EL EVANGELIO EN LOS DÍAS DE NAVIDAD

Sábado, 25 de diciembre

LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

«El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria…, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14).

La Palabra se hace Luz y alumbra nuestras oscuridades. La Palabra es Vida que recrea y levanta nuestras muertes. La Navidad nos hace hermanos, familia. La Navidad nos invita a mirar a Dios Niño, cercano, entre nosotros; mirar y aprender de él a ser sencillamente humanos.

Jesús, te acercas pequeño y me miras con ternura. Te metes silencioso por las rendijas de mi pobre corazón y las llenas de luz, de paz y de gozo.

Domingo, 26 de diciembre

LA SAGRADA FAMILIA: JESÚS, MARÍA Y JOSÉ

Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52).

Los orantes miramos siempre a Jesús para aprender a estar en la casa y en las cosas del Padre, y a entregarnos a su voluntad vivificadora. Nuestra casa es el amor del Padre. Él está con nosotros amándonos.

Tú, Jesús, nos enseñas a vivir en familia. La paciencia, el perdón y el amor van tejiendo la unión y comunión entre todos.

Lunes, 27 de diciembre

SAN JUAN, APÓSTOL Y EVANGELISTA

“El primer día de la semana, María Magdalena echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto» (Jn 20, 2-3).

El primer día de la semana la Palabra resuena en todo lo creado. Todo lo llena de luz y de gracia. El amor, que nunca muere, vuelve a iluminar y alentar el corazón humano para entrar en el Misterio del Amor que todo lo desborda y todo lo llena de vida.

Tu luz, Señor, llena de claridad el mundo. Mi casa iluminada por tu luz es reflejo de tu presencia. Busco tu luz, Señor, busco tu amor cada día.

Martes, 28 de diciembre

LOS SANTOS INOCENTES

“Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo» (Mt 2, 13-14).

Contemplar el pesebre es también aprender a escuchar lo que acontece a nuestro alrededor y tener un corazón sensible y abierto al dolor del prójimo, especialmente cuando se trata de niños.

Señor, ayúdame a mirar de frente el sufrimiento de tantos inocentes. Que mis oídos escuchen su grito y mi corazón acoja su dolor. Tu ternura en mis manos puede aliviar sus heridas.

Miércoles, 29 de diciembre

“Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz” (Lc 2, 22-35).

Los ojos del anciano Simeón están llenos de luz y de vida porque está habitado e impulsado por el Espíritu Santo. No ha perdido la esperanza porque siempre ha estado en contacto con el Dios de la vida. Su encuentro en el Templo, con María, José y el Niño llena de gozo su corazón  al ver cumplida la promesa que el Dios de la Alianza había hecho a su pueblo.

Envíame tu Espíritu, para que no te abandone en la dificultad. Con él espero confiado en la fuerza de tu amor.

Jueves, 30 de diciembre

Una profetisa, Ana. Era una mujer muy anciana,… viuda; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén” (Lc 2, 36-38).

Una mujer llena de esperanza que no mira con tristeza su avanzada edad, ni se lamenta por las pérdidas en el pasado. Vive con plenitud el presente dedicando su vida a Dios. Una sabia discípula-misionera. Al encontrarse con el Dios Salvador, en ese pequeño Niño, anuncia la salvación a cuantos encuentra en el camino.

Que tu luz alumbre la oscuridad de nuestro mundo y encienda la llama del amor en mi corazón y en el de mis hermanos.

Viernes, 31 de diciembre

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo” (Jn 1, 1-18).

¿Seremos capaces de acoger ahora, en nuestra pobre vasija de barro, la luz de Dios en el Niño de Belén?

Gracias, Señor, por la vida, por tu Vida en mi vida. Gracias por todo lo recibido durante este año: Los acontecimientos agradables y los sucesos dolorosos. Gracias por la bondad y solidaridad de muchas personas  que en situaciones de pandemias y desastres naturales unen sus manos solidarias y ofrecen gestos samaritanos.

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