El objetivo es retomar las fichas anteriores y abordar el núcleo desde el que el Evangelio puede ser personalizado: la sabiduría de los pequeños.

1. Leer y orar con Mt 11, 25-30.

2. Sabiduría de los pequeños

En el corazón de la sección de Mt 11-12 topamos con el famoso texto en que Jesús da gracias al Padre porque ha revelado el Reino a los pequeños, llamando a los mismos a que le sigan.

  • La primera razón, nos lo dice Jesús, está en Dios mismo. La gloria del amor se muestra en los que no son. Desde luego que no es razonable. Pero nuestro Dios es así.
  • De hecho, la condición para entrar en esta sabiduría es sufrir el agobio de la existencia. ¿ Quién hubiese dicho que aquello que nos empobrece es lo que más nos enriquece…
  • Pregúntate dónde experimentas tu pobreza radical: en tus limitaciones psicológicas, en tu situación económica, en la enfermedad, en ese desgarrón afectivo, en tu impotencia respecto a la misión que se te ha encomendado, en tu debilidad moral, en tu pecado, experimentado como egocentrismo… Si te abres desde aquí experimentarás la alegría de Jesús. Esta alegría de fuente muy honda: El corazón de Dios. Nunca será quitada a los mansos y humildes. Ser discípulo es hacerse niño. Uno llega a serlo por gracia y conversión. Madurez paradójica, enfrentada a la madurez de los suficientes, que oculta una profunda tristeza.

3. Para discernir:

  • No se confunda pequeñez evangélica con falta psicológica de autoestima. Es perfectamente compatible tener confianza psicológica en sí mismo y no apoyarse existencialmente en uno mismo, sino sólo en la Gracia.
  • Se evitan, a la vez, los dos extremos: el realismo que tiene sentido de las propias limitaciones, pero está replegado sobre sí mismo, calculando todo, confundiendo la humildad con la prudencia de no arriesgar nada; y las fantasías del deseo, que confunde la fe en las promesas de Dios con la necesidad de sentirse héroe, o fuerza el ritmo de la obra de Dios, confundiendo generosidad con voluntarismo e impaciencia.
  • La sabiduría evangélica de los pequeños hace «síntesis de contrarios»: alegría de ser amados en la propia pobreza y esperanza en la grandeza de Dios que hace maravillas con nuestro barro; paz inquebrantable, en medio de la conciencia de ser pecador, y responsabilidad siempre mayor; humildad, que prefiere la verdad de lo que uno es a todos los sueños, y agradecimiento, porque el don de Dios es siempre mayor.
  • La clave, la de siempre: conocimiento interior y experiencia liberadora de la gratuidad del amor de Dios. El pobre del Reino no vive de la ley, sino de la confianza. La alegría de ser justificado y salvado por gracia es su fuerza.
  • Lo negativo adquiere sentido positivo dentro del conjunto de la historia de la salvación. – Se han vivido procesos, de crecimiento humano, de autonomía personal; pero la vida consiste en apertura y disponibilidad a lo que Dios quiera. Lo de menos es el grado en que estas pistas de discernimiento hayan sido personalizadas. Lo importante es que ya no son algo extraño, ajeno a uno mismo o para personas «muy espirituales». Ahora resuenan por dentro, en el corazón, y por eso guían desde dentro.

4. A esto se llama conocimiento interior del Evangelio

Teológicamente, esto quiere decir que el testimonio exterior de la Palabra y el testimonio interior del Espíritu coinciden (leer 1 Jn 5, 6-13). Pedagógicamente, esto quiere decir que vamos aprendiendo a escuchar el Evangelio con oídos nuevos:

  • Sentimos la Palabra como vida, no sólo como un libro de doctrina o de enseñanzas morales.
  • Sentimos que Jesús se revela actualmente a través del Evangelio, de modo que su persona adquiere fuerza de amor que nos hace salir de nosotros mismos hacia El. Al sentirnos discípulos nos vinculamos a Él mismo.
  • Sentimos que esta Palabra es única: nos ilumina por dentro, desenmascara nuestras mentiras, liberándonos de nuestros miedos.
  • La vida humana y su problemática ya no son un caos a la deriva. El Evangelio responde. Lo que tenemos que hacer es comenzar a actuar, dejar que el Evangelio pase a través de nosotros.

El Evangelio nos descubre a Dios-Padre. Nunca podríamos sospechar que Dios fuese así, tan grande y tan humilde, tan infinito en su amor que nos entregase a su propio Hijo, y quisiera compartir con nosotros nuestra miseria y sufrimiento.

5. ¿Es el momento de replantear nuestro modo de leer y orar con el Evangelio?

Quizá ahora se simplifica el método:

  • Importancia de la actitud de fe en esta Palabra.
  • Leer en presencia y por referencia a la persona de Jesús.
  • Lectura en que la reflexión da paso progresivo al encuentro interpersonal con Jesús y la libertad del corazón, que prefiere adorar, dar gracias, decir palabras de amor…
  • Frases que tocan el corazón y alimentan la relación viva, inmediata, sin necesidad de análisis ni confrontaciones.
  • Y, sin embargo, tener cada vez más claro que escuchar el Evangelio y encontrarse con Jesús no puede cerrarse en un intimismo piadoso, en estar a gusto. El verdadero amor consiste en obediencia, en entrega a la voluntad de Dios y a su proyecto de amor, verdad y justicia.
  • Dar siempre primado al amor que transforma. No confundir la lectura del Evangelio con un programa práctico.