Tenemos la impresión de que la experiencia de Pedro, es la de los demás discípulos en distinta medida. Al leer los textos del evangelio y de los Hechos, comprobamos la condición de los discípulos, los ‘héroes’ de los que Jesús se rodea. Seres humanos de carne y hueso a los que hemos rodeado de una aureola de santidad por encima de todo lo que experimentamos de habitual en nuestras vidas.

Si leemos bien, descubrimos que alguno le traiciona, otro le niega, otros se decepcionan, otro duda, la mayoría tiene miedo y se encierran en una casa. Curiosamente, en este contexto, las mujeres parecen las que menos tienen que perder y temer, y son las primeras portadoras de la buena noticia, por su riesgo y su femenino descaro llegan antes que ellos al lugar y a la experiencia del Resucitado.

El primer bautismo de la Iglesia naciente, después de la Resurrección, es un baño de humildad, de saboreo de su raíz humana, necesitada siempre de una Fuente Viva que la sostenga y revitalice. Y es, precisamente, este bautismo en el Espíritu el que, en su debilidad, les hará fuertes.

Los discípulos han sido curados de sus expectativas, todo lo acontecido les ha hecho ver que no tenían las riendas de ninguna situación y que estar con Jesús no era fuente de privilegios, de prestigio, sino de complicaciones, de implicación y riesgo de la propia vida. Ahora, libres de lo que esperaron, libres de su decepción, liberados de su pecado de cobardía, están en disposición de acoger con impulso nuevo, el Espíritu de Jesús en su vida.

El primero en descender los peldaños de la humildad, el dolor, la muerte, el frío de la soledad… ha sido el mismo Jesús. Vuelve de allí donde nos da tanto pavor adentrarnos, del lugar terrible de las sombras, vuelve para darnos la mano, como un hermano mayor, para conducirnos. Pero no nos dará simplemente la mano, sino que nos dará de su mismo Espíritu, su riqueza más íntima.

Miguel Márquez, ocd. A la puerta de la cueva