CUARTA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

Lunes, 2 de febrero

Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2, 22-40).  

A los cuarenta días de su nacimiento Jesús fue presentado en el templo para cumplir la ley. Así se acerca a los pobres. Impulsados y habitados por el Espíritu Santo, llegaron también al templo dos ancianos llenos de esperanza en el corazón: Simeón y Ana. Al conocer al Salvador cantaron llenos de alegría la llegada de la Luz a la humanidad.  

Te doy gracias, Jesús. Tú despiertas en mí la gracia. De mi barro haces una vasija nueva. Con tus dones enriqueces mi pobreza. Te doy gracias, Jesús. ¡Cuánto me amas!

Martes, 3 de febrero

“Una mujer había sufrido mucho… Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto… y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, preguntaba: «Quién me ha tocado el manto?» (Mc 5,21.30).

Una mujer encuentra en Jesús una salida a su situación dolorosa. Va más allá de la ley y le toca silenciosamente. Jesús experimenta que una fuerza prodigiosa ha brotado de él. Y pide que la mujer se coloque en el centro para mirarla con cariño. Nada queda fuera del interés de Dios por sus hijos, porque Él quiere que tengamos vida y vida abundante.

Acércate a Dios y déjate mirar por El, porque “el mirar de Dios es amar”

Miércoles, 4 de febrero  

“No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando” (Mc 6,5.6). 

También nosotros corremos el riesgo de cerrar el corazón cuando Dios se presenta en lo común. El Señor sigue obrando en silencio y ofreciendo su gracia a quien confía. Cuando abrimos los ojos de la fe, lo cotidiano se convierte en lugar de encuentro con Dios y de misión compartida.

Señor Jesús, fortalece nuestra fe para colaborar contigo con un corazón disponible

Jueves, 5 de febrero 

“Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban” (Mc 6,13).

La misión nace de la amistad con Jesús y se vive en fraternidad. Cada creyente, en su vida diaria, puede llevar el consuelo del Evangelio y la alegría de quien invita a volver al Padre.

Señor Jesús, haznos servidores que consuelen, y reflejen tu Evangelio con la vida. Espíritu Santo, guía nuestros pasos, une nuestros corazones y sostén nuestra alegría en la misión

Viernes, 6 de febrero  

 “Herodes, al oírlo, decía: «Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado” (Mc 6,16).

Las palabras y gestos de Jesús se extienden entre la gente sencilla y necesitada; pero muchos no entienden la novedad de su mensaje. El rey Herodes estima a Juan Bautista; pero cede a la sensualidad y los compromisos de corte. La fiesta tiene un final macabro. Vivir la vida cristiana y la comunión con la Iglesia significa valorar a todas las personas, respetar su dignidad.

Acoge la cruz de Cristo, que ha hecho de ella el símbolo supremo del amor.  

Sábado, 7 de febrero

«Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco» (Mc 6,31).

Jesús invita a sus discípulos a la soledad y al descanso para compartir experiencias y reavivar el amor. Los discípulos necesitan una experiencia de silencio, de desierto, para ver las cosas como son y para recorrer los caminos de Jesús. Las gentes los siguen y Jesús, buen pastor, se compadece de ellas, las atiende y las cuida

Escucha la invitación de Jesús que te llama al silencio para estar contigo y decirte su amor.

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