Domingo segundo de Pascua

Lectura orante del Evangelio: Juan 20,19-31

Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría (Papa Francisco).

Entró Jesús, se puso en medio y les dijo: ‘Paz a vosotros’.

Es Jesús resucitado quien toma la iniciativa, entra, se pone en medio. Su presencia es resucitada, tiene la belleza y la fuerza de un encuentro. Comienza con un saludo de paz que cura las heridas que ha dejado en los suyos la traición y el abandono. Tiene la vida en plenitud y la quiere dar. Trae consigo la alegría, que ahuyenta nuestros miedos y abre las puertas cerradas. La vida de Jesús mana dentro de nosotros como un manantial inagotable, sopla sobre nosotros su Espiritu para hacer posible la creación nueva. Quiere que sintamos la alegría de ser cristianos.
¡Qué alegría creer en ti, Jesús; ser testigos de tu Evangelio!

Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Todo nuestro bien consiste en aprender a recibir para quedar llenos.¿Por qué no entrar también nosotros en ese río de alegría? Lo haremos si miramos a Jesús resucitado, si bebemos de su corazón rebosante de gracia. Estemos como estemos, siempre puede devolvernos la alegría. Al creer en él nos mete en su alegría.
Jesús, nos quedamos mirándote resucitado.

‘Si no veo…, no lo creo’.

Todos caminamos con incertidumbres y dudas. Cuando la comunidad se reúne para celebrar a Jesús resucitado, animada por el Espíritu, se convierte en un espacio de acompañamiento y cuidado mutuo de la fe. Uno de los discípulos, Tomás, no está con los demás cuando llega Jesús, se ha distanciado de la comunidad, no se fía del testimonio de los hermanos, pone condiciones, su fe está en peligro. ¿Cómo comunicar la alegría de haber visto al Señor a los que se han alejado?
Jesús,  cuando llega la noche oscura, métenos en tu pecho, intégranos en la comunidad.

 ‘No seas incrédulo sino creyente’.

Con qué cariño cura Jesús las dudas e infidelidades. ¡Cuánto desea el encuentro personal! La incredulidad, gracias a Jesús, también es espacio para la fe y apertura a la Palabra que enamora. Con Jesús, nada está perdido. Jesús nos llama a creer. La primavera sorprende y espabila los inviernos. Cada uno de nosotros ha de decidir, con un corazón humilde y sincero, cómo quiere vivir.
Contigo, Jesús, es posible el milagro de  la vida nueva.

¡Señor mío, Dios mío!

La muerte de Jesús en la cruz golpeó la fe de sus discípulos, pero no la destruyó. Con casi nada, el Espíritu pone de pie una nueva creación. El que no creía, cree ahora con una fe nueva, tiene fuerza para testimoniar su fe en medio de los hermanos con una confesión de fe impresionante. Estas personas, que han hecho un camino de la duda a la fe, son un regalo para la comunidad. ¿Nos decidimos a vivir el misterio de la vida confiando en el Amor como última realidad de todo?
Creemos en ti, Jesús crucificado y resucitado.

Dichosos los que crean sin haber visto.

Jesús termina el encuentro con una bienaventuranza. Dichosos los que creen. Dichosos los que acogen el testimonio de otros creyentes. Dichosos los que, más allá de las cómodas certezas, buscan caminos de verdad, de belleza, de amor; al buscar creer ya creen. Dichosos nosotros si nos decidimos a vivir con Jesús. Dichosos nosotros si salimos a celebrar la vida de Jesús con el pueblo. Dichosos nosotros, enviados a la misión de anunciar el Evangelio. El encuentro con Jesús Resucitado nos hace misioneros.
Madre del Evangelio viviente, manantial de alegría para los pequeños, ruega por nosotros. Amén. Aleluya.

¡Feliz Pascua de Resurrección!
“Cristo vive y quiere que vivamos” – CIPE, Abril 2022

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