Cada día peregrinamos hacia el centro de nosotros mismos, de los demás y de Dios. Toda la vida es un camino incesante, como un río que nos lleva y surcamos hacia el origen, la fuente. Peregrinar es disponerse para despertar, ser consciente de un camino, siempre crucial, de búsqueda, descubrimiento, aventura y regreso, más allá / más acá de lo conocido, hacia la verdad de Dios, de nosotros. Peregrinar es reencontrar el sentido dejándonos encontrar por el sentido, permeables a la gracia de Dios (siempre peregrino en nosotros).

El camino siempre te regala lo que no sabías que necesitabas, te desnuda para hacerte humilde, te descoloca para ordenarte, te fatiga para darte descanso, te desconcierta para hacerte oír, en otra frecuencia de onda, una música que se oye cuando sales de ti y permites ser desnudado de lo que te asegura falsamente en ti. El andar del andariego es dejar que el camino salga a su encuentro, sin esconder el miedo a la intemperie y a la inclemencia, dejando a Dios el plan, y aceptando que solo se deja encontrar quien pierde la desconfianza y no hace trampas con cálculos camuflados por si acaso la confianza no funciona.

Cuando nos disponemos a caminar un día cualquiera abrimos nuestro espíritu a lo inesperado del camino en comunión con los demás andariegos, abrimos el corazón juntos mirándonos desde el interior, acogiendo nuestra vida y la de los demás, en presencia de Dios.

Señor Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
recorre todos nuestros caminos,
hoy caminaré en la palma de tu mano,
nada me pasa fuera de ti.
Durante este día sentiré y creeré
que soy la alegría de tu corazón
y el objetivo de tu peregrinación,
para dejarme encontrar por ti
desde el inicio del camino hasta el final.

Miguel Márquez Calle, OCD.