EVANGELIO ORADO

Domingo, 17 de diciembre

  • Comienza hoy preguntándote: «¿Quién soy? ¿Qué digo de mí mismo?».
  • Recuerda con agradecimiento a las personas que, con su estilo de vivir, te han ayudado a acercarte a Jesús. Ellas son profetas del amor de Dios en el mundo; dan esperanza a los más pobres, ofrecen pistas en medio de la noche.
  • «Los Apóstoles jamás olvidaron el momento en que Jesús les tocó el corazón» (Papa Francisco, EG 13).

Evangelio de Juan 1,6-8.19-28

«Juan venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. ¿Tú quién eres? Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías. Yo soy la voz que grita en el desierto: «Allanad el camino del Señor». En medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo»».

Escuchamos más a gusto a los testigos que a los maestros. Juan da testimonio; se coloca como una pequeña luz en medio de las gentes. ¡Qué dignidad tan grande la de ser testigos de Dios!

¡Qué alegría vivir la vida como amigos de Dios!

La oración contemplativa nos enseña a ser signos de Dios, a reflejar su ternura y su bondad. Juan es una voz, solo dice lo que la Palabra dice.

«Andar en verdad… caminar con alegría y libertad… amar mucho y un ánimo animoso para ir hacia adelante pase lo que pase» (Santa Teresa, Camino 4,4.21,2).

«¡Oh grandeza de Dios! ¡Y cómo mostráis vuestro poder en dar osadía a una hormiga!… Como nunca nos determinamos, sino llenos de temores y prudencias humanas, así, Dios mío, no obráis Vos vuestras maravillas y grandezas.¿Quién más amigo de dar, si tuviese a quién?» (Santa Teresa, Fundaciones 2,7).

«Dios nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus misericordias; no nos cansemos nosotros de recibir» (Santa Teresa, Vida 19,15).

«Aquí me tienes, Señor. Toma mi vida. Muchas personas no te conocen. Quiero ser un humilde signo de tu presencia. Sé tú en mí, que quien me mire te vea».

Lunes, 18 de diciembre

  • Invoca al Espíritu Santo. Él te ayuda a reconocer hoy la obra de Dios en tu vida.
  • La belleza de la huella de Dios sigue viva en cada ser creado.
  • El Espíritu Santo te lleva a poner los ojos en María para contemplar en ella el misterio de Dios encarnado.

«La memoria del pueblo fiel, como la de María, debe quedar rebosante de las maravillas de Dios. Su corazón, esperanzado en la práctica alegre y posible del amor que se le comunicó, siente que toda palabra en la Escritura es primero don antes que exigencia» (Papa Francisco, EG 142).

Del Evangelio de Mateo 1,18-24

«María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados…. Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa «Dios-con-nosotros».

María dejó que Dios entrara en su vida de forma sorprendente, nunca se atrevió a soñar algo así. Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

Miramos a José y María. ¡Qué dos regalos tan grandes para vivir nuestra fe! El Espíritu Santo es el gran artífice de la Historia de la Salvación ayer y hoy.

«El silencio de José centra la atención en el misterio que los evangelistas nos relatan: el Mesías que va a nacer y ha nacido. José sabrá estar discretamente en segundo plano alentando desde lo oculto, sin otro protagonismo que su amor callado, sin quedarse al margen, comprometiendo su persona en atención silenciosa y decidida, cuando se trata de dar pasos concretos… José permanecerá atento en la noche del no entender, para descubrir el sentido de su historia personal y del querer de Dios, aguardando, como los mejores hijos de su pueblo, la voz de Dios» (Miguel Márquez, carmelita descalzo).

«Espíritu Santo, quiero ser dócil como María y José. Guía mis pasos vacilantes».

Martes, 19 de diciembre

  • Comienza el día abriéndote confiado a Dios, «que es muy buen pagador y paga muy sin tasa», como dice santa Teresa de Jesús.
  • Así tu pobreza, lejos de ser una ocasión de lamento, será una oportunidad para que Dios te llene hasta rebosar.

«Jesús nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría» (Papa Francisco, EG 3).

Evangelio de Lucas 1,5-25.

«Y se le apareció el ángel del Señor… le dijo: ‘No temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan. Te llenarás de alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento. Pues será grande a los ojos del Señor…’. Zacarías replicó al ángel: ‘¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada?’. Al cumplirse los días de su servicio en el templo volvió a casa. Días después concibió Isabel, su mujer, y estuvo sin salir cinco meses, diciendo: ‘Así me ha tratado el Señor cuando se ha dignado quitar mi afrenta ante los hombres'».

