Todos estábamos allí

La historia de Jesús parece terminar en el Gólgota, en ese siniestro «lugar de la calavera». Jesús es despojado de lo último que le queda, de sus ropas, del resto de su dignidad, y sufre la suerte de los rebeldes y de los asesinos, se encuentra entre ellos (cf. Is 53,9). Todo el mal y el pecado del mundo caen sobre él desfigurándolo y destrozándolo por completo (cf. Is 53,5).

El «buen ladrón»

Cuando Jesús está en la cruz tiene que sufrir las burlas de la gente del pueblo, que dice: «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz» (Mt 27,40s; Mc 15,29s). Los miembros del sanedrín insisten en el mismo argumento: «¿No es el rey de Israel?; que baje ahora de la cruz y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora» (Mt 27,42s; Mc 15,31s; Lc 23,35). También los soldados romanos se burlan de él (cf. Lc 23,36). Incluso quienes fueron crucificados a su lado repiten palabras parecidas: «¿No eres tú el mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros» (Lc 23,39; Mc 15,32).

Mateo y Marcos denominan a los que fueron crucificados con Jesús «lestes» (palabra griega que en español traducimos por «bandidos», Mt 27,38; Mc 15,27). Es el mismo término que Juan usa para hablar de Barrabás (Jn 18,40). Por lo tanto, la condena de los que tradicionalmente llamamos «ladrones» no es por haber robado, sino por haberse levantado contra el poder romano, como en el caso de Barrabás. En ese caso se comprende que Jesús fuera crucificado con ellos, ya que también fue acusado de falso rey y de sedicioso contra el poder romano.

Uno de los condenados intuye que la condena de Jesús es injusta, ya que él no era violento ni tenía que ver con los grupos a los que ellos pertenecían. Por eso le suplica: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23,42). A lo que Jesús responde: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43).

Si ese bandido era un judío piadoso, quizás hablaba del reino escatológico, que el mesías de Dios establecería al final de los tiempos. El caso es que Jesús le responde anunciándole que participará de su reino «hoy», el mismo día de su muerte.

Los evangelios no nos transmiten otras palabras que pudieran cruzarse los dos crucificados, pero estas siguen resonando en el corazón de los creyentes, que confían en la misericordia de Jesús, aunque se sientan pecadores e indignos de su gracia. Así, en la historia del cristianismo, Dimas (el nombre que la tradición ha dado al «buen ladrón») se ha convertido en modelo de una esperanza más fuerte que todos los razonamientos y fracasos.

Santa Teresa de Lisieux experimentó que el hombre no se salva por sus buenas obras, sino por el amor de Cristo y encontró en Dimas un ejemplo paradigmático. Ella, que oró con tanta intensidad por algunos grandes pecadores de su época, encontró en la escena del «buen ladrón» un motivo para seguir esperando. Incluso escribe una recreación piadosa en la que Dimas es la excusa para exponer sus ideas. En ella afirma:

«Esos que amas ofenderán al Dios que les ha colmado de beneficios; sin embargo, ten confianza en la misericordia infinita de Dios; ella es lo suficientemente grande para borrar los más grandes crímenes […]. Jesús morirá para dar la vida a Dimas y este entrará el mismo día que el Hijo de Dios en su reino celestial».

Una preciosa oración de la Liturgia de las horas recoge estos sentimientos y dice así: «Señor Jesucristo, que, colgado en la cruz, diste al ladrón arrepentido el reino eterno, míranos a nosotros, que, como él, confesamos nuestras culpas, y concédenos poder entrar también, como él, después de la muerte, en el paraíso. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos».

Murió por nuestros pecados, según las Escrituras

Parece natural que Jesús muera, porque la muerte forma parte de la existencia del hombre. Todo cambia cuando comprendemos que el que muere en el Calvario es el Hijo de Dios, entre las burlas de sus enemigos, que le increpaban: «Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27,40). Como no bajó, pensaron que moría abandonado de Dios, por lo que sus pretensiones mesiánicas quedaban truncadas.

Esto exigió un enorme esfuerzo de interpretación del acontecimiento y de su significado, por parte de la primera generación cristiana. Según el Antiguo Testamento, el mesías debía triunfar. Aparentemente, la cruz es ruptura con las Escrituras. Para comprender el plan salvador de Dios, se tuvo que releer la Biblia con ojos nuevos.

Siguiendo el ejemplo de Jesús, que empezando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que decían las Escrituras sobre la pasión del mesías (cf. Lc 24,26-27), los discípulos se sirvieron de algunos pasajes bíblicos para interpretarla. Especialmente del sacrificio de Isaac, la muerte violenta de los profetas, los cánticos del Siervo de Yahvé en el libro de Isaías, los sufrimientos del justo en el libro de la Sabiduría y algunos salmos (como el 22 [21], el 69 [68], y el 109 [108]).

San Pablo, dentro de este proceso de reflexión, afirmó que «Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras» (1Cor 15,3). En el Credo se recogieron estas dos afirmaciones sobre la muerte de Cristo: que lo hizo según las Escrituras (es decir, cumpliendo un proyecto eterno de Dios) y que fue por nuestros pecados (a causa de nuestros pecados y para perdonarlos).

