alentar lo que está por apagarse, para salvar a los que lo necesitan de verdad.

Cristo acepta los planes de Dios, aún en los momentos más dolorosos, como en Getsemaní y en la Cruz y se entrega con amor para cumplir la voluntad del Padre de todos (Lc. 22,42).

El Cristiano tiene que imitar a Cristo, tener los mismos sentimientos y actitudes del Maestro. El seguir los pasos de Jesús, exige vivir en una actitud de servicio, aún a costa del sacrificio para que el plan de Dios pueda realizarse (2 Pe, 3, 11-13). Es, quizás, cuando aparece el dolor, ante el misterio del sufrimiento, donde el fiel creyente va descubriendo los designios amorosos del Padre, en actitud de fe y una apertura total a la voluntad del Señor.

Cada día participamos y vivimos en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Pablo nos invita a morir con Él para abandonar la criatura vieja por una nueva (Col 3,9-10). Para ello, además de aceptar la gracia de Dios, el cristiano tendrá que comportarse fiel a sus creencias, ejercitarse en la lucha y el combate de la fe (1 Tim 6,12). La vida cristiana es lucha y carrera constante. El estar preparado exige mantenerse en continuo ejercicio y grandes privaciones como lo hacen los atletas.

Para cumplir la voluntad de Dios hay que descubrir su voluntad «en el acoso de niños y de mendigos». Dios está en el templo, pero habita y vive también fuera, en los corazones de los seres humanos, y en nuestro mismo corazón, aunque éste sangre en medio de la oscuridad del Huerto y de la Cruz.