Zacarías es un orante persistente, un modelo para nosotros. Día tras día pide, junto a su mujer, un hijo a Dios. Un día, Dios les ensancha el espacio de la tienda, rompe sus límites.

El marido de Isabel se detiene, no entiende lo que Dios dice. La respuesta de Dios enmudece su mente y le abre al Misterio.

Preguntemos a Dios qué ha soñado para cada uno de nosotros y ayudémosle a hacerlo realidad, no puede haber nada mejor.

«¡Oh Señor mío, cómo sois Vos el amigo verdadero; y como poderoso, cuando queréis podéis, y nunca dejáis de querer si os quieren! ¡Alaben os todas las cosas, Señor del mundo! ¡Oh, quién diese voces por él, para decir cuán fiel sois a vuestros amigos! Todas las cosas faltan; Vos Señor de todas ellas, nunca faltáis» (Santa Teresa, Vida 25,17).

«Señor, ¿qué quieres de mí? Me abro confiado a tus proyectos. Hágase en mí según tu palabra».

Miércoles, 20 de diciembre

  • Comienza hoy tu jornada aquietando tu cuerpo, silenciando tu mente. Siente la cercanía de la Virgen María y de san José, que te acompañan.
  • La vida de José y María está envuelta en un silencio sereno, real, hondo, contagioso, que te conduce más adentro, al centro, al corazón, al hogar de Dios en ti.
  • Ella te lleva de la mano (como una hermana, amiga, madre) a una escucha de la vida que amanece dentro de ti: la vida de Dios. El silencio de María y de José es el silencio de la pobreza que confía, de la precariedad que se deja enriquecer, de la fragilidad fortalecida.
  • Ellos te ayudan y enseñan a dejar que la vida de Jesús crezca dentro de ti.

«Cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes» (Papa Francisco, EG 288).

Evangelio de Lucas 1,36-38.

«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. No temas, María. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Nos sobrecoge el hágase de María que permitió a Dios encarnarse en ella. ¡Qué inmensa la humildad de Dios! Con María aprendemos a dejarle hacer a Dios en nosotros.

La humildad consiste en dejarnos hacer, como el barro en manos del alfarero. No hace falta ser grandes. En nuestra pequeñez se posa la mirada amorosa de Dios para que nazca en nosotros una historia de misericordia, presencia tangible de Dios en el mundo. ¡Bendito seas, Señor!

«En los amores perfectos esta ley se requería: que se haga semejante el amante a quien quería que la mayor semejanza más deleite contenía; el cual, sin duda, en tu esposa grandemente crecería si te viere semejante en la carne que tenía» (San Juan de la Cruz, Romance 7).

«Con María, me acercaré a cada hermano, llamaré a su puerta, y entraré en el misterioso espacio de tu presencia, Señor».

Jueves, 21 de diciembre

  • Ya se acerca la Navidad. Escucha la alegría del Hijo de Dios que nace de la Virgen María.
  • Atrévete a decir con Ella: «hágase, que se cumpla tu querer misterioso, oh Dios desconocido y fascinante».

«Es Jesús quien nos dice, con una potencia que nos llena de inmensa confianza y de firmísima esperanza: ‘Yo hago nuevas todas las cosas’ (Ap 21,5). Con María avanzamos confiados hacia esta promesa» (Papa Francisco, EG 288).

Evangelio de Lucas 1,39-45

«María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: ‘¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá'».

Contemplamos a María que sale de su casa con premura y se pone en camino, acogiendo la bendición de Isabel, inclinada para servir a la vida que se gesta en sus vientres de mujer.

El Misterio que habita el seno de María no la encierra en sí misma sino que la pone en camino hacia otra mujer, también sorprendida y fecunda de vida.

El saludo entre ellas desata el gozo. La alegría se convierte en danza para Dios. ¡Todo es Gracia! ¡La fe se ilumina y la Promesa se expande!

«Entonces llamó a un arcángel que san Gabriel se decía, y enviolo a una doncella que se llamaba María, de cuyo consentimiento el misterio se hacía; en la cual la Trinidad de carne al Verbo vestía; y aunque tres hacen la obra, en el uno se hacía; y quedó el Verbo encarnado en el vientre de María. Y el que tenía sólo Padre, ya también Madre tenía, aunque no como cualquiera que de varón concebía, que de las entrañas de ella él su carne recibía; por lo cual Hijo de Dios y del hombre se decía». (San Juan de la Cruz, Romance 8).

