Presente: yo comulgo

Yo comulgo cada día en la misa. Y un día tras otro. Y eso está muy bien. Pero no es suficiente. Si fuera suficien­te, la doctrina de la Iglesia se resumiría en una frase: comulga todos los días. Pero dice algo más; y es: todos esos días -en los que comulgas- has de amar a tu prójimo, que es el que más próximo tienes. ¡Ay! Eso ya es harina de otro costal: porque comulgar, en cierto modo, es más sencillo (aunque también exigente, claro); pero… amar… ¡y encima a mi próximo! Si aún fuera a los que viven lejos de mí y no los conoz­co… Pero al que tengo próximo, que conozco y sé sus imperfecciones, maní­as, limitaciones y defectos, a ése no es tal fácil amarle… Y es que amarle signi­fica no fijarme tanto en lo negativo de su persona cuanto en lo positivo y en los dones (naturales y sobrenaturales) que Dios le ha regalado y gozarme en ello. Recordemos, pues, la conjugación: «Yo comulgo, yo amo; tú comulgas, tú amas; él comulga, él ama».

Pronominal y recíproco:
nos comulgamos

«Amaos los unos a los otros», dice Jesús. Pero no se para ahí; en la misma frase añade: «como yo os he amado». Si Él se entregó por nosotros, como así fue, significa que su «como yo os he amado» nos lleva a lo siguiente: nues­tro amor por el prójimo ha de ser (o acercarse, al menos) a entregarnos por el otro, hasta dar las últimas consecuencias, sean las que fueren. Y si vamos a la primera forma conjugada aquí, el presente («yo comulgo», en que todos los días comulgamos a Cristo), y lo traspasamos a la forma del «nosotros amamos», ¿cómo quedaría la cosa? Pues la cosa quedaría así: «comulgaos-amaos los unos a los otros, como me comulgáis-coméis a mí en la misa». Y, claro, la cosa como que sube de nivel y de exigencia, ¿verdad? Yo “como” al Señor en la misa, pero ¿¡comer a mis hermanos!? Hombre. Pues sí: tengo que comulgar-amar al otro, aunque la digestión resulte algo pesada o indigesta.

Para eso está el Espíritu Santo, para cambiar lo que está  frío en caliente, lo escabroso en llano, lo duro en blando, lo malo en bueno y lo enfermo en sano y saludable.  Y al fnal  «nos comulgamos-amamos».

Forma pasiva:
somos comulgados

Pero hay un paso más. ¿Un paso más, todavía? ¿Acaso es insuficiente todo lo dicho y propuesto hacer? Pues sí: un paso  más aún. Un escaloncito más, para darnos cuenta que la misericordia y el amor de Dios no acaban nunca y jamás se terminan. Es la forma pasiva del verbo.

«Ser comulgado». ¿Y cómo se come eso? Pues, fíjate, suele ocurrir cuando uno no tiene hambre ya. O cuando uno anda tan concentrado en comulgar al otro (en amar al otro) que, a veces, no se entera -benignamente- de que, a la vez, está siendo comulga­do. ¡Anda!, ¿y por quién? Pues por Jesús, que nos comulga-ama todos los días hasta el fin del mundo; y también por los hermanos, que van aprendiendo a la vez a comulgarme-amarme, al mismo tiempo que yo ando en eso de comulgarles-amarles a ellos; es una cosa recíproca, como se ha visto, y también pasiva, en que, primero yo he sido el protagonista, en la forma activa, y luego va y resulta que «soy llevado» (por el Espíritu Santo), «soy amado» (por Dios), «soy comulgado» (por el mismo Jesús a quien comulgo).

¿No es paradójico y sorprendente al mismo tiempo? Pues sí, así es nuestro buen Dios. ¡Y menos mal que es así! ¡Gracias a Dios que Dios es así!

Ignacio Husillos Tamarit ocd.