Domingo vigésimo octavo del tiempo ordinario. Lectura orante del Evangelio en clave teresiana: Marcos 10,17-30

Pongamos los ojos en Cristo, nuestro bien (Santa Teresa, IM 2,11).

Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?

Deja por un momento tus ocupaciones habituales; entra un instante dentro de ti, lejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas. Dedica un rato a estar con Jesús. Descansa siquiera un momento junto a él. Tu dignidad más grande consiste en la invitación a vivir en amistad con él. Pregúntale con sencillez y limpieza de corazón: ‘¿qué tengo que hacer para vivir en plenitud? Quédate así un rato, poniendo ante Jesús el deseo de vida que llevas en el corazón. Únete a todos los que buscan a Jesús.
De ver a Cristo me quedó imprimida su grandísima hermosura (Santa Teresa, V 37,4).

Ya sabes los mandamientos.

Jesús que te enseñe a buscar la vida verdadera, la que deseas en lo más profundo de tu corazón. Pero recuerda algo muy importante: Jesús desea, mucho más que tú, que tengas vida en abundancia. Espera, pues, pacientemente su palabra. El deseo ensanchará tu corazón y lo dilatará para que quepa en él la vida. Jesús se te dará a sentir, porque está dentro de ti.
¿Qué queréis, Señor, que haga? De muchas maneras os enseñará allí con qué le agradéis (Santa Teresa, 7M 3,9).

Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres y sígueme.

Jesús te conoce mucho más que tú a ti. Él sabe lo que le hace falta a tu corazón para vivir en plenitud. Te propone un camino nuevo. Pide fuerza al Espíritu para vender lo que no te da vida. Compartir con los pobres es compartir con el mismo Dios. Y, después, escucha su palabra: Sígueme. Deja que esta palabra te resuene dentro, hasta que se convierta en la más hermosa melodía de amor que has escuchado. No hay mayor riqueza que poner los ojos en Jesús e ir con él.
No hay saber ni manera de regalo que yo estime en nada en comparación del que es oír sola una palabra dicha de aquella divina boca (Santa Teresa, V 37,4).

A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico.

Hay muchas personas que no esperan nada de Jesús. Se marchan, más o menos indiferentes, quizás tristes. ¿Qué harás tú? Jesús te sigue esperando; la eficacia de su Palabra se muestra en tu respuesta. Haya sido como haya sido tu vida, todo puede comenzar para ti, porque Jesús nunca se cansa de amarte y de esperarte. Comenzóme mucho mayor amor y confianza de este Señor… Veía que, aunque era Dios, que era Hombre, que no se espanta de las flaquezas de los hombres, que entiende nuestra miserable compostura, sujeta a mil caídas…
Puedo tratar como con amigo, aunque es Señor (Santa Teresa, V 37,5).

¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!

Los pobres nos marcan el camino para ser seguidores de Jesús y aprender a recibir del que es tan amigo de dar. La ternura nos reconcilia con todo. Estar con los débiles nos permite ver a Jesús y seguirle. Termina este momento de oración con estas palabras orantes de Teresa de Jesús:
¡Oh grandeza de Dios y cómo mostráis vuestro poder en dar osadía a una hormiga! ¡Y cómo, Señor mío, no queda por Vos el no hacer grandes obras los que os aman, sino por nuestra cobardía y pusilanimidad! Como nunca nos determinamos sino llenos de mil temores y prudencias humanas, así, Dios mío, no obráis Vos vuestras maravillas y grandezas.
¿Quién más amigo de dar, si tuviese a quién? (Fundaciones 2,7).  

Feliz fiesta de santa Teresa, la mujer que puso los ojos en Jesús – CIPE, octubre 2021

Libros recomendados por CIPE:

Post recomendados:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *