Vienen de lejos, siguen una estrella, entran en una cueva, se postran para adorar al niño que tienen delante y abren sus cofres para ofrecerle regalos.

Gestos sencillos y hermosos al alcance de cualquiera de nosotros. Y en el cofre vacío de sus corazones se les mete la dulzura de los ojos del Niño Dios, la alegría de un niño Dios que nos visita por amor, el sueño maravilloso de un Dios que se coloca en lo más bajo y junto a los que viven más abajo. Y se marchan por otro camino y ya no sabemos más de ellos. Ya no les guía la estrella, sino el gozo que ese niño les ha regalado. Son pura epifanía, manifestación transparente de Jesús niño, que se ha quedado prendido en sus ojos.

 “Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey He­rodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: -«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorar­lo»…
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde esta­ba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. En­traron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino” (Mateo 2, 1-12).

Ver es mirar atentamente, hasta llegar a sobrecogernos. Cuando lo hacemos descubrimos milagros; quedamos maravillados ante tantas cosas que habitualmente pasan desapercibidas.

Caer de rodillas es dejar las grandezas que nos superan y colocarnos a la altura de nuestra verdad. Sólo desde ahí se ven bien las cosas y se puede vivir el milagro de la fraternidad, donde ninguno es más que nadie ni tiene más derechos que nadie. Sólo abajados, podemos vivir la solidaridad y hacer presente el amor que nos iguala.

Adorar es centrar la mirada del corazón en lo esencial: una mujer con el Niño entre las manos. Y así estar y estar, con un manto de silencio amoroso cubriéndolo todo.

Orar es descubrir que el Padre nos mira con amor, que el Hijo se ha empequeñecido por amor, que el Espíritu nos adora y embellece con sus dones.

Recorre a tu manera los pasos de los Magos. Formas parte de la iglesia, quien al ver la estrella, se llena de inmensa alegría.

Despierta tu conciencia misionera, que no es un apéndice de tu vida cristiana, sino la raíz de la misma. Siente siempre la compañía de María, estrella de la nueva evangelización.

Deja que hoy se te meta dentro del corazón este continente: Africa. Continente marginado, que se ha convertido en un auténtico apéndice del mundo, y que, en palabras de Juan Pablo II podría compararse al hombre evangélico que mientas bajaba de Jerusalén a Jericó cayó en manos de unos salteadores.