1. Continuando con el tema anterior, la personalización de la fe

Está pidiendo asumir el escándalo mesiánico fijando nuestra mirada en Jesús. Para ello, dos momentos de oración con dos textos:

-Mc 8,31-9,1: Jesús habla claramente de su destino: la Cruz. En Pedro nos sentimos perfectamente reflejados. La reacción de Jesús, enfrentándose con Pedro, nace de la hondura de su obediencia al Padre y de su sufrimiento ante la incomprensión de los suyos. Soledad de Jesús, cada vez más total. Todo creyente está llamado a perder la vida por ganarla.

-Lc 9,28-36: Jesús subió a orar. Había fracasado su intento de traer el Reino mediante la liberación del amor. Necesita aclararse. Una vez más, como siempre, dijo sí al Padre, que le hacía entrever la culminación de su misión en la muerte. Entonces se reveló su gloria, ¡ cómo pertenecía Él al Padre! Un Mesías crucificado parece la gran ruptura con todo lo soñado. Pero Moisés y Elías lo confirman; el AT entero está atravesado por la ley de salvación mediante el sufrimiento. (Se puede leer, como complemento, Heb 11-12). Pedro insiste en sus sueños mesiánicos… Nuestro pobre corazón humano cargado de sueño, torpe, hambriento de felicidad, seducido por el brillo superficial de las cosas… Un día seremos introducidos en la nube y escucharemos la voz del Padre que da testimonio del amor de su Hijo hasta la muerte. Pidamos al Espíritu Santo oídos para oír la voz del Padre y ojos para ver la gloria del Reino en este camino de rebajamiento.

2. El mejor modo de trabajar este tema

no es hacer el análisis de nuestros miedos o de nuestros impulsos. Es probable, en efecto, que aparezcan los sentimientos contrarios: de echarnos para atrás ante semejante panorama o de desear imitar a Jesús, compartir con El su amor generoso y despojado de todo. Lo mejor es vivenciar todo aquello, aunque sea pobre y pequeño, que nos ayude a identificamos con Jesús:,

  • Qué realidades estamos viviendo ahora mismo, de las que tendemos a huir, pero que sabemos que nos obliga a salir de nosotros mismos, y por intuición, que nos ayudarán a crecer.
  • Recordar alguna herida a la que no terminamos de dar sentido. Pedir el Espíritu Santo para que, mirando la Cruz, comencemos a «comprender».
  • ¿Por qué no intentas asimilar las actitudes de Jesús en esa situación concreta que te molesta? ¿Qué haría Jesús en tu lugar?
  • Cuando el amor comienza a ser evangélicamente libre; suele comenzar a sentir una serie de preferencias, que por sí mismas chocan con nuestro modo natural, por ejemplo, preferir callar a excusarse, preferir tener en cuenta a los ancianos y enfermos, o a las personas de convivencia difícil, preferir compartir lo que se tiene, preferir dar a recibir…,

3. Ésta es la única pregunta de discernimiento que se pide en este momento:

¿Conocer la alegría de dar sin recibir, de amar ocultamente, de sacrificarte por los demás, de preferir la fe oscura a la fe sensiblemente gratificada?

No hace falta pensar en cosas heroicas y extraordinarias, sino de la vida ordinaria, por ejemplo, la satisfacción íntima de perder el tiempo escuchando problemas ajenos.

Con una observación: que no se confunda esta dinámica con la vuelta atrás, a un cristianismo obsesionado con la renuncia, o a la necesidad de autojustificación mediante el sacrificio. Se supone que vamos descubriendo que la negación de nosotros mismos nace de libertad, del despliegue del amor que nos hace preferir al otro.