Yo estaba allí

Muchos conocen el espiritual negro que canta: «Were you there when they crucified my Lord? Oh, sometimes it causes me to tremble«. (Que significa: «¿Estabas tú allí cuando crucificaron al Señor? A veces ese pensamiento me hace temblar»).

Estamos tan acostumbrados a analizar los textos bíblicos hablando de los géneros literarios y del contexto socio-cultural, de la historia de las formas y de las redacciones… que podemos olvidar que fueron escritos con intención de interpelar a los lectores. Pero nosotros somos creyentes, no historiadores que hablan con la mayor neutralidad posible sobre lo que dicen las fuentes acerca de un acontecimiento lejano en el tiempo.

Por eso quisiera recordar que esos textos se dirigen a cada uno de nosotros, son Palabra de Dios para mí, aquí y ahora. Así que volvamos a la pregunta del canto: «¿Estabas tú allí cuando crucificaron al Señor?» Y no respondamos demasiado rápidamente que la pregunta es anacrónica. Por el contrario, estamos ante una pregunta actual, que pide una respuesta teológica (¿Qué significa que yo estaba o no estaba junto a la cruz de Jesús?) y vivencial (¿Yo estaba allí presente, sí o no?).

San Pablo afirma que este es «el gran misterio de nuestra religión» (1Tim 3,16): que Jesús murió por nosotros, «por nuestros pecados» (Rom 4,25; 1Cor 15,3). Lo dice más claro san Pedro: «¡Vosotros crucificasteis a Jesús!» (Hch 2,23). Y añade que «estas palabras les traspasaron el corazón» (Hch 2,37). Eso querría yo, que la Palabra de Dios hoy traspasara mi corazón y el de mis lectores, y que tocara lo más íntimo de nuestras entrañas.

Me resulta demasiado fácil decir como Poncio Pilato: «¡Yo soy inocente de la sangre de este hombre!» (Mt 27,24). Pero debo tomar conciencia de que cuando digo que «Jesús murió por nuestros pecados» estoy diciendo que «¡mis pecados mataron a Jesús!», «¡yo lo maté!». No lo hicieron los judíos ni los romanos, sino yo, mis pecados.

Lo deja muy claro la carta a los Hebreos, cuando afirma que los que vuelven a pecar después del bautismo (o sea, yo) «vuelven a crucificar al Hijo de Dios y lo exponen al escarnio» (Heb 6,6). Es una acusación dura e incómoda. Por eso es más cómodo hablar del pasado, de los otros, sin implicarme demasiado.

Pero en realidad todos estábamos allí. Estábamos con Pilato (¿éramos Pilato?) desinteresándonos del sufrimiento del Justo. Estábamos con la chusma (¿éramos la chusma?) que se reía del fracaso ajeno y despreciaba al débil. Estábamos con el mal ladrón (¿éramos el mal ladrón?) que se quejaba de su mala suerte y era incapaz de comprender el sufrimiento del vecino. Estábamos con el soldado que le ofreció vinagre para su sed (¿éramos el soldado del vinagre?), que despreció al débil y quiso reírse de él. Allí estábamos todos, si es verdad que Cristo, «cargado con nuestros pecados, subió al leño» (1Pe 2,24).

Todo lo dicho es verdad, pero no es toda la verdad. Santa Teresa de Jesús dice que siempre tenemos que trabajar para conocernos mejor a nosotros mismos, para dar luz a los rincones más oscuros de nuestra persona, aunque este proceso a veces sea doloroso. Pero también enseña que ese esfuerzo puede crear frustraciones y escrúpulos si no va acompañado por el verdadero conocimiento de Cristo. Mirando en nuestro interior, encontramos el pecado; mirando a los ojos de Cristo, descubrimos la misericordia.

Hemos recordado que «Jesús murió por nuestros pecados» (Rom 4,25). No debemos olvidar que, a continuación, san Pablo añade que «fue resucitado para nuestra justificación»; es decir: para darnos el perdón. Por eso dice en otro lugar que «Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo» (Ef 2,4s).

Si esto es así (como lo es) tenemos que pensar en otra manera de presencia junto a la cruz del Señor. Recordemos que, en su vida mortal, él no solo pidió por sus discípulos, sino también «por aquellos que por su testimonio, creerán en mí» (Jn 17,20). Jesús pensó en nosotros (en cada uno de nosotros) antes de morir y pensó en nosotros en el momento de la muerte. Él dice hoy a cada uno de nosotros: «Eres precioso para mí y yo te amo. Aunque no hubiera nadie más que tú sobre la tierra, igualmente me habría encarnado e igualmente habría entregado mi vida por ti».

La canción inicial preguntaba: «¿Estabas tú allí cuando crucificaron al Señor?». Y añadía: «A veces ese pensamiento me hace temblar». Reflexionando en lo que hemos visto, verdaderamente deberíamos temblar. Pero no por la vergüenza, sino por el agradecimiento; no por el miedo, sino por la admiración que nos despierta tanta gracia. Esto sí que debería «traspasar nuestros corazones» y convertirlos definitivamente.

P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.

(Artículo publicado en la Revista ORAR, Nº 269)