Amaos los unos a los otros como yo os he amado

Antes de padecer, Jesús confesó a sus discípulos: «¡Ardientemente he deseado cenar esta Pascua con vosotros!» (Lc 22,15). Finalmente ha llegado el momento definitivo, la «hora» de la verdad, el banquete anunciado por los profetas y prefigurado en las comidas de Jesús con los pecadores. El maestro sorprende a todos con sus palabras y con sus acciones: lava los pies a los apóstoles, les reparte el pan y el vino con unas palabras misteriosas y les da el mandamiento nuevo, que tiene que convertirse en el signo de identidad de sus seguidores.

El lavatorio de los pies

Para entender el gesto no hemos de pensar en nuestras calles asfaltadas y con alcantarillado. En la época de Jesús, en las estrechas calles de tierra se tiraban los restos orgánicos y las comidas de los animales. Además, pocas personas usaban calzado, y las que lo llevaban se limitaban a unas simples sandalias. Lavarse los pies al entrar en casa era un ritual obligado y necesario. En las familias pudientes lo hacían los esclavos.

En las familias pobres, la madre, la esposa o las hijas. Para los judíos, era algo tan humillante que un rabino podía pedir cualquier servicio a sus discípulos, excepto que le lavaran los pies. Al entrar en una casa prestada para la cena, ningún miembro del grupo se sintió llamado a hacer este servicio. Jesús se quitó el manto y lavó los pies de los discípulos. Voluntariamente ocupó el lugar de los esclavos y de las mujeres, se puso en el lugar más bajo, indicando dos cosas: que él viene a servir y que no admite que unas personas sean consideradas inferiores a otras.

En otra ocasión, el Señor había dicho: «Cuando el siervo llega a casa después de haber trabajado todo el día en el campo, sirve primero a su amo y después se sienta él a la mesa» (Lc 17,7-8). Sin embargo, Jesús es el Señor que atiende a los criados y les lava los pies; que no vino «a ser servido, sino a servir y a dar la vida en rescate por muchos» (Mt 20,28; Mc 10,45).

Aquí se manifiesta su verdadera identidad. Y en su imitación, la verdad de sus discípulos. Por eso les pide que sigan su ejemplo. De alguna manera, el lavatorio de los pies es un anticipo de la Pascua, una clave de comprensión de toda la vida de Cristo y un estímulo para los creyentes.

El lavatorio es un anticipo de la Pascua. Al lavar los pies de los discípulos, Jesús proclamó el primado del amor, que se hace servicio hasta la entrega de sí mismo, anticipando así el sacrificio supremo de su vida, que se consumará al día siguiente en el Calvario. El lavatorio es un acto profético simbólico que cumple lo que anuncia.

El lavatorio es la clave de comprensión de toda la vida de Jesús. La carta a los Filipenses interpreta la vida de Jesús como un abajamiento voluntario, despojándose de su dignidad y tomando la condición de esclavo para elevar a los hombres (cf. Flp 2,6-11). En el gesto del lavatorio se revela ese misterio: Jesús se despoja del manto y lava los pies de los discípulos. Notemos que en ambos casos se usa el mismo verbo: Jesús «se despojó». Es la imagen de su vida: se despojó de las vestiduras de su gloria, se ciñó el «vestido» de la humanidad y se hizo esclavo de todos. Este gesto revela su amor hasta el extremo: se arrodilla ante nosotros y lava nuestros pies sucios, nuestros pecados.

El lavatorio supone un estímulo para sus discípulos. Jesús, con este gesto, «nos dejó un ejemplo para que sigamos sus huellas» (1Pe 2,21). En todas sus intervenciones a favor nuestro, Jesús nos da el perdón y nos capacita para perdonar, nos ama y nos capacita para amar. También en el lavatorio de los pies. Por eso, al concluirlo, Jesús dice: «Si yo, el Señor y el maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn 13,14-15).

