“Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: ‘Paz a vosotros’. Luego dijo a Tomás: ‘Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente’. Contestó Tomás: ‘¡Señor mío y Dios mío!’ Jesús le dijo: ‘¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto” (Jn 20,26-29).
Un pensador de nuestros días ha definido al Papa Juan Pablo II como un hombre “con los pies en la tierra, pero capaz de elevarlo todo hacia Dios”. ¡Qué buena definición para orantes! Tocar con los pies la tierra, ser hombres y mujeres de hoy, dejar que todo lo humano tenga eco en nuestro corazón; tocar con la mano el costado abierto del Señor, ser hombres y mujeres con experiencia de amor, dejar que todo el misterio de Dios entre en nuestra casa y la ilumine. Esto es ser un icono de Jesús en medio del mundo. Esto es vivir la experiencia de la gratuidad.
Las puertas cerradas
El grupo tus amigos, Señor, tenía las puertas cerradas.
Cerrados a la luz, incapaces de asomarse a la vida.
No había alegría ni canciones en la casa;
solo un fracaso rumiado se iba haciendo raíz amarga en el corazón.
La noche oscura no dejaba ver ninguna amanecida.
“Estar con las puertas cerradas”, todo un símbolo para nosotros.
Estar cerrados al diálogo, al encuentro, a la alegría.
Estar cerrados a tu presencia luminosa, a tu amor.
Las manos y el costado
Tú, Jesús eres el que entra y abre puertas.
Tocas con tu luz la oscuridad, esclareces el misterio del hombre.
Te pones en medio del grupo. Nos saludas con la paz.
Lo haces muchas veces, porque la muerte y la tristeza se han adueñado de nosotros.
Nos enseñas las señales de tu amor.
Tus manos abiertas nos muestran la ternura.
Tu costado abierto deja que se asome tu amor sin límites.
Entras tú, Jesús, y en la comunidad se empieza a oír el rumor de la vida.
Al aire del Espíritu
Contigo en medio, va cambiando el rostro de la comunidad.
Sopla sobre nosotros para que venga el Espíritu, que recuerda los amores.
¡Ven, Espíritu Santo y enséñanos sintonías de amor y verdad!
¡Ven, Espíritu Santo y reparte tus dones para un envío evangelizador!
Y ahora, Señor, con el Espíritu, con toda la Iglesia, susurramos adorantes:
“Señor nuestro y Dios nuestro”.