Hay una misteriosa conexión entre la recepción del Espíritu y la capacidad de hacerse entender por parte de los que hablaban otros idiomas, de los ‘extranjeros’.

Hoy comprobamos, con dolor, la dificultad de tocar el alma de millones de seres humanos heridos en su raíz, que anhelan encontrar su hogar. El Espíritu comunica a los discípulos esa maravillosa capacidad de Jesús para conectar con la entraña de las gentes sencillas, su mirada, su escucha, su palabra, son una mano tendida, que no juzga, no señala avergonzando, amenazando. Jesús habla el lenguaje del anhelo profundo que late en el corazón de nuestra tierra.

Y eso es lo que hace el Espíritu en los discípulos: les hace comprender los adentros del alma, con sensibilidad y respeto, de modo que todo el mensaje, el anuncio de la Iglesia que nace, brota de una fe profunda en la verdad escondida en cada uno, no de una imposición forzada, urgida por la necesidad de conseguir prosélitos, o una religiosidad que asegura escapar del juicio, del miedo ultraterreno.

Miguel Márquez, ocd. A la puerta de la cueva