Una llama para los que buscan en la noche

«¿Por qué tengo miedo, si nada es imposible para Ti? (Canción de Glenda)

«Hombre es amor, y Dios habita dentro
de ese pecho y profundo, en él se acalla» (Dámaso Alonso).

Cierra Tú, Señor, mis oídos a toda falsedad
y mis labios, a palabras mentirosas.
Abre, en cambio, mi corazón a todo lo que es bueno,
que mi espíritu se llene de bendiciones
y las derrame a mi paso.

Para los que se hacen preguntas y buscan sentido a la vida; porque solo quien hace preguntas acoge con alegría las respuestas.

Para los que nadan contracorriente, como peces que buscan aguas frescas.

Para los que no se contentan con los caminos trillados y no echan de menos un destino más fácil.

1. Heridas abiertas

Muchas personas buscan una nueva experiencia de Dios. Para ello, en algunos momentos, necesitan personas que les ayuden a encontrarse con Dios. «Quiero abrir puertas cerradas para que puedan encontrarse contigo, Dios» (Etty Hillesum).

Muchos han perdido el rastro de Dios y esperan que alguien, con la palabra viva de la vida, pueda decirles: «Dios existe, yo lo he encontrado». Muchos, que solo conocen lo útil y lo rentable, hambrean dar con la gratuidad. Muchos desconocen que su interioridad puede ser lugar para la escucha de este Dios que habla en el silencio interior de cada uno. «El hombre europeo, lejos de su origen, con las entrañas cerradas, opacas y confusas, se ha hecho un desalmado. Oscuridad del corazón que le desorienta y le hace andar perdido» (María Zambrano).

Los místicos contemplativos, pura gratuidad del Espíritu para esta hora, ofrecen su palabra, se hacen compañeros de camino de los que aceptan dejar que otro ser humano ponga sus pies junto a los suyos. Si «cada ser humano es un himno destruido», los místicos ofrecen su latido para que pueda brotar la sinfonía.

2. Un retrato de Juan de la Cruz

¿Quién sale a la plaza pública dispuesto a dialogar? Juan de la Cruz: un ave solitaria, que sigue cantando en los inviernos y en las noches.

Juan es austero y sobrio pero afectuoso y comprensivo con los demás, sabe conjugar la firmeza con la afabilidad y la ternura. Su sensibilidad vibra con fuerza ante el bien y la belleza; el encanto de la naturaleza transporta su espíritu. Humilde, pacífico y obediente, reacciona sin miedo ante la falsedad, la incoherencia, la insidia o la tergiversación. Perdona con amor heroico a quienes atormentan su existencia con calumnias, persecuciones e injurias.

Artista y pensador, místico y teólogo, afable y austero, solitario y maestro de espíritus, humilde y doctoral. De personalidad recia, que resulta de la armonía de sus cualidades humanas y espirituales. Asume la santidad y la persigue como ideal único, supremo e irrenunciable. A la unión con Dios subordina y sacrifica planes y programas de vida, sin dejarse arrastrar por idealismos y aventuras.

Escribe como una tarea de santificación; primero, propia; luego, para los otros. Es además ocupación marginal para él. Escribe sin pretensiones de originalidad ni ansias de inmortalidad. Nunca se cree un genio ni un artista, ni siquiera un profesional de la pluma. No pretende obras de admiración sino de provecho espiritual. La mayoría de sus páginas brotan a requerimiento de personas amigas, deseosas de secundar su magisterio espiritual.

La carga vital de la experiencia mística queda plasmada inmediatamente en las poesías, primer intento de comunicar lo inefable. Son las “figuras, comparaciones y semejanzas” que rebosan algo de la abundancia del espíritu y vierten secretos misterios sin explicarlos con razones. Más allá de la razón está el símbolo.

 “Conocí al padre fray Juan de la Cruz y le traté y comuniqué muchas y diversas veces. Fue hombre de mediano cuerpo, de rostro grave y venerable, algo moreno y de buena fisonomía; su trato y conversación apacible, muy espiritual y provechoso para los que le oían y comunicaban. Y en esto fue tan singular y proficuo, que los que le trataban, hombres o mujeres, salían espiritualizados, devotos y aficionados a la virtud. Supo y sintió altamente de la oración y trato con Dios, y a todas la dudas que le proponían acerca de estos puntos, respondía con alteza de sabiduría, dejando a los que le consultaban muy satisfechos y aprovechados. Fue amigo de recogimiento y de hablar poco; su risa, poca y muy compuesta. Cuando reprendía como superior, que lo fue muchas veces, era con dulce severidad, exhortando con amor fraternal, y todo con admirable serenidad y gravedad” (Eliseo de los Mártires).

3. La llama

Como un pastor, que ha encendido la lumbre en medio del campo e invita a los peregrinos a que se acerquen y calienten su cuerpo aterido por el frío, así ofrece Juan su experiencia de Dios, para dar calor y luz a quien lo busque.