«En silencio amoroso escucho tu saludo, María. En silencio confiado percibo el Misterio que todo lo inunda. En silencio sonoro disfruto de la Presencia del Dios con nosotros. En medio del silencio sigo tus huellas que me llevan a los hermanos».

Viernes, 22 de diciembre

  • Comienza hoy la oración tomando conciencia de la presencia de Dios en ti. Su amor te rodea, te habita y te constituye.
  • Haz sobre ti la señal de la presencia: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
  • Hoy tienes la oportunidad de responder al amor gratuito que Dios ha derramado para siempre sobre la humanidad.

«María, tú, llena de la presencia de Cristo, llevaste la alegría a Juan el Bautista, haciéndolo exultar en el seno de su madre. Tú, estremecida de gozo, cantaste las maravillas del Señor» (Papa Francisco, EG 288).

Evangelio de Lucas 1,46-56.

«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador… El Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».

San Juan de la Cruz nos regala una palabra sobre María en la que nos dice que su música fue la del Espíritu Santo, que solo bailó a su son. No tuvo más señores ni más dueños de su alma.

La canción de María es un grito de júbilo incontenible porque Dios ha mirado su pequeñez, su simplicidad. María se siente libre para cantar y danzar en honor de Dios que la habita.

A María, la mujer de ojos nuevos, le brota la alabanza, la alegría, la gratitud ante el obrar sin medida de Dios. Sus palabras orantes reflejan el rostro de un Dios humano, metido en la historia de la Humanidad, siempre al lado de los pobres.

«Si quitásemos la pobreza del Evangelio, no se entendería nada del mensaje de Jesús» (Papa Francisco, Homilía 16 de junio de 2015).

«¡Si conocieras el don de Dios!… Hubo una criatura que conoció ese don de Dios; una criatura que no desperdició nada de él; una criatura tan pura, tan luminosa que parecía ser la Luz misma. Una criatura cuya vida fue tan sencilla, que apenas puede decirse algo de ella. Es la Virgen fiel, la que guardaba todas aquellas cosas en su corazón. Ella se consideraba un ser tan insignificante y permanecía tan recogida delante de Dios en el santuario de su alma que atrajo las complacencias de la Santísima Trinidad» (Santa Isabel de la Trinidad).

«Santa María, dame tu paz y tu fe para para que broten en mi corazón músicas que alaben y bendigan al Señor. Virgen María, que mi Navidad no excluya a los necesitados porque sin ellos no hay Navidad».

Sábado, 23 de diciembre

  • ¡Alégrate! Ya se acerca tu Salvador. Engalana tu corazón para Él.

«Poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias» (Papa Francisco, EG 6).

Evangelio de Lucas 1,57-66

«A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban. A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo: «¡No! Se va a llamar Juan…». Preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Todos se quedaron extrañados. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: «¿Qué va a ser este niño?». Porque la mano del Señor estaba con él».

Dos ancianos son testigos de la misericordia de Dios en sus vidas. El amor que libera, recrea y fecunda no puede ocultarse. Hay que mirar a los pequeños para descubrir los milagros de Dios.

El Evangelio de hoy nos presenta a Zacarías, el orante que entró en una experiencia de silencio, de despojo. Aprendió a orar silenciando sus labios, solo con el corazón. Isabel y él escucharon en su interior y esperaron a oscuras.

Al final, sus rostros se iluminaron y de sus labios brotó la alabanza a Dios, fiel a sus promesas. Toda una lección para nosotros.

«En casa de Isabel escucho, de rodillas, el cántico sagrado, ¡oh Reina de los ángeles!, que de tu corazón brota exaltado. Me enseñas a cantar los loores divinos, a gloriarme en Jesús, mi Salvador. Tus palabras de amor son las místicas rosas que envolverán en su perfume vivo a los siglos futuros. En ti el Omnipotente obró sus maravillas, yo quiero meditarlas y bendecir a Dios» (Santa Teresita, poesía: «Por qué te amo, ¡Oh María!»).

Quiero esperarte, Señor, aunque «mi casa» esté tan sucia y desvencijada como aquel pobre establo de Belén. Quiero abrirme a tu gracia, a tu amor, y contigo quiero acoger a todo el que necesite mi pobre abrazo. Es un gozo saberte tan enamorado de la pobreza, de mi pobreza. A mí me avergüenza y tú la amas… ¡Gracias, Señor!