Trigésimo tercer Domingo del Tiempo Ordinario

Lectura orante del Evangelio: Lucas 21,5-19 

“¡Oh Señor!, confieso vuestro gran poder. Si sois poderoso, como lo sois, ¿qué hay imposible al que todo lo puede?… Firmemente creo que podéis lo que queréis, y mientras mayores maravillas oigo vuestras, más se fortalece mi fe” (Santa Teresa).

‘Tendréis ocasión de dar testimonio’ 

Cuando tantas cosas se destruyen en nosotros y a nuestro alrededor, ¿en quién confiar? Cuando las seguridades sobre las que nos apoyábamos tienen un final imprevisto, ¿qué hacer? Es tiempo del testimonio, de levantar el corazón con la fuerza de la verdad, de sacar la cara con la que hemos mirado al Señor. Los tiempos difíciles son ocasión de testimonio, y el testimonio se prepara con la oración intensa y confiada en Dios. La prueba es una oportunidad para profundizar en la realidad de nuestro ser de hijos/as del Padre y sacar a la luz los ojos del Amado que llevamos dibujados en las entrañas, afrontando la crisis con la solidaridad de quien parte el pan. Ni la destrucción ni el engaño tienen la última palabra. Quiero, Señor, tu verdad. Tú eres mi esperanza. En ti me refugio.

‘Haced propósito de no preparar vuestra defensa: porque yo os daré palabras y sabiduría’. 

El ruido nos da miedo, las amenazas nos desconciertan, la sensación de que ya nada es lo que era nos hace temblar. Pero Jesús camina con nosotros. Sus manos seguras nos sostienen. Su palabra de amigo nos acompaña siempre, también en el corazón de la noche. Atentos a su voz, no tememos, aunque tiemble la tierra, porque a la sabiduría de Jesús no le puede el mal. La oración es espacio de comunión y encuentro con Jesús; su palabra y sabiduría nos dan los reflejos necesarios para tomar opciones en medio de las situaciones difíciles. No son mis fuerzas ni mis estrategias, sino tu luz y tu verdad las que me guían, Señor. ¡Bendito seas!  

‘Y todos os odiarán por causa de mi nombre’. 

Estas son palabras verdaderas. Hay muchos hombres y mujeres que lo están pasando muy mal, que son perseguidos por ser amigos de Jesús y por el rechazo que desencadena su mensaje. No es hora de esconder nuestra identidad, paralizados por el miedo, sino de mostrar abiertamente nuestra verdad más profunda y bella: somos del Señor, su nombre ha sido pronunciado sobre nosotros. Orar es permanecer en el amor de Jesús y mostrarlo en medio de la vida. Cuando la persecución nos quita todos los adornos, se desvela un misterio de amor que vence todos los odios y muertes. Me agarro con fuerza a ti, Jesús. Con mi corazón y mis labios digo tu nombre, una y otra vez: Jesús, Señor.   

‘Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’. 

Si en el momento presente perseveramos en el amor, nada nos podrá vencer. Lo que somos por gracia y misericordia de Jesús, nadie nos lo podrá quitar. Si en medio de todas las violencias, que se desatan en nuestro interior, ponemos el amor de Jesús, seremos capaces de trabajar por la humanidad nueva que nos ha propuesto Jesús. Con Jesús en nuestro interior, los dolores nunca serán de muerte, serán de parto. Jesús, pongo mi ancla en tu corazón, para que ninguna tormenta destruya mi vida.

¡Feliz Domingo! Desde el CIPE – noviembre 2022

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