Esta ficha quiere ser una reflexión global sobre las fichas anteriores y, particularmente, sobre la cuestión central del proceso de personalización centrado en el Evangelio: sentir la utopía evangélica.

1. El verbo sentir

Se refiere no a la emoción primaria, sino al «corazón» en sentido bíblico, al centro vital de la persona. «Sentir» la utopía evangélica significa:

  • Notar cómo la lectura del Evangelio, las reuniones en torno a él, nos afectan, nos sentimos implicados, no meros espectadores que hacen discursos.
  • Notar cómo se despierta lo mejor de nosotros mismos en forma de deseo de algo grande, de cambio personal, de compromiso por un mundo más justo y fraterno…
  • Notar cómo la persona de Jesús nos atrae, de modo que adquiere un rostro concreto; nos interpela, suscita nuestra adhesión, comenzamos a quererle más, estamos dispuestos a seguirle…
  • Notar «sentimientos contrarios»: unas veces de gozo al descubrir las maravillas del Evangelio, otras, de rebeldía; unas veces de.entrega generosa, otras, de miedo; unas veces vemos claro que es el único camino, otras veces sospechamos que es irreal, impracticable.

2. A través de este tiempo recorrido en la 3ª fase

Vamos comprendiendo que personalizar la utopía evangélica, sentirla como algo mío, presupone algunas condiciones:– Que me exige mi entrega, pero que lo decisivo es creer en la persona de Jesús. La utopía evangélica no es para gente superdotada o superbuena, sino para quienes fundamentan su vida en la gracia de Dios, no en su propio esfuerzo. – Que el secreto está en centrar mi experiencia del Evangelio en la persona misma de Jesús. Que es cuestión de amor, de percibir que yo significo para Él, que me llama, y desde aquí, me fío de El y le amo sin calcular, a lo primario, como Pedro, aunque sospeche que ese amor todavía es ciego e interesado. – Lo cual supone que soy capaz de vivir «experiencias de incondicionalidad». Sin éstas, nunca podrá ser personalizado el Evangelio.

3. Experiencia incondicional

Es aquella que me hace salir de mí mismo y me hace vivir para algo que merece mi entrega. Puede ser:

  • El amor, cuando éste no es un contrato calculado o está dominado por la satisfacción de necesidades, sino me hace percibir al otro como sentido de mi vida y me lleva a olvidarme de mí.
  • Una causa noble, por ejemplo, la justicia o la opción por los pobres, si no se queda a nivel de discurso o de un simple impulso momentáneo, sino que dinamiza mis mejores energías en un compromiso.
  • La experiencia de Dios, si no se queda en el sentimiento, sino que supone el encuentro con el Absoluto, y en consecuencia, que la vida consiste en vivir para Él, en hacer su voluntad por encima de todo.
  • La adhesión al mensaje de Jesús, a su proyecto de transformación del mundo, de modo que me hace vivir en tensión hacia la realización de ese ideal, atrayendo mis energías personales.
  • La experiencia única, intransferible, del significado determinante que tiene la persona de Jesús, si no se queda en una actitud difusa y, por el contrario, noto por dentro que no me pertenezco, que Él es mi Señor. Es aquí cuando hay que hacerse esta pregunta, dedicándole tiempo de reflexión y oración: ¿Con qué experiencia incondicional vivida anteriormente está empalmando mi confrontación actual con el Evangelio? O a la inversa: ¿Es la lectura actual del Evangelio lo que me está posibilitando tener experiencias de incondicionalidad?

4. Con todo

No conviene entender todo esto desde una radicalidad nítida, ya que entonces el Evangelio será para personas excepcionales. Podemos formularlo de otro modo:

  • Si miro mi vida hacia atrás, ¿qué sueños, proyectos, ideales la han marcado? ¿Desde dónde he dado sentido a mi vida?
  • ¿Puedo describir cómo han ido cambiando esos ideales? ¿Por qué?
  • ¿Hay alguna experiencia crítica, en que he tenido que prescindir de ideales, o he tenido, más bien, que resituarlos? ¿Ha tenido algo que ver con la edad, con los compromisos que la realidad me ibas imponiendo?
  • ¿Tiene que ver todo lo anterior con el proceso que estoy viviendo de confrontación con el Evangelio? ¿Vivo la utopía evangélica como algo aparte de ese proceso real de mi historia o me está ayudando a un nuevo planteamiento de toda mi vida? ¿Cómo es este nuevo planteamiento: es utópico, es realista?

5. Hay utopías

Que son sueños para evadirnos de la realidad. Hay utopías realizables, que exigen sabiduría:

  • La sabiduría de la esperanza, la que se apoya en la promesa de Dios y en la fuerza de su Espíritu Santo, dado a nuestra debilidad.
  • La sabiduría de quien aprende a vivir respetando el ritmo de Dios y su estilo, y que, por lo mismo, no se impacienta si a veces le parece que nada cambia, y sigue luchando y cambiando.Tanto en lo personal como en lo social.