Lectura orante del Evangelio: Mateo 15,21-28

«El conocimiento de la fe crece, crece con el deseo de encontrar el camino, y en definitiva es un don de Dios, que se revela a nosotros no como una cosa abstracta, sin rostro y sin nombre; la fe responde, más bien, a una Persona, que quiere entrar en una relación de amor profundo con nosotros y comprometer toda nuestra vida. Por eso, cada día nuestro corazón debe vivir la experiencia de la conversión, cada día debe vernos pasar del hombre encerrado en sí mismo al hombre abierto a la acción de Dios, que se deja interpelar por la Palabra del Señor y abre su propia vida a su Amor» (Benedicto XVI)

«¡Señor, socórreme!»

Una mujer pagana, que pide para su hija, abre puertas y rompe fronteras; lleva fuego en las entrañas. Su petición expresa el gemido del Espíritu. Dios no es propiedad de un pueblo, ni el bienestar pertenece solo a los países ricos, ni la salud o la educación son coto privado para adinerados, ni la crisis justifica que se cierren las puertas a los que ‘no son de aquí’. A pesar de la violencia. Por la valentía y la audacia de tantas mujeres en su lucha a favor de la vida, comienzan las cosas más insospechadas y vitales para el ser humano. Una mujer es modelo del diálogo libre y amistoso, verdadero, de frente, con Jesús. «Te buscamos, Señor. Pero tú nos buscas más. Tu amor es para todos».

«No está bien echar a los perros el pan de los hijos»

Jesús tiene claro que el pan es para todos y que en el corazón del Padre hay sitio para todos; sabe que el lenguaje del cariño de Dios se entiende en todas las lenguas. Jesús desea que se haga la tierra cielo, pero quiere romper los estrechos límites de una religión que margina, de una oración que se apropia de Dios, de un corazón que juzga. Quiere ir más allá y sacar el mejor tú del ser humano. `Cristo se mostraba indiferente hacia ella, no por rechazarla, sino para inflamar su deseo` (San Agustín). La oración es atreverse a amar, pide audacia y entrega total. «Gracias, Señor».

«Tienes razón, Señor; pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de los amos»

La cananea no ora de mentira; en su grito orante le va la vida. Su diálogo con Jesús no es un juego ni una costumbre. No quiere soltar al que puede salvar a su hija. Insiste, persevera, se arriesga. Así se prepara para recibir al que nunca se cansa de dar. Así nace una fuente en la estepa: Dios es para todos, y el pan y la dignidad también lo son, y la salud y la palabra también. La solidaridad es necesaria. Siempre hay más de lo que necesitamos. «Jesús, enséñanos a vivir a tu manera».

«Mujer, qué grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas»

Jesús se rinde al amor. Se alegra y agradece la humanidad de la mujer cananea, que se ha dejado guiar por el Espíritu. Esta mujer es para Jesús y para nosotros modelo de fe y de oración. Vivir y expresar así la fe pone al ser humano a la altura de Dios. Dios se pone al servicio del ser humano y a éste se le cambia la impotencia en omnipotencia, la estrechez de miras en grandeza de corazón, la inhumanidad cerrada en comunión con todos los pueblos. La tierra ha dado su fruto, Dios se hace entendible. El Padre bueno está por encima de las barreras que trazamos los humanos. «Gracias, Jesús. En los testigos entendemos el Sí incondicional que das a la humanidad».

Feliz verano. CIPE – Agosto 2017