Toda esta larga noche se hace amanecida en el momento oportuno. La oración en la noche, viviendo con Él los momentos difíciles, conocerá el regalo inesperado de una luz que guiará la vida de los que confían en Él. Este ‘no ver’ y ‘no saber’ se hace camino nuevo con el viento del Espíritu, que va a empujar a la Iglesia, a los discípulos donde nunca imaginaron, y que sigue impulsando, en medio de un ‘no saber’ a los discípulos de todos los tiempos que se dejan llevar por el Espíritu de Dios.

Este viento del Espíritu que sopla para remover lo que está mal asentado, igual que se lleva las hojas secas y derriba la fruta madura, sopla para afirmar la vida de los discípulos en lo verdadero de Dios y de la vida, y nos desarraiga, nos arranca de la tristeza, del lamento, de mirarnos demasiado a nosotros mismos. Cuando la Iglesia está libre de sí, entonces el Espíritu puede venir a colmarla de su luz, de su vitalidad…

Esta entrega del Espíritu no es sólo el día de Pentecostés.  Podemos ver otros momentos fundamentales: En la Cruz; en la casa con las puertas cerradas; y el día de Pentecostés.

  • En la cruz Jesús ENTREGÓ EL ESPÍRITU. [1] Jesús entrega su espíritu al morir, no sólo al Padre, sino también a los discípulos, incluso a los presentes, a la humanidad; se vacía, para que a todos alcance el don de su entrega.

La debilidad extrema de Cristo coincide con la máxima donación de vida. Su último suspiro es el extremo de su donación.

  • En otro momento, el evangelista Juan nos cuenta que los discípulos estaban escondidos, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos… Jn 20, 22: “Sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”. Les comunica lo más íntimo de sí mismo, su ALIENTO, su mayor riqueza.
  • Y el relato más célebre, en que reciben el Espíritu Santo es el del día de Pentecostés: “Al llegar el día de PENTECOSTÉS, estaban reunidos con un mismo objetivo…” Hch 2, 1-13. Reunidos en COMUNIDAD.

Con frecuencia hemos concebido nuestra vivencia de la fe como un afán de salvación individual, egoístamente, persiguiendo nuestra propia justificación, y, aún hay mucha deformación individualista en nuestra forma de concebir los sacramentos. La comunidad reunida es la que recibe el Espíritu, para el bien común. Los dones son carismas al servicio de la comunidad, para edificación de la Iglesia.

Una comunidad llena de vida, muy humana, que sólo si experimentaba en su raíz la fragilidad de su barro, sólo si dejaba espacio en su seguridad, podía permitir que el Espíritu la llenara de su poder, de su alegría.

Miguel Márquez, ocd. A la puerta de la cueva

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[1] cf. nota Biblia de Jerusalén Jn 19, 30: el último suspiro de Jesús es el preludio de la efusión del Espíritu.