Lectura orante del Evangelio: Juan 8,1-11

«Con Jesús, misericordia de Dios encarnada, ha llegado la ley del Espíritu, que entra en el corazón y lo libera» (Papa Francisco)

Le traen una mujer sorprendida en adulterio

Estamos ante una joya de la misericordia. Jesús ha pasado la noche orando en el huerto de los Olivos. La gente se ha ido a sus casas. De madrugada va al templo y una multitud se agolpa para escucharlo. En esto, los escribas y fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio. La ponen en el centro. La mujer no tiene escapatoria -los débiles siempre son culpables- y desean que Jesús tampoco la tenga. Lo que dice y hace Jesús les resulta tan escandaloso que lo quieren quitar de en medio. No les encaja en sus esquemas esa manía de Jesús de buscar a los perdidos, de levantar a los caídos. Jesús, sánanos. Que no busquemos culpables sino cómo rehacer la vida con ternura.

«La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices?»

Una mujer: entre Jesús y la gente. Una mujer sin nombre, sin identidad, como un objeto, como una cosa, sin derecho a hablar, utilizada. Y unas palabras en nombre de la Ley de Moisés que desafían a Jesús. Los que no aceptan las enseñanzas de Jesús, aunque con ironía lo llamen maestro, le exigen a Jesús que diga algo. Una mirada fría, con odio, agresiva, pretendidamente amparada en la ley, quiere la muerte. ¿Cuál será la mirada de Jesús? ¿Cómo sonará, aquí y ahora, su canto a la misericordia? Tu gracia, Jesús, no rechaza ni apedrea, no margina ni condena.

«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra»

¿Será la lapidación la última palabra de Dios sobre esta mujer? La tensión se masca. Las piedras, en las manos. Pero Jesús, en silencio, abre el camino a la gracia, con la que se puede mirar con misericordia el error. Finalmente Jesús habla invitando a cada uno a entrar en su interior: «el que esté sin pecado». Solo después del encuentro con el pecado y con el abrazo misericordioso de Dios, es posible tratar bien el pecado de los demás. Jesús no trivializa el pecado, basta mirar la cruz para entenderlo. Pero todo pecador pide misericordia. Jesús, que no perdamos la novedad de tu Evangelio.

Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio. Que seguía allí delante

Los acusadores se fueron escabullendo uno a uno. Las piedras volvieron al suelo. Después de todo el ruido condenatorio, solo quedan dos seres humanos que se miran con una mirada de amor: la mujer rota y Jesús, misericordia que levanta. Entre Jesús y la mujer se ha abierto un espacio de dignidad, hay corazón. Ahora todo huele a vida. La mujer, que está de pie ante de Jesús, absuelta, redimida y dignificada, asume por primera vez un papel activo.Jesús ha rehecho una vida perdida a base de ternura. Se ha hecho posible lo imposible. A solas contigo, Jesús, también nosotros ansiamos tu mirada liberadora.

«Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más»

¡Con qué facilidad perdona Jesús! ¡Con qué alegría ve la belleza escondida que el Padre ha dibujado en las entrañas! Perdonando, crea futuro. Lo de atrás queda borrado. Solo el encuentro con Jesús queda, imborrable, en el corazón. «Tampoco yo te condeno»: un mensaje corto en palabras, pero que llega al hondón del alma. Es hora de correr hacia la vida. El perdón es la alegría que viven y anuncian los amigos de Jesús: «Tampoco yo te condeno». En adelante, es hora de hacer las cosas mejor de lo que las hemos hecho. Es hora de que el sufrimiento de la mujer, y de todas las víctimas, tenga un eco más vivo y concreto en nuestra oración. Gracias, Jesús. Tu perdón es una fiesta. Tu ternura nos empuja a vivir de otra manera. Eres único.

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