Domingo segundo del tiempo ordinario

Lectura orante del Evangelio: Juan 2,1-11

El vino nuevo no faltará jamás (Papa Francisco).

La madre de Jesús le dice: No tienen vino.

La madre de Jesús está con los ojos abiertos, atenta a las necesidades y a las sorpresas de Dios; es una discípula. Descubre que en una boda, la fiesta humana por excelencia, ya no queda vino, se ha terminado la alegría, y acude a Jesús. Con su palabra da pie a que se inauguren los tiempos nuevos. Como una boda sin vino, así está la humanidad; llamada a una fiesta de verdad y de justicia, a un pan compartido en el gozo de la fraternidad, cuando se queda vacía, sin sentido, sin solidaridad, sin Jesús, ¿qué es? ¿Qué hacer ante esto? Lo que hizo María: mirar, mirar y amar; mirar a Jesús. Saber mirar es saber amar. María orienta nuestra mirada hacia Jesús, que es la fuerza salvadora que necesita nuestra vida.

Estamos bajo tu mirada misericordiosa, Señor Jesús.  

Jesús le dice: Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora.

¿Merece la pena poner los ojos en lo que ya no tiene vida? ¿Qué hacer cuando un estilo de vida, aun llamándose cristiano, no transmite alegría, ni respira novedad, ni lleva dentro fuego de profecía? Con María en medio, nada está perdido. Con su intercesión adelanta la hora de Jesús. Sabe que Jesús no nos abandonará en la debilidad. Conoce el corazón de su hijo y está segura de que engalanará a la humanidad como a una novia, recreándola con su gloria.

En ti, Jesús, todo habla de misericordia. Nada está falto de compasión.   

Su madre dice a los sirvientes: Haced lo que él os diga.

María empuja a la humanidad a hacer una opción de fe en Jesús; habla con autoridad. Sabe por experiencia quién es Jesús y cuál la plenitud de vida que trae. María, la que se hizo madre al acoger la Palabra en su corazón, la que dijo hágase en mí según tu palabra, invita a hacer lo que nos diga Jesús. María representa a todos los que, buscando la verdad, dan el paso y se atreven a creer. María nos introduce en la alegría de Jesús; así nos evangeliza.

María, guíanos a Jesús, afianza nuestra fe en él.   

El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía.

De forma silenciosa, escondida, el agua se convierte en vino. Muchos no saben qué ha pasado. Algunos sí lo saben. La vida rezuma por los poros que ha abierto el vacío. La alegría echa fuera todos los lamentos. ¡Jesús es el autor de un signo tan prodigioso! En él está la vida. Con él todo cambia. Ya no podemos vivir como antes. Jesús es una fiesta que da plenitud a nuestro deseo de felicidad total. La tierra estéril queda inundada de frutos.

Jesús: nuestra alegría, nuestro centro, nuestro todo. 

Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.

Se respira alegría en torno a Jesús. Crece la fe porque crece la alegría. La gloria de Jesús es que el hombre viva y tenga vida en abundancia para compartir. La fe aprecia la novedad y descubre los tiempos nuevos. Cuando crece la fe de los discípulos, ahí, siempre, está María.

Amén. Señor Jesús.  

Metidos en la aventura sinodal –  CIPE – enero 2022

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