Lectura orante del Evangelio: Lucas 4,1-13

«No esperes a convertirte» (Papa Francisco)

Jesús, lleno del Espíritu Santo

Miramos a Jesús, lleno del Espíritu, acompañado y educado por él, fiel al proyecto del Padre. Nosotros, para ir con Jesús, necesitamos la ayuda del Espíritu. Contamos con su alegría para salir del ruido e ir al silencio, nos contagia su valentía para dejar atrás la comodidad y entrar en una fidelidad creativa, nos desafía a abandonar estilos de vida individualistas para abrazar caminos decomunión. El Espíritu, como ayuda en nuestra debilidad, nos mantiene, en esta hora, fieles a lo que somos: hijos de Dios, creyentes en el Evangelio. Gracias, Espíritu Santo.

Era tentado por el diablo

La tentación acompañó a Jesús toda su vida; combatió contra el diablo, lo venció con la Palabra, con el amor fiel del Padre. También a nosotros nos acompaña la tentación, presente de muchas maneras. El diablo y los que actúan con él pretenden alejarnos de lo que somos por gracia y vocación, se empeñan en convencernos de las contradicciones de Dios, trabajan para que desconfiemos de Dios y pongamos nuestra seguridad en dioses más rentables. Sabemos lo que es ser vencidos. Pero en este tiempo de Cuaresma Jesús nos cura, el Padre nos abraza, el Espíritu nos consuela. Padre, no nos dejes caer en la tentación.

«Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan»

Pero Jesús no quiso usar la filiación divina para negar la finitud humana. Jugar con Dios, utilizarle para los propios intereses, eso es la tentación. No aceptar la verdad de lo que somos, pretender grandezas que nos superan, eso es la tentación. Vivir una religión sin compasión ni ternura hacia los que pasan necesidad, eso es la tentación. ¿Y la fe? La fe es la apertura al don de Dios, la confianza en él, la vida que nace del encuentro con la verdad que sale de su boca, el pan que se convierte en pan nuestro, pan de todos. Jesús, sé tú nuestro apoyo y fortaleza.

«Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo»

Poder del mundo frente al poder de la cruz. Esclavitud y libertad, cara a cara. Gloria conseguida a costa de la dignidad de seres humanos pisoteados o plenitud de Dios que levanta al desvalido. ¿Quién nos habita en los adentros? ¿A quién adora nuestro corazón? Jesús nos señala un camino nuevo de servicio humilde y de acompañamiento fraterno a tantos que necesitan amor y esperanza. Junto a Jesús no hay gloria más grande que la de dar la vida por los demás. Amando: así queremos adorarte, Señor Dios nuestro.

«Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti, para que te cuiden»

¿Qué pasa cuando la tentación nos lleva a tentar a Dios? ¿Qué pasa cuando con nuestras prácticas religiosas perseguimos la ostentación y la vanagloria? Jesús no cae en esta tentación; sigue su camino como siervo; así nos ama y nos salva. En la cruz vence todos los engaños. Nuestro mayor timbre de gloria es ir con él, vivir como él, amar y servir como él. Dios no es un objeto, es nuestro todo. La fe es la grandeza en nuestra pequeñez. Gracias, Espíritu.

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