Es como un estribillo permanente en boca de Jesús, palabra repetida incesantemente en la comunicación de Dios a su pueblo, y que ahora se hace más viva aún: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.” dice el Señor. No tengáis miedo, soy yo. La paz os dejo, mi paz os doy…

El Espíritu Santo no anula la fragilidad de nuestra condición. Los discípulos siguen teniendo que orar insistentemente y con perseverancia. No hay que mitificarlos de tal modo que los convirtamos en sobrehumanos, no sujetos a la debilidad, al dolor, a la necesidad de suplicar y alimentarse interiormente.

Pero, de hecho, el cerco del miedo que acompañó los últimos momentos de Jesús y los días posteriores a la Resurrección, se cambia en sorprendente valentía y audacia emocionada ante algo incontenible, que no pueden retener, exponiéndose también ellos, como así va a suceder, a dar la vida por la verdad del mensaje y del anuncio, que no es otro que Jesús Resucitado.

Miguel Márquez, ocd. A la puerta de la cueva