No siempre la experiencia religiosa constituye el sentido de la vida. Se puede ser religioso por tradición socio-cultural. Y aunque los mandamientos y las prácticas rituales preocupen mucho, hasta la obsesión, vienen a ser el símbolo de una vida centrada en asegurar la salvación futura.

En un mundo secularizado, o la experiencia religiosa fundamenta realmente el sentido de la vida, o la utiliza como terapia de nuestros desequilibrios, en cuyo caso más vale el humanismo agnóstico, que al menos se preocupa por mejorar la condición humana.

La experiencia religiosa presupone, previamente, que he necesitado dar sentido a la vida desde una realidad trascendente. O bien porque experimento el sin sentido de la condición humana bajo los poderes del mal, o bien porque toda experiencia de plenitud está marcada por la finitud, o bien porque lo más auténticamente humano (la donación de sí, la esperanza…) apela al Nombre-sobretodo-nombre.

Pero, por lo mismo, hay que distinguir:

  1. La necesidad de Dios como gratificación infantil (Dios vivido como objeto imaginario de las propias insatisfacciones o miedos a la vida).
  2. El deseo del hombre más allá de lo inmediato: que cuanto más te decides a ser persona, más descubres el Fundamento primero y último. La vida, entonces, encuentra su sentido en la esperanza, más que en los logros. Ser hombre, finitud orante y arriesgada.
  3. La fe como encuentro liberador con el Absoluto Personal. Su amor te reconcilia con tu pobreza y su amor renueva tu libertad y entrega al prójimo.
  4. La fe en el Dios-Padre de nuestro Señor Jesucristo, a quien podemos experimentar, en el Espíritu, como hijos suyos, los hijos de su elección, enviados, como Jesús, a anunciar el Reino. ¿Qué tipo de experiencia religiosa tengo? La verdad es que Dios sólo puede ser sentido de mi vida si no es algo parcial, sino totalizante. El Absoluto no es una cosa o una persona entre otras.