Toda experiencia de Dios aspira a ser comunicada. “Lo que gratis habéis recibido dadlo gratis” (Mt 10,8). Eso hace Juan de la Cruz: compartir su camino. Y, sabedor de que uno de los problemas para ir a Dios es el lenguaje, ofrece su palabra, hablada y escrita, sembrada de símbolos, para iniciar diálogos, teología viva, acerca de Dios. Su palabra está siempre respaldada por el testimonio de su vida coherente. “Se educa mucho con lo que se dice, más con lo que se hace, mucho más con lo que se es” (San Ignacio de Antioquia).

4. «Contaron lo que les había sucedido por el camino» (Lc 24,25)

Juan de la Cruz compone las canciones de la Llama para Doña Ana de Peñalosa en una experiencia de comunicación íntima impresionante; de hecho el Carmelo es concebido en los orígenes como un ámbito amplio de comunicación. Como Doña Ana no las entiende, le pide una declaración. Hace dos declaraciones: la Llama A y Llama B. La primera la hizo con inusitada rapidez, en quince días, en medio de muchas ocupaciones. No le satisfizo e hizo una segunda. En esta, la prosa se llena de incisos, pero pierde en frescura, rapidez y ritmo. Cuando llega, enfermo, a Úbeda, entregará una copia de la Llama B, que siempre llevaba consigo, al médico que le atiende y que, a su vez, era dirigido espiritual, en prueba de gratitud.

5. Sus primeras palabras

En sus primeras palabras encontramos ya el retrato de Juan de la Cruz: la experiencia y la resistencia a declarar los versos porque dice ha perdido la clave. Pero en todo momento está presente la mujer con la que dialoga. Después de un forcejeo, parece que es el Espíritu quien toma la palabra y Juan se dispone a describir el camino desde la cumbre. Donde muchos terminan, Juan empieza. Desde la luz todo se ve de otra manera. Aparece la persona nueva, enamorada.

Quiere declarar, acercar la luz a la vida de cada día. Con este estilo se siente a gusto y es el que más le gustar utilizar para enseñar. Lo ha practicado en otras obras. Lo ha practicado, sobre todo, en la enseñanza oral, sin duda la que más le agrada, ahí donde se dan explicaciones, interrupciones, preguntas, diálogo. Los versos funcionan como un enigma que hay que interpretar, aunque la interpretación que da de ninguna manera la considere exclusiva.

Juan mismo sabe que, para las cosas interiores y espirituales, falta lenguaje; sabe que se habla mal de las entrañas del espíritu si no es con entrañable espíritu.

Es más, confiesa que ha tenido poco espíritu en la última temporada, de hecho, ha diferido la declaración hasta que el Señor le ha abierto la noticia y le da dado algún calor.

Si se anima a hacerlo, es también por sentido pastoral. Piensa que Dios le ha dado luz para que la dé a quien tanto la desea: Ana de Peñalosa. Así, el místico, en un acto de gratuidad, nos regala un lenguaje nuevo para las cosas de las que apenas se habla y de las que no sabemos hablar.

Lo que va a declarar es como un evangelio, o sea, un escrito que utiliza experiencias religiosas narradas o interpretadas para que otros crean y, creyendo, tengan vida. Es una literatura comprometida con su mensaje y con su destinatario.

Pero de su cosecha no dirá nada. Declarará los versos con dos criterios: sujetarse a la Iglesia y arrimarse a la Escritura. Es el diálogo que siempre ha realizado.

6. Un atrevimiento

Lo que hace es un atrevimiento. Me atreveré a decir lo que supiere, sabiendo que lo más está por decir. Dice que no hay que extrañarse de que Dios haga maravillas. Porque es Dios quien lo hace, y lo hace como Dios, con infinito amor y bondad. Ya dijo Jesús que “en el que le amase vendrían el Padre, el Hijo y Espíritu Santo y harían morada en él” (Jn 14,23).

El tema central de la Llama es el amor. Es de lo que siempre habla, pero ahora lo va a hacer de un modo más sublime. Porque de un amor a otro va mucho, lo mismo que el madero que está en el fuego, que no es lo mismo cuando entra el fuego en el madero que cuando todo el madero es un fuego que llamea.

La Llama es un fruto de una llama verdadera. Habla desde dentro, desde la experiencia de este amor. No habla de oídas. La persona está transformada en fuego de amor. Así lo siente y así lo dice en las canciones con delicada dulzura de amor. Con esta actitud se dispone a declarar algunos efectos de la Llama de amor. Lo que le ha conmovido, lo propone como deseable.

Curiosamente, no hay propósitos prácticos para el lector. Solo le pide una cierta comunión previa de “entrañable espíritu” que le permita admirarse, creer, perder miedo a Dios y confiar. No es obra que reclame la acción inmediata, que señale prácticas concretas y conductas deseables o recomendables. No va en la línea de la moral, sino de la mística.

No existe sensación alguna de proceso ni de cambio. Todo se identifica con una exclamación admirativa de paz y sosiego. La actitud de sorpresa se mantiene. Rompe las lógicas, a las que somos tan dados muchos al hablar e intentar vivir el camino cristiano.

Sigue el texto en la Ficha 1

Ficha 1. UNA LLAMA PARA LOS QUE BUSCAN EN LA NOCHE

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