El Espíritu empuja a la Iglesia más allá de sí misma, hasta los confines de la tierra. Con una fuerza imparable, son llevados a transmitir tanto don, y lo hacen a tiempo y a destiempo, a los que se ríen y a los que hacen muecas. Pentecostés ha obrado en ellos un milagro de libertad. El miedo, la decepción, la duda han sido recreados en vida, en contagiosa, desbordante alegría, que no se pueden guardar en el pecho. Desde entonces, la verdadera evangelización no es un deber del discípulo, sino una necesidad de comunicar a los hermanos un gozo incontenible.

Hoy, cada uno de nosotros, que somos Iglesia, estamos invitados a volver a la gracia de Pentecostés. Cada día más la Iglesia se sabe cuestionada y vulnerable. En otras épocas la Iglesia ha tenido un papel decisivo en la marcha de la historia. Con frecuencia este papel ha estado ligado a épocas de connivencia con los poderes establecidos, o estados incluso confesionales, que, al desaparecer, dejan a la Iglesia en un difícil diálogo frente a los que antes no eran afines a ese poder.

La incuestionabilidad con la que muchas veces se ha definido la Iglesia para afirmarse a sí misma frente a las asechanzas de sus enemigos, hoy no es sostenible como afirmación o definición de sí misma.

Afortunadamente, vamos despertando del sueño de ser influyentes con las armas de los que pretenden manejar los hilos de este mundo. Y estamos invitados a recuperar la gracia de los orígenes. Para no vivir a la defensiva, a remolque, o en la reacción permanente, no encerrados “por miedo a los judíos” (dice el texto de Juan 20, 19), por miedo a los que pueden derribarnos o hacernos daño.

Cuando estamos a la defensiva no valoramos suficientemente la fuerza de nuestra debilidad, no escuchamos el lenguaje que brota de la tierra que pisamos.

¿No estaremos demasiado sentados en nuestro papel de prestigio rancio, venido a menos? ¿No estaremos desaprovechando esta marginalidad de la Iglesia en el mundo y en la sociedad para recuperar nuestra verdadera palabra-raíz, de levadura, de libertad, de compromiso con lo que no cuenta… despegados, cada día más de las esferas donde se cocina el reparto de las parcelas de poder?

Tal vez nos encontramos ahora en inmejorable posición para estrenar otra clase de estrategia, la de volver a leer el evangelio, sin glosa (como diría San Francisco) y buscar en la Palabra de Dios la fuerza que dio origen a la Iglesia en Pentecostés.

Nuestro único poder es aquel que brota de dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús. ¡Qué tesoro y qué libertad! Para el Espíritu todo está por nacer y cuanto peores son los tiempos, más se hace posible la novedad y el comienzo. Tal vez sea eso, ¿nos da miedo el comienzo que nace del Espíritu?

Miguel Márquez, ocd. A la puerta de la cueva