La institución de la eucaristía

El relato más antiguo que conservamos de lo que sucedió en la última Cena dice así: «Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, dando gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: «Tomad y comed todos, porque esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en conmemoración mía». Y lo mismo hizo con el cáliz» (1Cor 11,23ss).

Notemos el juego de palabras: En la noche «en que iba a ser entregado», Jesús «se entregó». Él era plenamente consciente del significado de lo que estaba haciendo y de lo que iba a suceder después. Por eso pidió a sus discípulos que celebren perpetuamente el «memorial» de su entrega.

El rito eucarístico de la cena ha conservado acciones y palabras de Jesús que, después de su muerte y resurrección, aparecen llenas de significado y revelan la actitud de Jesús: él mismo ofrece su vida. No se somete pasivamente a la muerte, sino que se entrega en conformidad con el plan amoroso de Dios, del que su muerte forma parte, dejando a Dios la última palabra. Los hombres pensaban que le arrebataban la vida; sin embargo, él se adelanta y dice: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros […]; esta es la copa de la nueva alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros» (Lc 22,19-20).

Cristo pide a sus apóstoles que sigan celebrando la cena como memorial suyo. No se trata de un simple recuerdo, sino de una verdadera y real actualización y comunión en el ofrecimiento que el Señor hace de sí mismo.

Los discípulos presentes (que constituyen la Iglesia) reciben un ministerio que es participación y ha de ser reflejo de la misión de Cristo en la tierra: anuncio del reino, comunión de vida con el Padre y entre ellos, servicio generoso a todos los hombres.

El mandamiento del amor fraterno

Jesús no pide a sus discípulos que sean buenas personas, que se amen con una medida humana. Él quiere mucho más, por eso dice: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 13,34). El «mandamiento de Jesús» es la traducción de un precepto que encontramos también en los otros evangelios: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48), «Sed compasivos como el Padre es compasivo» (Lc 6,36). Por eso san Pablo pide: «Tened los mismos sentimientos de Jesús» (Flp 2,5), que son los sentimientos de Dios. A eso estamos llamados, esa es nuestra vocación.

El punto de partida no es el mandamiento («Amaos los unos a los otros») sino el don («como yo os he amado»). Porque él nos ha amado primero, nos ha enseñado qué es el amor y nos ha capacitado para amar, como ya hemos visto al hablar del lavatorio de los pies.

Es significativo que, después del lavatorio, Jesús ordenó a sus discípulos que siguieran haciéndolo, imitando su ejemplo, «en memoria suya», tal como hizo también al compartir con ellos el pan y el vino.

Los primeros cristianos dieron mucha importancia al «sacramento del lavatorio de los pies», pero para algunos ha quedado reducido a un adorno de la celebración eucarística del Jueves Santo. Menos mal que numerosas religiosas siguen cuidando de los niños, pobres, enfermos y ancianos del mundo entero, cumpliendo en ellos la petición de Jesús, que «no vino para ser servido, sino para servir». Separar el sacramento de la eucaristía del sacramento del servicio y del amor fraterno es una contradicción, una traición a la enseñanza de Jesús. Por eso la Iglesia celebra el Jueves Santo «el día del amor fraterno» y en la misa de ese día se hacen colectas para Cáritas.

El sacerdocio ministerial

Jesús adelanta sacramentalmente en la última Cena la entrega de sí mismo en la cruz. Al pedir que se repita su gesto en memoria suya, Jesús constituye la ministerialidad en la Iglesia. Pero nunca deberíamos olvidar que hay un paralelismo entre la orden sobre el pan y el vino y la orden relativa al lavatorio de los pies. En ambos casos, Jesús pide a sus discípulos que lo hagan en memoria suya, recordando y actualizando lo que él hizo. Ambos gestos manifiestan su amor «hasta el extremo», que debería ser también el distintivo de los ministros de la Iglesia. La dimensión sacramental y la diaconal (de servicio) son dos aspectos inseparables de la ministerialidad cristiana.

P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.

(Artículo publicado en la Revista ORAR, Nº 269)