OCTAVA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

Lunes, 28 de febrero.

Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme» (Mc 10, 17-27).

Jesús mira con cariño al joven rico, y lo invita a seguirle para encontrar el verdadero tesoro. El bien más precioso que podemos tener en la vida es nuestra relación con Dios. Cuando esta convicción desaparece, el ser humano se convierte en un enigma incomprensible. Lo que da sentido a nuestra vida es sabernos amados incondicionalmente por Dios.

A veces, Señor, mis ojos se sienten cautivados por tantas riquezas mundanas, pero al mirar al cielo sé que nada es comparable con tu amor, contigo… Y sé también que el cielo no sería cielo si faltara mi hermano. Nadie queda excluido de tu amor.

Martes 1 de marzo

«En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros» (Mc 10, 28-31).

En el Reino no habrá miseria, sino afecto abundante para todos. Dios es buen pagador. Hazle frente a tu deseo de acumular con un estilo de vida compartida. Hay pan para todos cuando el reino de Dios desencadena procesos de entrega y solidaridad. El amor es el lenguaje universal que todo el mundo entiende. Frente a la insolidaridad del mal anuncia la solidaridad del amor.

Ligero de equipaje, te sigo Jesús. En mi mochila, tu alegría y un pan para una eucaristía. Quiero ser santo, como tú, Señor, eres santo.

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