Oración ante el ‘Cristo de los Desamparados’, de Martínez Montañés, en el Convento del Santo Ángel de Sevilla, de los carmelitas descalzos.

José-Manuel Montesinos

Señor Dios, Amado mío,

Cristo en los Desamparados.

 

¿Quién amparará a este niño

en el mar de los ahogados?

¿Quién consolará a este padre

de ojos tan desencajados?

 

¿No habrá ni un clavo siquiera

al que quedarse agarrados?

¿No habrá un madero a la vera

para los desamparados?

 

¿Es que no hay quien ampare

con los brazos levantados?

¿Es que no hay quien repare

corazones angustiados?

 

Madera que viene ardiendo

sin haberse aún quemado,

fuego fue en amor prendido

de escultor enamorado,

 

Vivo leño de fe viva

es, Cristo Crucificado,

en esta madera orante

del amor policromado.

 

Mi insensible corazón

de pedernal golpeado

volviérase brote verde

en tu Cruz bien arraigado.

 

Que, en Ti, flor y fruto diera

por tu savia alimentado:

Tú en mí, por misericordia;

yo en Ti, «misericordiado».

 

Que mi brazos se prolonguen

con los tuyos abrazados,

que mis pies se planten firmes

en la fe bien enclavados,

 

y que en cálida acogida

se derrame en mi costado

mi corazón, como el tuyo,

por amor atravesado.

 

Y a la tarde de la vida

quede bien examinado,

Señor Dios, Amado mío,

Cristo en los Desamparados.

 

A los padres carmelitas del Santo Ángel de Sevilla en los 400 años de la hechura y presencia del Cristo de los Desamparados de Martínez Montañés.