El Reino es lo más grande, «lo que el ojo no vio, lo que el oído no oyó, ni el corazón del hombre puede soñar» (1 Cor 2); pero el Reino está ahí «para quien tiene ojos para ver», pues no viene a lo grande, en poder y gloria, desde fuera. Está entre nosotros (Lc 17, 20-21).

1. Cuestionario:

A la luz de la persona y el estilo mesiánico de Jesús, ¿ está cambiando tu modo de percibir la presencia y acción de Dios en tu vida, en lo que te rodea, en ti mismo? – Concreta esto, señala signos del Reino.

2. ¿En qué notas que va emergiendo dentro de ti una onda especial, un sentido diferente de la realidad?

Por ejemplo:

  • Te das cuenta de que lo importante no es ser bueno según el sistema ordenador aprendido, sino ser de verdad desde ti mismo.
  • Que, al leer el Evangelio, a veces tienes como unos flash que te dan una lógica especial para entender el estilo de Jesús. Te desazonas porque esas luces no las puedes apresar. Claro, porque son Espíritu (cf Jn 3,8).
  • Que lo que leído en los grandes maestros de experiencia espiritual ahora ya no te suena a idealismo piadoso o superestructura, sino a otro tipo de vida, que tiene consistencia y dinámica propias.
  • Que la fe es vida. Te basta volver a creer en la gratuidad de Su amor, para que todos tus miedos den un giro.
  • Que la esperanza es vida. Es que ahora entiendes por qué el Reino no se mide por los frutos inmediatos.
  • Que el amor es vida. Y te preguntas: ¿Cómo es posible que antes creyese que el amor dependía de mí, de mis convicciones o de mis esfuerzos? – Que ya nunca podrás prescindir de Jesús y su Evangelio.

¿Los signos señalados te parecen tuyos, o los sientes demasiado elevados? En este caso, mira dentro de ti y describe los tuyos, por ejemplo:

  • ¿Te ves distinto por dentro, aunque los demás te juzguen con los esquemas de siempre? ¿Otro talante de ser persona?
  • ¿Menos ansioso, con menos prisa, con mejor aceptación de ti mismo?
  • ¿Integras mejor libertad y fe, autorrealización humana y disponibilidad para con Dios, integración de necesidades personales y solidaridad con el prójimo?
  • Lees tu historia de un modo global y unitario, y hasta lo más oscuro comienza a tener sentido.
  • Creer ya no te parece algo externo (prácticas religiosas, cumplimiento de normas) o una especie de superestructura añadida a tu persona (ideas preconcebidas, montaje eclesial), sino una vida maravillosa que nace dentro de ti y que hay que cuidar como lo más precioso.
  • ¡Cuánto ha cambiado tu relación con Dios! Antes era algo impersonal o que dependía de tu estado de ánimo. Ahora es Alguien viviente, libre, inmanipulable, pero cercano, íntimo…
  • Antes creías que la espiritualidad consistía en un «mundo aparte», sublime, para especialistas. Ahora vas descubriendo que el Espíritu actúa, lo recrea todo, desde la vida ordinaria y tus actitudes.
  • Valoro más lo cotidiano (familia, trabajo, relaciones…). No que me satisfaga más. Estoy aprendiendo a vivir a fondo.

¿Tampoco los signos anteriores los sientes como tuyos? Entonces, ¿ qué pasa? ¿ Que algo te bloquea, aunque pones esfuerzo, trabajas el proceso de personalización? ¿ Que no te implicas? ¿Necesitas hablar con alguien?

3. Por encima de todo, el Reino está donde está Jesús.

Jesús se manifiesta, principalmente, de dos modos:

a). Haciéndose presente en nuestras vidas como fuente de nuestro ser y actuar.

Lee y ora con Jn 7. Deja que el texto exprese y despierte en ti el misterio de la persona de Jesús que atraviesa la existencia de todo creyente.

b). En el rostro del hombre, especialmente del que sufre.

Lee y ora con Mt 25, 31-46.

Hay quienes primero descubren a Jesús en persona, y desde él, al prójimo, imagen de Dios vivo. Otros descubren el misterio del hombre, y a través de él, se encuentran con Jesús. Los caminos son múltiples. Lo definitivo es amar. El Reino está donde se da el amor. Para que la oración no se quede «en las nubes», pregúntate cómo vas uniendo esos dos modos de presencia de Jesús, el de la intimidad con Él y el de la praxis evangélica, la oración y la acción, el amor de Dios y el prójimo.