Una pena sin consuelo comía por dentro a Pedro las horas posteriores a la muerte del maestro… Nunca olvidaría aquellas horas, las más amargas y tristes de su vida. Ninguna de las personas más queridas podía aliviar aquel sentimiento de miseria y dolor agudo. Había huido, se había escondido en el momento en que Él, el Maestro, su Señor, su amigo, más le necesitaba. Había sido también víctima cobarde del miedo… estaba avergonzado, roto… precisamente, cuando más le necesitaba, habiendo prometido, incluso, morir con él y no abandonarle…

¿Cómo seguir viviendo con aquel peso tan insoportable y mirando a la cara de los cercanos? ¿Quién podría curarle de semejante indignidad?

¿Puede haber mayor dolor que el de dejar abandonado al amigo, al hermano en el momento en que lo están humillando y destruyendo? ¿Qué pasó en aquellas horas y en aquellos días en el alma de Pedro? No lo sabemos, aunque podamos imaginar…

Jesús le había pensado ‘piedra’ (Petrus), de la aventura que nacía, pero ahora se sentía polvo para ser pisado.

Dios va a cumplir en Pedro, una de las enseñanzas más hermosas de la Iglesia naciente. El Espíritu de Pentecostés va a enseñar que la fuerza de Dios se realiza, precisamente, en la debilidad humana, antes de ser fuertes, fieles o perfectos.

Pedro apenas se atrevía a mirar a Jesús después de Resucitado. Cualquier disculpa sonaría forzada, ridícula, estúpida. Mejor callar, mejor esconder las lágrimas de su amarga cobardía.

Pero será nuevamente Jesús el que se adelante, y se dirige a Pedro con palabras que nunca jamás olvidará, palabras capaces de borrar impensablemente un delito tan ‘mortal’. Jesús le pregunta pronunciando su nombre: Pedro, ¿me amas?

Y por tres veces saca de Pedro todo el dolor enterrado, todas las lágrimas escondidas… y lo desarma definitivamente, llevándole de la mano al perdón, a la vida, con la pregunta más importante no sólo para Pedro, sino también para nosotros, para la Iglesia de todos los tiempos: ¿ME AMAS?

Pues si me amas, Pedro, pescador de Galilea, hombre seguro de ti mismo, deja que yo reconstruya tu vida, déjate querer, déjate perdonar, y vamos juntos a vivir la aventura más hermosa jamás contada, vamos a trasmitir al mundo que Dios salva y rehace la vida… invitándonos a una pasión de amor, si le dejas.

Pedro, recibe mi espíritu y confía en la fuerza de Dios, no en tu seguridad. Ahora sí estás listo para ser verdadera piedra de mi Iglesia, porque te has sentido salvado, liberado, porque habías experimentado hasta el límite tu barro, y has sido renacido en mi amistad. Ahora sí, Pedro, serás roca humilde de esta Iglesia que ahora da sus primeros pasos y que habrá de darlos siempre basada en tu experiencia de fragilidad, para ser sembradora de mi amor, sin poder, sin autosuficiencia…

Miguel Márquez, ocd. A la puerta de la cueva