Domingo vigésimo séptimo del tiempo ordinario. Lectura orante del Evangelio: Marcos 10,2-16

Ya toda me entregué y di, y de tal suerte he trocado, que mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado (Poesía de santa Teresa de Jesús).

Se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?

Van a Jesús con un problema real, aunque sea para ponerlo a prueba. El problema también es de hoy. La vieja mentalidad, por muy legal que sea, ha endurecido el corazón y ha hecho olvidar los caminos de la vida. ¿Es lícito romper la comunión? ¿Se puede perder el amor? ¿Tiene justificación alguna seguir con el dominio del varón sobre la mujer, de los poderosos y grandes sobre los débiles y pequeños? ¿Qué dice Jesús, tan cercano al pueblo, tan fiel a la voluntad de Dios, tan libre?
¿Qué queréis, Señor, que haga? De muchas maneras os enseñará allí con qué le agradéis (Santa Teresa, 7M 0b96103,9).

Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne.

Jesús va a las raíces de Dios, fuente de todo amor. No habla de divorcio, habla de amor. Dios nos ha creado para ser felices en un proyecto de comunión de vida y amor. En el darse en una sola carne está la plenitud. El verdadero enemigo del matrimonio es el egoísmo. El amor en el matrimonio, por muy extendida que esté la opinión contraria, no es un mejor sentimiento, algo que viene y se va, algo que se rompe sin esfuerzo alguno. El matrimonio, signo del amor que es Dios, es una escuela de amor, pero es también la prueba de fuego para aquilatarlo. Desde Dios es posible vivir el matrimonio como amor, libre y gratuito, sin imposiciones ni dominios falsos. Porque solo hay amor entre personas libres e iguales, donde se despliega la capacidad de darse. La vivencia del amor es tan bella, que justifica que el varón y la mujer abandonen el yo (padre y madre) y se pongan a vivir desde el ‘nosotros’ creando una historia de amor juntos.
Ya era tiempo de que sus cosas tomase ella por suyas, y él tendría cuidado de las suyas (Santa Teresa, 7M 2,1).

Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

Con Jesús llega la novedad, va a las fuentes de Dios para verlo todo desde su proyecto de vida. El no es la meta del matrimonio. El matrimonio es indisoluble cuando se da un mutuo y auténtico amor. Nuestros pecados contra el amor no empañan la belleza del plan de Dios. Hay un primer amor, el de Dios, en el que se cimientan todos los demás amores. Jesús no impone un yugo sino que pretende liberarnos del egoísmo. El matrimonio es un espacio de Dios, una parábola de comunión en un mundo roto, un lugar de bendición de Dios para la humanidad. Sin excomulgar a nadie, con mucha misericordia y comprensión para los que están heridos, con las puertas de la Iglesia abiertas a los divorciados, porque en todo amor verdadero se dice Dios y siempre tienen sitio los pequeños.
Hemos conocido el amor, hemos creído en el amor. Y dando fuerza a nuestra vida de amor, está el Espíritu.  

                                                                      Feliz Domingo – CIPE – octubre 2021

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